Hay ciudades que se visitan y hay ciudades que te adoptan. Melilla pertenece a ese segundo grupo, al de esos lugares que tienen el don mágico de borrar esa línea invisible que separa al "de aquí" del "de fuera". En Melilla, esa frontera se desvanece entre tapas compartidas, conversaciones espontáneas en la terraza de un café, y esa curiosa habilidad que tienen los melillenses de hacerte sentir que siempre has formado parte de su historia. Su mejor carta de presentación son esos momentos cotidianos donde lo extraordinario se camufla de ordinario. Melilla no te conquista con grandes gestos. Te enamora con pequeños detalles. Y lo mejor, después de unas vacaciones fuera de ella, Melilla es sinónimo de hogar, dulce hogar.
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