Hay oficios que trascienden la jubilación. Juan Jesús Aranda López fue cartero durante cuatro décadas, repartiendo correspondencia entre Barcelona, Málaga y Nueva Andalucía. Pero desde hace dieciséis años se dedica a un servicio postal mucho más singular: escribe cartas desde el cementerio de La Purísima en Melilla, y las firma con los nombres de soldados muertos hace más de un siglo.
"Soy un cartero jubilado", dice con esa humildad de quien no termina de entender por qué alguien querría entrevistarlo. Pero Juan, a los 81 años, es mucho más que eso. Es un arqueólogo emocional que excava en la memoria colectiva de una ciudad que vio nacer y morir a generaciones enteras en sus murallas.
La historia comienza en el callejón del Aceitero, número 3, perpendicular entre las calles Duque de la Torre y Castellón de la Plana. Ahí nació Juan, en un Melilla donde los niños jugaban al trompo en la calle y las madres llevaban a sus hijos de la mano al cementerio cada domingo. Su madre era muy religiosa, "muy así", como dice él, y juntos paseaban entre las tumbas como quien pasea por un jardín.
"Se podría decir que me he criado en el cementerio, en el llano del cementerio", confiesa. Y es cierto. Porque hay infancias que se construyen sobre la hierba y otras sobre el mármol. Juan pertenece a las segundas.
El cementerio de La Purísima, que antes se llamaba del Carmen, se convirtió en su patio de recreo. Entre nichos y lápidas descubrió que la muerte también tenía historias que contar. Soldados caídos en el barranco del Lobo, héroes de Marruecos, muchachos de veinticuatro años que dejaron viudas con niños pequeños y pensiones de dos pesetas.
## El imán invisible
A los dieciocho años, Juan se marchó. Primero a Barcelona, después a Málaga, donde lleva viviendo desde 1968. Pero hay lugares que ejercen una atracción inexplicable sobre nosotros, como esos imanes invisibles que nos devuelven siempre al mismo sitio.
"El cementerio de La Purísima siempre me ha llamado, me ha... Es como un imán, ¿sabes?", explica. Y así, durante décadas, mientras repartía cartas de vivos para vivos, Juan guardaba en su corazón otras cartas pendientes. Las de los muertos que nadie recuerda.
En 2008, centenario de la Guerra del Barranco del Lobo, decidió que había llegado el momento. Su amigo José Luis Blasco, historiógrafo, le proporcionaba datos: nombres, fechas, batallas, unidades militares. Juan ponía las palabras. Y nacieron las primeras cartas.
"Cartas desde La Purísima" recopila cien epístolas firmadas por soldados, oficiales y suboficiales que descansan en el cementerio melillense. Pero no son cartas militares, con esa rigidez castrense que uno podría esperar. Son cartas humanas, íntimas, escritas "con cariño, no con disciplina".
"Ellos ya están juntos todos", dice Juan. "Como en la caja de ajedrez. Ahí va el rey, la reina, el alfil y los peones, todos van juntos. Ahora están todos juntos allí, en los patios esos."
Las cartas huelen, según su autor, "a fáez, a heroísmo, y a veces a sudor y sangre". También a flores de plástico, porque en el cementerio de La Purísima casi todas son artificiales. Y huelen, sobre todo, a naranja cachorreña, a limón, a miel. "Para mí huelen a fáez, no a rosa ni a clavel."
Y es que, esta recopilación no es un negocio para Aranda. "No lo he hecho por el dinero", insiste. "Con mi pensión, mi pareja y mi piso, esto para mí es una satisfacción grandísima. Es como si me hubiera tocado la lotería."
El libro, que se puede conseguir a través de la editorial ExLibric, por entre quince y diecisiete euros, es para él "como un juguete muy caro para un niño pobre". Lo tiene "como oro en paño".
Porque hay libros que se escriben para ganar dinero, otros para ganar fama, y otros para saldar deudas pendientes con la memoria. Juan Aranda escribió el suyo para que la gente de Melilla sepa lo que tiene enterrado en La Purísima. Para que no se olvide de los héroes que murieron para que la ciudad sea lo que es hoy.
Al final de la conversación, Juan confiesa que esto de las cartas es como un exorcismo. "Estoy escribiendo de mis recuerdos de niño, cuando yo paseaba por La Purísima", dice. "Es una especie de metáfora."
Pero las mejores metáforas son las que no necesitan explicación. Juan Jesús Aranda López lleva cuarenta años siendo cartero. Primero repartía cartas entre vivos. Ahora las escribe entre muertos. El uniforme cambió, pero el oficio sigue siendo el mismo: hacer llegar mensajes de un corazón a otro.
La diferencia es que estas cartas siempre encuentran su destinatario. Porque están dirigidas a nosotros, los que aún respiramos, para que no olvidemos a los que ya no pueden contarnos sus historias.
En el cementerio de La Purísima, Juan sigue siendo cartero. Y los muertos, por fin, tienen quien les escriba.
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