Momento solista de Zayra junto a su profesor de violín Mario en la Iglesia Sagrado Corazón. -AGC-
Desde antes de que los jóvenes músicos de Asbanor se adentrasen en el espacio sonoro y solemne de la iglesia del Sagrado Corazón, la entrada ya respiraba un ambiente entusiasta y cercano, tejido entre conversaciones cruzadas, saludos y reencuentros. De repente, las puertas se abrieron y con ello llegó la invitación a pasar a los chicos y chicas que avanzaban con sus instrumentos a la espalda. Poco a poco, familiares, amigos y público en general fueron ocupando el interior del templo entre miradas cómplices y la búsqueda de rostros conocidos.
En el centro de la escena, atriles y sillas dispuestos en semicírculo miraban de frente al público, desde la cercanía de quienes comparten una misma sala y un mismo nivel del suelo. Un teclado, situado tras una de las columnas, completaba la composición de la orquesta; al otro extremo aguardaban los bancos destinados a los instrumentos de viento.
Fue entonces cuando los jóvenes músicos comenzaron a ocupar sus posiciones, transitando con naturalidad hacia el lugar que les correspondía, aquel que tenían asignado y tantas veces ensayado. Las cuerdas empezaron a afinarse mientras los profesores acompañaban discretamente el desarrollo de la función. El murmullo previo fue cediendo espacio a la expectación.
Sonaron los primeros aplausos cuando Sergio Sirvent salió a escena y, entonces, se hizo la música. Una música de banda sonora, de esas que permanecen en la memoria colectiva y que reconocemos desde los primeros compases: Juego de Tronos, de Ramin Djawadi.
Tras la interpretación, el director tomó la palabra para dar la bienvenida al público y contextualizar este primer concierto de una programación que continuará en distintos espacios de Melilla. A continuación, comenzó el solo de violonchelo de Ian, acompañado, abrazado y arropado por sus compañeros y profesores en la interpretación de Danza Rústica, de W. H. Squire. La melodía se desplegó dulce y serena, sostenida en el matiz de cada nota y de cada silencio, permitiendo que el instrumento llenara el espacio con delicadeza.
Finalizada la pieza, Ian regresó a su lugar dentro de la formación y el protagonismo pasó a otro momento solista. En el centro se situaron Zayra y su profesor de violín, Mario, para interpretar el Concierto en La menor de Antonio Vivaldi. La melodía avanzaba ligera y luminosa, alternando momentos de mayor intensidad con otros más contenidos. Esa riqueza dinámica encontró en las bóvedas y columnas del templo una acústica privilegiada que amplificó cada matiz. El espacio acogió el impulso, la sensibilidad y el sosiego de los instrumentos de cuerda, con los violines resonando en todo su esplendor.
De nuevo, la disposición de la orquesta se transformó. Los músicos saludaron y el público respondió con aplausos antes de dar paso a The Best of ABBA. La interpretación evocó de inmediato imágenes que parecían surgir sin necesidad de pantalla. Era imposible no pensar en Mamma Mia! y en aquellas canciones que forman parte de varias generaciones. La música, desprendida de la imagen, demostraba una vez más su capacidad para reconstruir escenas, despertar emociones y devolvernos a recuerdos que permanecían intactos en algún lugar de la memoria.
Al terminar, llegó el turno de los instrumentos de viento. Se incorporaron junto a las cuerdas para interpretar fragmentos de Carmen, de Georges Bizet. El diálogo entre ambas familias instrumentales encontró aquí un equilibrio especialmente logrado, mostrando la riqueza tímbrica y la complementariedad que sostiene el conjunto orquestal.
El cine volvió a abrirse paso en el repertorio. Esta vez lo hizo a través del universo de magia y fantasía que ha acompañado a generaciones de jóvenes durante décadas. La banda sonora de John Williams puso casi el broche a la velada. Bastaba cerrar los ojos para recorrer los pasillos de Hogwarts, recordar el descubrimiento de aquel nuevo hogar o reencontrarse con las melodías que acompañan la amistad, la aventura y también la nostalgia. La música volvió a convertirse en un puente hacia la memoria compartida.
Antes de la última interpretación, una alumna se levantó para entregar un detalle al vicario Eduardo Resa, agradeciendo la acogida que siempre ha brindado a la Banda y Orquesta Joven en la iglesia del Sagrado Corazón. Situado discretamente, lejos del protagonismo, se puso en pie para recibir el obsequio. Agradeció el gesto con un abrazo a la adolescente y una mano llevada al pecho, al corazón, en una muestra sencilla y sincera de gratitud.
Tras ello, Capricho Español, de Nikolái Rimski-Kórsakov, devolvió el protagonismo absoluto a la interpretación musical. La obra se alzó con fuerza, brillantez y riqueza expresiva, desplegando toda la capacidad de la formación para afrontar una pieza exigente y vibrante. El último acorde dio paso a un aplauso largo y cálido, el reconocimiento de un público que había acompañado con atención cada uno de los momentos de la tarde. Esa noche quedó inaugurado el ciclo de conciertos de finde curso de la Asociación Banda de Música, Orquesta Sinfónica y Coro “Ciudad de Melilla”, que continuará el viernes en el Parque Hernández, el lunes en la calle O'Donnell, y el martes en el Barrio Corea.
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