La crónica de un cementerio que despierta en noviembre

La visita anual al camposanto, un acto que habla más de los vivos que de los muertos, y que muestra una Melilla que recuerda y olvida constantemente

Cuando, puntual, a las 8 de la mañana se abren las puertas del cementerio de Melilla, se produce una especie de resurrección. El camposanto, que durante meses ha permanecido en un segundo plano —con nichos descuidados, tumbas sin flores y familias ausentes— recupera vida. Los primeros rayos del sol iluminan mármoles desgastados y senderos barridos, mientras operarios ajustan detalles y los primeros visitantes aparecen con ramos frescos en mano. Es la previa del 1 de noviembre y, por fin, el cementerio parece importarle a muchos, incluidos la Ciudad Autónoma y las propias familias. Pero es precisamente esa efervescencia previa la que evidencia lo que ocurre cuando la fecha especial se ausenta del calendario.

El aire huele a ramos recién puestos, a pintura nueva en algunas lápidas, a tímidos susurros de paso y recuerdo. Durante este amanecer preparado, se nota que algo ha cambiado. Las tumbas lucen arregladas, los caminos están limpios y el recinto respira dignidad. No obstante, quienes conocen el lugar saben que esta imagen no es permanente, sino excepcional. Esa “vuelta al ritual” que aparece cada noviembre recuerda que, durante el resto del año, muchas sepulturas esperan sin atención, sin flores y sin visitas. Y esa ausencia habla tanto de la ciudad como de sus ciudadanos.

A media mañana, la entrada del cementerio es ya un ir y venir de coches. Familias que quizá no han vuelto más que en esta fecha recorren las avenidas entre lápidas, deteniéndose, limpiando, colocando flores. Es el momento visible, el momento “alto” de acordarnos de quienes ya no están. El cementerio se convierte en un escenario de homenaje. Pero al mismo tiempo, esta concentración de visitas deja en evidencia lo que permanece fuera de foco.

Hace unos días se hacía viral un video de la influencer Nazaret Reyes, que mientras mostraba a mujeres ocupándose de las tumbas de sus mayores en vísperas del día de Todos los Santos recordaba que el cuidado de los difuntos es una forma de humildad, un acto de conexión que no debe esperar a un día señalado.

Reprochaba —con esa mezcla de humor y bofetada de realidad— que hoy todo el mundo dice no tener tiempo ni para cocinar unas lentejas, “que las compra hechas”, o para sentarse un rato con quien aprecia. Y lanzaba una pregunta que duele más de lo que parece. Si ahora vivimos corriendo, ¿qué será dentro de veinte años?, ¿seremos capaces de mantener ese ritual de ir al cementerio, limpiar la tumba, hablarle a nuestros muertos, o lo dejaremos en manos del calendario y de las prisas? ¿Por qué no hemos seguido la tradición de nuestras abuelas de visitar cada semana a quién ha sido parte fundamental de nuestras vidas?

Pero no todo está perdido. Entre las avenidas del camposanto también se veían este año familias jóvenes empujando carritos, niños pequeños sujetando flores con la torpeza dulce de quien empieza a entender el mundo y padres explicando, en voz baja, por qué ese gesto importa. Esas escenas, casi íntimas, hablan de esperanza. De que aún quedan melillenses que enseñan a sus hijos que la memoria no se guarda sólo en fotografías ni en fechas señaladas. Que cuidar lo nuestro —lo que fuimos y los que nos precedieron— es parte de la identidad, del respeto y de un legado que no se puede dejar dormir en noviembre. Porque mientras haya manos pequeñas aprendiendo a colocar flores y ojos curiosos escuchando historias frente a una lápida, habrá futuro para esta costumbre que nos humaniza.

La tarde avanza y, aunque la luz se mantiene, la intensidad de las visitas decae. El sol empieza a bajar, las sombras crecen, y el cementerio poco a poco entra en su estado habitual. Menos movimiento, menos presencia familiar, más espacios silenciosos.

La ciudad autónoma, a través del consejero de Medio Ambiente, proclama que el cementerio “le importa los 365 días del año” y promete mantenerlo “en las mejores condiciones” cada día. Pero la experiencia cotidiana de la mayoría de quienes recorren sus pasillos, lo que se ve a simple vista, revela que esa promesa choca con una realidad distinta.

Cuando mañana el reloj marque las seis de la tarde y las puertas se preparen para cerrarse, el cementerio de Melilla ya habrá vivido su momento de gloria anual. Las flores estarán puestas, los visitantes se retirarán y los caminos se vaciarán.

Es la crónica de un cementerio que despierta en noviembre, que lucha unos días para ser digno, visible y lleno de vida, y que luego vuelve al silencio, al polvo y al olvido. Debería servir como aviso y como invitación a que la ciudad y sus familias recuerden que el homenaje verdadero no es solo un día, sino una costumbre diaria. El cementerio de Melilla despierta en noviembre, sí, pero tiene mucho que demostrar durante los 364 días restantes.

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