Cultura y Tradiciones

La Gran Verbena; en Honor a la Virgen del Carmen y a la memoria de todo un barrio

La música, las cenas al aire libre y el ambiente festivo marcaron una de las noches más multitudinarias de las fiestas en honor a la Virgen del Carmen

Hamburguesas, palomitas, perritos calientes, crepes, pinchitos, bocadillos, empanada o tortilla recién hecha. Hubo quienes ni siquiera necesitaron cocinar fuera: bajaron desde la urbanización con la nevera, las sillas y la cena preparada para reunirse en la calle, como llevaban haciendo tantas familias desde hace años y que este año volvía a repetirse casi como una tradición. Porque en las fiestas de la patrona de los marineros todo encontraba su lugar mientras hubiera ganas de compartir.

Dio igual acomodarse sobre un poyete, una escalera, una silla de madera o una de playa. Dio igual permanecer de pie o dejar que el cuerpo siguiera el ritmo de la música que acompañaba la noche. La verbena convirtió la calle en un espacio común donde vecinos y vecinas del barrio, junto a muchos otros llegados desde distintos puntos de la ciudad, se encontraron para celebrar. Para dejar atrás el peso del día, las preocupaciones cotidianas y el calor de la jornada. Allí se vino a conversar sin prisa, a reencontrarse con quienes solo se veían de vez en cuando, a compartir mesa, risas y recuerdos. A disfrutar de la familia y de las amistades.

La música acompañó cada conversación sin imponerse nunca. Se mezcló con el murmullo constante de las voces, con las risas de los niños que atravesaban la calle y con el sonido inconfundible de una verbena en plena ebullición. Las banderolas y la iluminación abrazaron el recinto festivo, mientras la imagen de la Virgen del Carmen con el Niño Jesús presidió la celebración junto al mar y las embarcaciones recordando que estas fiestas nacieron de una historia ligada a quienes hicieron de él su modo de vida y a su patrona.

Todo parecía conversar al mismo tiempo. Las voces, la música, el tintinear de los vasos y el ir y venir de quienes saludaban a conocidos a cada pocos pasos. La calle respiró fiesta e invitó a cualquiera a convertirse, aunque solo fuera por una noche, en un vecino más.

Al fondo, una pantalla proyectó un mensaje sencillo, pero cargado de memoria: «Felicidades, Coreanos». Poco después, la imagen cambió para anunciar a uno de los grupos más queridos del panorama musical melillense: Los Soniketes. Flamenco, rumba y sentimiento. Sobre el escenario aguardaban la batería, el teclado y los micrófonos, mientras las primeras filas comenzaron a llenarse casi sin que nadie lo advirtiera para recibir al grupo. Poco a poco, el público abandonó las mesas y se acercó al escenario, a la espera de esa música, de ese grupo, que ya formaba parte de la identidad de estas fiestas.

Las cenas continuaron, los refrescos y las bebidas aliviaron como pudieron un calor que se resistió a marcharse incluso después del anochecer. La temperatura siguió siendo alta y los abanicos no descansaron. Se abrieron y se cerraron con un movimiento casi acompasado que terminó formando parte del paisaje de la noche.

Durante la celebración, Miguel Marín, vicepresidente de la Ciudad, llegó acompañado de parte del Gobierno. Marín alabó la labor "desinteresada y altruista" de la Asociación de Vecinos Hipódromo por mantener vivas las fiestas de los Coreanos, una de las celebraciones tradicionales de Melilla en honor a la Virgen del Carmen. Además, destacó el homenaje a la gente de mar y recordó que el Gobierno local había instalado una pantalla gigante, a petición de los organizadores, para seguir la final de la Selección Española junto a los vecinos.

Junto a él se encontraba el presidente de la Asociación de Vecinos Hipódromo, José María Aznar, quien agradeció el apoyo del Gobierno de la Ciudad para hacer posibles las fiestas, destacando que la asociación aportaba "el trabajo y el esfuerzo", mientras que la Administración apoyaba en toda la celebración. Asimismo, mostró su satisfacción por la elevada participación registrada en todos los actos durante este año y celebró la instalación de una pantalla gigante.

Al otro lado de la calle, la pantalla del escenario volvió a transformarse y recuperó imágenes que apelaban a la memoria y al arraigo de un grupo que, año tras año, volvía a poner banda sonora a la verbena. Mientras tanto, la calle siguió hablando. Los puestos permanecieron llenos, los vasos volvieron a rellenarse, las neveras continuaron abiertas entre corrillos de familiares y amigos y la música impidió que el pulso de la celebración decayera. Fue una fiesta que se vivió sin prisa, que se construyó conversación a conversación y canción a canción. Una noche más para celebrar a la Virgen del Carmen y para mantener viva la memoria de la gente de mar, la misma que dio origen a una de las verbenas con más arraigo de la ciudad que sigue manteniendo en pie el carácter popular de las fiestas de los barrios.

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