Nela, hermana del escritor Juan Tejo, cuya historia trata de reconstruir su hermano en el libro 'Nela 1979'. -Cedida por el escritor-
El escritor Juan Trejo participará en un encuentro organizado por la UNED en el que abordará el proceso creativo de su obra Nela 1979 y reflexionará sobre la escritura en primera persona, un recurso narrativo que atraviesa este libro de no ficción en el que el autor reconstruye la vida de su hermana a través del contexto cultural y social de toda una generación de jóvenes. La cita servirá también para profundizar en el modo en que la literatura puede convertirse en una herramienta para explorar la memoria personal y colectiva, reconstruir historias fragmentadas por el paso del tiempo y acercarse a experiencias que durante años permanecieron envueltas en silencios familiares.
El origen del libro se encuentra en una inquietud que acompañó al escritor durante mucho tiempo: comprender quién fue realmente su hermana Nela. Aquella pregunta, que en un principio pertenecía al ámbito íntimo de la memoria familiar, terminó convirtiéndose en el punto de partida de un proyecto literario que ampliaría su mirada hacia un momento concreto de la historia reciente de España. A través de esa búsqueda, Trejo no solo intenta reconstruir la figura de su hermana, sino también entender el contexto cultural y generacional en el que transcurrió su vida.
Cuando comenzó la investigación, el autor se encontró con una dificultad inesperada. Los recuerdos sobre Nela eran escasos, fragmentarios y, en muchos casos, confusos incluso dentro del propio entorno familiar. Aquella ausencia de información se convirtió en uno de los primeros obstáculos del proceso de escritura. “Cuando empecé a investigar me resultó muy frustrante ver la escasísima información que quedaba de ella”, explica el escritor al recordar los primeros pasos de su trabajo.
Ese vacío, sin embargo, terminó redefiniendo el enfoque del libro. Si la historia de su hermana apenas podía reconstruirse a partir de recuerdos directos, quizá podía comprenderse a través del contexto en el que había vivido. Trejo comenzó entonces a investigar el ambiente cultural de la Barcelona de los años setenta, a consultar hemerotecas, a leer sobre la época y a hablar con personas que habían vivido aquel momento. De ese modo, la figura de Nela empezó a aparecer dentro de un paisaje social más amplio.
A medida que avanzaba la investigación, el autor fue comprendiendo que la historia de su hermana no era únicamente una historia familiar. Formaba parte de un momento generacional que atravesó a muchos jóvenes de aquella época. La búsqueda personal se fue transformando así en un retrato colectivo que permitía comprender mejor las aspiraciones, tensiones y contradicciones de una generación que creció en un periodo de profundas transformaciones sociales.
El libro se construye, por tanto, desde esa doble mirada. Por un lado, es una investigación íntima que intenta reconstruir la figura de una joven cuya memoria había quedado envuelta en silencios. Por otro, es también una exploración del contexto cultural en el que vivieron muchos jóvenes durante los últimos años de la década de los setenta, un periodo en el que comenzaban a abrirse nuevas formas de pensar la vida, las relaciones personales y el futuro.
La forma de contar esa historia planteó también un desafío narrativo. El material del que disponía —fragmentos de memoria, testimonios incompletos y lagunas inevitables— hacía imposible construir una crónica lineal. La historia necesitaba una estructura distinta que permitiera indagar en aquello que no podía contarse únicamente a través de los hechos. “La crónica se encarga de la realidad y la novela se encarga de la verdad”, señala Trejo al explicar la manera en que la literatura permite adentrarse en zonas más profundas de la experiencia.
Por esa razón, Nela 1979 adopta una forma literaria que combina investigación y narración. Aunque se trata de un libro de no ficción, el autor reconoce que ha terminado siendo uno de los más literarios que ha escrito. La construcción del relato exigió trabajar con especial atención el lenguaje, el estilo y los recursos narrativos, buscando una estructura capaz de dar sentido a una historia que no podía contarse de manera directa.
La escritura se convirtió así en una forma de indagar en la figura de su hermana y de intentar verla desde otro lugar. Durante años, su recuerdo había estado marcado por la oscuridad de lo ocurrido y por la incomprensión que rodeó aquellos acontecimientos dentro de la familia. El libro supone también un intento de encontrar otra mirada, de iluminar esa historia y de comprender a aquella joven más allá del conflicto que marcó su recuerdo.
En ese proceso de reconstrucción aparece también el contexto cultural de la época. La Barcelona de mediados y finales de los años setenta se convirtió en uno de los principales focos de la contracultura en España. Se trataba de un movimiento difícil de definir, poco concreto y en muchos sentidos amorfo, pero profundamente influyente en la vida cultural y social del momento.
Para muchos jóvenes de aquella generación, aquel ambiente representaba la posibilidad de imaginar formas de vida distintas a las que habían dominado durante décadas. La contracultura no planteaba únicamente un cambio político, sino también una transformación de las relaciones sociales, de la vida familiar y de los valores que organizaban la sociedad. En ese contexto, muchos jóvenes creían todavía posible soñar con un mundo mejor, imaginar otras formas de convivencia y cuestionar las estructuras tradicionales que habían marcado la vida cotidiana durante años.
Ese impulso estaba conectado con corrientes culturales que habían surgido en los años sesenta en diferentes lugares de Europa y Estados Unidos. Movimientos culturales en ciudades como París, Londres o San Francisco habían explorado nuevas formas de pensamiento, de creación artística y de organización social. Cuando esas ideas llegaron a España durante la década de los setenta, lo hicieron en un contexto marcado por el final de la dictadura y por un creciente deseo de transformación social.
Barcelona se convirtió entonces en uno de los principales escenarios de ese clima cultural. En ese ambiente convivían la experimentación artística, los cambios en las formas de convivencia y una voluntad de transformación que iba más allá de la política institucional. No se trataba solo de cambiar un régimen político, sino también de explorar nuevas maneras de vivir y de relacionarse.
Sin embargo, aquel impulso generacional tuvo una duración relativamente breve. A finales de los años setenta comenzaron a producirse cambios que transformaron profundamente el panorama cultural. Entre ellos, la irrupción de la heroína tuvo un impacto especialmente significativo.
Durante los primeros años de la contracultura, el consumo de determinadas sustancias estaba vinculado a experiencias colectivas y a un imaginario asociado al ensueño y a la exploración personal. Drogas como la marihuana, el hachís o el LSD formaban parte de ese ambiente cultural que había surgido en los años sesenta y que llegó a España durante la década siguiente. En aquel contexto, el consumo estaba asociado principalmente a determinados círculos culturales y a una juventud vinculada, en muchos casos, a clases medias y medias-altas.
La aparición de la heroína alteró profundamente ese escenario. Cuando comenzó a aparecer a finales de los años setenta, muchos jóvenes se acercaron a ella desde el desconocimiento, sin ser plenamente conscientes de sus consecuencias. Para una generación que había entendido ciertas drogas como parte de una experiencia cultural o de exploración personal, la heroína fue percibida inicialmente como una transgresión más dentro de aquel universo contracultural.
Sin embargo, sus efectos fueron muy diferentes. Frente a las drogas asociadas al ensueño o a la experiencia colectiva, la heroína introdujo una dinámica mucho más individual y destructiva que terminó debilitando el espíritu comunitario del movimiento. El desconocimiento sobre su impacto contribuyó a que su presencia comenzara a extenderse en determinados círculos juveniles.
Con el paso de los años, el fenómeno adquiriría una dimensión mucho mayor. Durante la década de los ochenta el consumo de heroína se expandió más allá de esos primeros entornos culturales y comenzó a afectar con especial intensidad a barrios populares y contextos sociales más vulnerables. Lo que en un primer momento había aparecido en círculos vinculados a clases medias terminó convirtiéndose en un problema social que golpeó con dureza a las clases bajas y a espacios marcados por la marginalidad y el lumpen urbano.
La historia de Nela se sitúa precisamente en ese momento de transición. Su vida y su muerte, en 1979, coinciden con los últimos años de aquella etapa contracultural y con el inicio de un periodo que transformaría profundamente el panorama social y cultural de los años siguientes.
En el encuentro organizado por la UNED, Trejo abordará también el papel de la primera persona en la construcción del libro. El escritor reconoce que durante mucho tiempo dudó sobre la conveniencia de situarse a sí mismo dentro del relato, ya que su intención inicial era contar la historia de su hermana sin convertirse en protagonista de la narración.
Sin embargo, a medida que avanzaba la investigación comprendió que su propia mirada formaba parte inevitable del proceso de búsqueda. El narrador que investiga, que se pregunta y que intenta reconstruir una historia fragmentada terminó convirtiéndose en un punto de apoyo para el lector, una voz que acompaña el recorrido de la investigación y permite comprender las dudas, las frustraciones y los descubrimientos que surgieron durante la escritura.
Para Trejo, ese recurso responde sobre todo a la naturaleza de la historia que quería contar. Nela 1979 nace de una búsqueda personal que no podía abordarse desde fuera. Al final, explica el escritor, la escritura del libro respondía a una necesidad profunda: enfrentarse a la memoria de su hermana y tratar de comprenderla desde otra mirada. “Era una historia que tenía que contar”.
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