Como una melodía con tonos de fracaso y desesperanza el valor de la vida parece variar según el azar y su determinación, según el lugar donde tocó acaecer. No es tanto cuestión de reproches o respuesta si no de evidencia.
Si tuviésemos que comparar la esencia de las emociones y sentimientos ante la pérdida, el sufrimiento o la felicidad de la gente común a uno y otro lado de la frontera, de esta frontera de Europa con África, hoy de nuevo trágica, triste y lamentablemente protagonista, serían similares, sino iguales, va con la condición humana. Pero eso en la gente común, no en quienes recae la responsabilidad de velar por ella en Marruecos, parece ser.
Marruecos no es un país pobre, ni de lejos. Es un gran país, rico y de singular belleza, pero probablemente no en las mejores manos. Porque unas manos que por acción u omisión permiten esa danza del infortunio, como lo es el hecho que miles de pequeños, niñas y niños, jóvenes entre una multitud de personas desistieran de su tierra. Lo seguirán haciendo.
Personas que dejaron, dejan y lamentablemente seguirán dejando un mensaje claro: su país no les protege o no ven horizonte en él. Esa riqueza de nación apenas alimenta democracia alguna porque ella, la democracia, no puede sustentarse nunca en la injusticia y las diferencias. Marruecos, su jerarquía, por mucho que encuentre el "aplauso" o la anuencia de otras naciones por intereses nada claros y que tienden a lo oscuro, suspende en humanidad.
Frente al ahínco por convertir a Ceuta y Melilla una anomalía, un problema, y más allá del desprecio al relato cierto de los siglos, estas dos ciudades autónomas, desde la precariedad que Incita la incertidumbre, planta su historia y su derecho y eso, objetivamente, discusión no tiene, a menos que se ninguneen la realidad y la justicia. Nuestra convicción es serena, pero firme.
Se sabe que los últimos y graves acontecimientos, no los únicos, pero potencialmente exacerbados, no fueron espontáneos. Algo o alguien buscó lucro en ello. Un lucro, un interés, manchado de muerte, también, dado que al menos 140 personas fallecieron en el intento. El mar se cobra un precio y a veces tarda en esclarecer la dimensión de su factura.
Sería injusto generalizar a todo un pueblo, el marroquí, como falto de la necesaria sensibilidad para darle el valor que merece la vida, pero quienes ordenan y disponen en algo más cercano a la autarquía que a la monarquía moderna y parlamentaria, si vuelven a quedar señalados.
Muchos de aquellos jóvenes, niñas y niños, se dejaron llevar por la inercia. Parte por travesura, parte por la búsqueda de aventura, parte (y no pequeña) por necesidad y abandono; incluso los hay quienes con el viento de la acción arreciando, impulsados por su propia familia por indigencia u oportunidad. Inasumible viniendo de un país con recursos públicos de atención, falta voluntad y sobra ignominia.
Ante toda esta desgraciada y grave secuencia cabría preguntarse que hay en la conciencia de una gobernanza absoluta alauí que pretende ser faro de África y que flirtea con las grandes influencias y poderes del mundo (y parece conseguirlo). Inaudito no pensar que toda esta danza del infortunio no está orquestada desde el chantaje y la imposición no para convencer, sino para someter.







