La Guardia Civil se desplegó en la playa de La Hípica en la zona del Dique Sur para controlar las entradas
Las imágenes en directo de los miles de marroquíes entrando ilegalmente en Ceuta han dado la vuelta al mundo y han conseguido algo que parecía poco menos que imposible: al fin se conoce la realidad fronteriza de dos ciudades españolas en África y la actitud de un vecino que la utiliza a su antojo y, sobre todo, como advertencia a España y a la Unión Europea de que él es el dueño de la situación. Ya es ni siquiera nos queda el Sáhara para poder protegernos de los chantajes de Mohamed VI: se lo regalamos a cambio de nada hace cuatro años.
Las redes sociales y la inmediatez de la información a través de internet y las televisiones han permitido, al mismo tiempo, que todo el planeta haya sido testigo de la incapacidad del Gobierno de España para proteger su propia integridad territorial y su soberanía. A pesar de que el Ejecutivo nacional había recibido informes de la inteligencia advirtiendo de lo que iba a pasar coincidiendo con la Fiesta del Trono al otro lado de la frontera, España decidió no hacer nada y dejar a su merced a unos ciudadanos con el mismo DNI que un catalán o un castellano, cuyo único delito es vivir al otro lado del Mediterráneo.
Ceutíes y melillenses somos los que más nos hemos enorgullecido siempre de ser españoles, los que tradicionalmente más hemos defendido y respaldado tanto a las Fuerzas Armadas como a los cuerpos y fuerzas de seguridad, y lo que hemos merecido del Estado de manos de Pedro Sánchez ha sido la dejadez, el encogimiento de hombros, la defensa a Marruecos de cualquier responsabilidad en lo sucedido, el por ahí te pudras, una visita de compromiso a Ceuta para disimular y la colocación de unas boyas en el espigón del Tarajal, que ya hasta se han desprendido y resultan inservibles para proteger de entradas a nado.
Independientemente del enorme daño para la economía, la imagen y la seguridad de las dos ciudades hay algo que es irreparable: la sensación moral de que poco importamos a España, que no podemos confiar en la protección que nos deben nuestros gobernantes en Madrid y que hemos estado solos. De hecho, ni siquiera hubo una llamada al presidente de la Ciudad Autónoma, representante de todos los melillenses, para expresar preocupación, dar ánimos o simplemente hablar de un mínimo apoyo a la población.
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