El Faro ha salido a la calle y esta vez las voces de quienes viven a diario la frontera revelan mucho más que una preocupación económica: hablan de desencanto, de la ruptura de una convivencia tejida durante décadas, y de la sensación de que las decisiones se toman lejos, sin tener en cuenta la realidad humana del territorio. Un cierre sin previo aviso, sin explicación sin negociación. Y España, cómo no, asiente en silencio. En la frontera, la gente se resigna: aquí ya sabemos que Rabat decide, y Madrid obedece. Llámalo política exterior, o simplemente sumisión con acento español.
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