En Melilla basta con decir “La Avenida” para que no haga falta añadir nada más. La principal arteria del centro urbano, hoy denominada oficialmente Avenida Juan Carlos I Rey, es mucho más que una vía comercial o un espacio de paseo. Es un espejo del siglo XX español y melillense, un lugar donde la historia política ha ido dejando huella a través de algo tan aparentemente simple como los nombres de una calle. A lo largo de más de cien años, esta avenida ha cambiado de denominación varias veces, siempre al compás de los regímenes políticos y de los símbolos oficiales de cada época.
El recorrido de sus nombres permite leer, casi sin necesidad de manuales, la evolución de la ciudad y del país, desde la Melilla en expansión de comienzos del siglo pasado hasta la etapa democrática actual.
Antes de tener un nombre solemne, la avenida fue, sencillamente, una carretera. En los primeros años del crecimiento urbano fuera del recinto fortificado, este eje servía para comunicar la zona de la actual plaza de España con el Polígono, entonces un área en desarrollo. Su denominación inicial respondía a esa función básica y se la conocía como carretera del Polígono. No era todavía un paseo urbano ni un espacio representativo, sino una vía de conexión necesaria para una ciudad que empezaba a desbordar sus límites históricos.
Con el paso del tiempo y la consolidación del ensanche, la calle fue adquiriendo entidad propia y dejó de ser solo un camino funcional para convertirse en una de las principales referencias urbanas.
En ese proceso de urbanización aparece uno de los primeros nombres propios asociados a la avenida: Chacel. Durante un tiempo fue conocida como calle Chacel o General Chacel, según las fuentes y la época. Esta denominación refleja el hábito, muy común en el callejero español, de dedicar espacios destacados a figuras militares o personajes vinculados al poder del momento.
Más allá de la exactitud del título, lo relevante es que la vía ya comenzaba a ser percibida como una calle principal, merecedora de un nombre reconocible y estable, aunque aún lejos del protagonismo simbólico que adquiriría después.
Consolidada como eje central del ensanche, la avenida adoptó una denominación claramente política: Alfonso, en referencia a la monarquía reinante. Existen discrepancias entre las fuentes sobre si el nombre exacto fue Avenida de Alfonso XII o Avenida de Alfonso XIII, una confusión comprensible en una época de transmisión oral y cambios administrativos frecuentes.
En cualquier caso, lo significativo es el gesto simbólico. El nombre del rey presidía la principal calle de la ciudad, reforzando el vínculo entre la Melilla moderna y el Estado monárquico. La avenida se convertía así en escaparate del poder institucional y en carta de presentación de la ciudad.
La proclamación de la Segunda República supuso un cambio inmediato en el callejero. La avenida pasó a denominarse Avenida de la República, un nombre que no hacía referencia a una persona concreta, sino a una forma de Estado y a un proyecto político. El espacio urbano se utilizó como altavoz de los nuevos valores, y la principal vía de Melilla no fue una excepción.
Durante esos años, el nombre de la avenida simbolizaba la voluntad de ruptura con el pasado monárquico y la afirmación de una nueva etapa, breve pero intensa, que también dejó su huella en la ciudad.
Tras la Guerra Civil, el callejero volvió a transformarse. La República desapareció de las placas y fue sustituida por denominaciones acordes con el nuevo régimen. La avenida pasó a llamarse Avenida de los Héroes y, en una versión aún más explícita, Avenida de los Héroes del 17 de julio, fecha asociada al inicio de la sublevación militar de 1936.
Estas denominaciones formaban parte de una política general de exaltación simbólica, en la que calles y plazas se convertían en instrumentos de propaganda y memoria oficial. La avenida central de Melilla volvió a situarse en primera línea de ese relato.
El cambio más duradero llegó en 1940, cuando el Ayuntamiento aprobó la denominación de Avenida del Generalísimo. Durante décadas, ese nombre identificó oficialmente la principal vía de la ciudad y quedó profundamente arraigado en varias generaciones de melillenses.
El rótulo reflejaba sin ambigüedades el carácter del régimen y su personalización del poder. La avenida, escenario de desfiles, actos oficiales y vida cotidiana, se convirtió también en un símbolo del franquismo en el corazón urbano de Melilla.
Con la llegada de la democracia y la aprobación de la Constitución de 1978, el callejero volvió a cambiar. La avenida adoptó su nombre actual: Avenida Juan Carlos I, Rey. La nueva denominación buscaba representar la etapa de transición y la monarquía parlamentaria surgida tras el franquismo, dentro de un proceso general de normalización institucional.
A pesar de los cambios oficiales, el uso popular mantuvo una notable continuidad. Para la mayoría de los melillenses, la calle siguió siendo simplemente “La Avenida”, un nombre informal que ha sobrevivido a todos los rótulos.
Hoy, bajo su denominación actual, la avenida concentra comercio, vida social y memoria. Sus distintos nombres no son solo una curiosidad histórica, sino un resumen elocuente de cómo la historia de España ha ido pasando, una y otra vez, por el centro de Melilla.
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