La frontera de Beni Enzar ha vuelto a colapsar este viernes 22 de mayo en pleno fin de semana previo a la Pascua del Sacrificio, que se celebrará el próximo miércoles. Desde primeras horas de la mañana, el paso hacia Marruecos se convirtió en una sucesión interminable de vehículos atrapados en una cola que avanzaba a trompicones y que, a las 13:00 horas, ya acumulaba esperas de hasta ocho horas en algunos casos.
El escenario de este viernes en el paso fronterizo es ya el habitual en fechas festivas. Y no es normal que lo que ocurre en la frontera sea "normal" en pleno 2026. La Pascua del Sacrificio concentra reencuentros familiares, viajes y desplazamientos masivos que terminan tensando al máximo la capacidad del paso fronterizo. Y, aun así, nadie se da la vuelta.
Porque ese es el problema de todo lo que ocurre en Beni Enzar estos días. Que la espera no es opcional. Es obligatoria. “Tenemos la familia fuera, tenemos que salir sí o sí", resumía uno de los conductores, que llevaba desde las diez de la mañana en la cola. Más de seis horas dentro del coche, con niños a bordo.
A lo largo de la mañana, los testimonios se repetían con una lógica similar. El cansancio es evidente, pero la decisión está tomada de antemano. Hay que cruzar. No hay otra opción porque hablamos de la celebración más importante del calendario musulmán. Por eso las colas se alargan, por eso se asumen horas de espera, por eso nadie abandona la fila.
“Hay familias que llevan aquí más de cuatro, cinco, e incluso seis horas”, se escuchaba entre los vehículos, en una estimación que se quedaba incluso corta en algunos tramos. Muchos explicaban que habían salido de madrugada para intentar adelantarse al grueso del tráfico, pero el resultado era el mismo. “Muchos salen de madrugada pero aun así pasan prácticamente todo el día atrapados en la cola”.
Dentro de los coches, el tiempo se desordena. Ventanas entreabiertas, motores encendidos a ratos, niños intentando dormir o aguantar el aburrimiento. El calor se acumula en el interior mientras el exterior no ofrece alivio. “Aunque el cielo está nublado, el bochorno de la humedad dentro de los vehículos hace muy difícil soportar la espera”, resumían varios conductores.
Uno de ellos, que viajaba con su hijo, explicaba que habían llegado poco antes de las doce del mediodía y que todavía les quedaban varias horas por delante. “Lo más duro es la espera. El aburrimiento. Tantas horas, el calor con los niños. Es horrible, la verdad”, señalaba.
Pero incluso en medio del cansancio, la idea de no cruzar no entra en la ecuación. Se aguanta porque hay que llegar. Porque al otro lado está la familia.
En el otro extremo del discurso, algunos usuarios defendían una visión más estructural de la situación, aceptando la espera como parte del propio funcionamiento del paso fronterizo. Uno de los conductores lo explicaba sin rodeos. Ir a Marruecos implica asumir las condiciones del cruce, los controles y las colas. En su opinión, no hay margen para otra lógica. El sistema funciona así y así se acepta.
“El que algo quiere, algo le cuesta. Si a mí me interesa ir a Marruecos, pues hago la cola que tenga que hacer, porque eso es un país soberano y pone sus condiciones y si te interesan, te esperas, si no te interesan, te vas".
En el tramo peatonal, la situación también reflejaba la tensión acumulada. La atención prioritaria a una persona enferma generó pequeños rifirrafes entre algunos usuarios que esperaban su turno. Momentos puntuales de discusión que evidenciaban el desgaste tras horas de cola, aunque sin llegar a mayores.
La presencia de menores añadía otra capa a la jornada. Niños cansados, desorientados por la duración de la espera y sin una referencia clara del tiempo. Una niña de unos siete años lo resumía de forma directa tras varias horas dentro del vehículo. “Me canso y me duele la cabeza y la barriga”. Su familia, como tantas otras, llevaba toda la mañana esperando avanzar unos metros.
En la cola, las historias se repetían con distintos nombres pero con el mismo fondo. Viajes familiares que no se pueden posponer, encuentros que no se pueden evitar, obligaciones que pesan más que las horas de espera. Esa es la razón por la que nadie se baja del coche y se marcha. Esa es la razón por la que la cola sigue creciendo.
“Es una vergüenza. Llevamos así cinco años”, denunciaba otro de los conductores, que reclamaba soluciones para una situación que considera repetitiva en cada gran festividad. A su juicio, la frontera necesita reorganización y alternativas que eviten la concentración de tráfico en un único punto. Pero incluso en su crítica, la decisión de cruzar seguía siendo inamovible. La familia estaba al otro lado.
Otra de las voces recogidas en la cola a pie insistía en la misma idea. La convivencia entre ambos lados de la frontera hace que el cruce sea inevitable para muchas personas. “Tenemos familiares al otro lado. Tener a personas aquí, de pie al sol, calor, niños, gente enferma. Es que no hay respeto, no hay humanidad".
A lo largo de toda la jornada, el paso fronterizo mantuvo una dinámica constante de saturación. Los vehículos seguían entrando, pero el sistema no absorbía el volumen de salida.
“Y mientras pasan las horas la fila sigue creciendo”, se repetía entre los usuarios.
Pero en la cola, la única certeza es otra. No hay alternativa. Hay que esperar. Porque al otro lado, está la familia.
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