Juan Andrés Moya, escritor melillense.
Juan Andrés Moya aprendió primero a buscar respuestas antes que historias. Mucho antes de comenzar a escribir novelas, de acumular certámenes literarios o de recorrer ferias y presentaciones por distintos puntos del país, fue un niño que creció rodeado de libros en silencio. En su casa había enciclopedias, volúmenes antiguos, colecciones que descansaban en las estanterías como objetos casi sagrados y que él observaba con una curiosidad precoz. No le interesaba todavía la ficción. Le interesaba comprender el mundo. La biología, la química, la ciencia. Abría aquellos libros buscando conocimiento, no evasión. Como si, incluso entonces, existiera ya una necesidad íntima de descifrar aquello que permanecía oculto.
La literatura llegó después, lentamente, casi como una revelación inevitable.
Fue alrededor de los trece años cuando comenzó a acercarse por iniciativa propia a las obras clásicas de los siglos XVIII, XIX y XX que había en casa. Allí descubrió algo que terminó cambiándolo todo: detrás de cada libro existía una voz. Una mente. Una sensibilidad capaz de construir universos enteros únicamente a través de las palabras. Y fue precisamente en ese instante, mientras leía aquellas primeras novelas, cuando sintió por primera vez la necesidad de escribir. No como una aspiración profesional ni como una decisión racional, sino como una especie de impulso inmediato y profundamente emocional.
“En el momento en que descubrí cómo alguien contaba una historia pensé: yo también quiero hacer esto”, recuerda ahora el escritor melillense, inmerso en uno de los momentos más intensos de su trayectoria gracias al recorrido que continúa experimentando En el nombre del hijo, la novela con la que lleva meses encadenando ferias literarias, firmas y presentaciones por distintas ciudades españolas.
Hablar con Juan Andrés Moya sobre literatura implica entrar inevitablemente en un territorio emocional donde la escritura deja de funcionar como técnica y pasa a convertirse en una necesidad vital. Sus palabras no suenan a discurso aprendido ni a explicación académica. Habla de las historias como si conviviera físicamente con ellas. Como si aparecieran en algún rincón de la mente y terminaran reclamando espacio hasta obligarlo a escribirlas.
“Es como un picor”, explica en uno de los momentos de la conversación. Una sensación incómoda, persistente, imposible de ignorar. Primero aparece la intuición de que existe una historia. Después llega la necesidad de descubrirla. Porque Moya insiste varias veces en una idea: él no siente que invente las historias, sino que las encuentra poco a poco. Primero necesita contárselas a sí mismo. Comprenderlas. Descifrar quiénes son sus personajes y qué dolor arrastran. Solo entonces siente que puede compartirlas con otros.
Ese proceso rara vez es rápido. Antes de escribir una sola página convive durante semanas o meses con imágenes fragmentadas, diálogos sueltos y escenas que se repiten constantemente en su cabeza. Necesita observar mentalmente a los personajes, escucharlos hablar, entender cómo se mueven o qué silencios esconden. “Soy muy visual cuando escribo”, admite. Y quizá por eso sus historias terminan teniendo una dimensión tan atmosférica y emocional.
Durante ese tiempo de preparación casi obsesiva, la historia crece lentamente hasta adquirir una forma sólida. Solo entonces comienza realmente el trabajo de escritura. Aunque incluso ahí, asegura, sigue sintiendo que aquello que cuenta no le pertenece del todo. Habla de la inspiración como algo “místico”, difícil de racionalizar. Como si el escritor fuera únicamente el intermediario encargado de dar forma a algo que ya existía antes.
Toda esa concepción de la literatura atraviesa profundamente En el nombre del hijo, la novela que actualmente continúa presentando y que se ha convertido en el proyecto más ambicioso de su carrera. Lo que comenzó siendo apenas un relato corto fue creciendo poco a poco hasta transformarse en una obra de casi mil páginas escrita durante tres años.
La novela cuenta la historia de Javier, un periodista que descubre junto al lecho de muerte de su madre que fue adoptado. Como única pista sobre su identidad recibe una caja que contiene un rosario y el diario manuscrito de un asesino. A partir de ahí, la narración se despliega entre la Guerra Civil, la posguerra y la España de 1987, arrastrando al protagonista hacia una investigación marcada por la violencia, el fanatismo religioso y las heridas emocionales heredadas.
Sin embargo, Moya insiste en que el verdadero centro de la historia no está únicamente en el crimen ni en la intriga propia del thriller psicológico o de la novela negra. Lo que realmente le interesa explorar es el dolor humano. La capacidad destructiva de ciertas heridas.
Y es precisamente ahí donde aparece la influencia decisiva de la poesía. Porque además de novelista, Juan Andrés Moya se siente profundamente ligado a la escritura poética. Durante años, mientras trabajaba en sus novelas, evitó leer narrativa contemporánea por miedo a contaminar su propia voz. Necesitaba preservar intacta la musicalidad con la que construía sus textos. Solo se permitía regresar a la poesía clásica.
“La poesía es sangrar”, resume. No habla de ella como un ejercicio intelectual, sino como una forma absoluta de exposición emocional. Un territorio donde el escritor simplemente se abre y deja que todo aflore sin filtros. La novela, en cambio, le exige otra clase de esfuerzo. Mucho más arquitectónico. Mucho más cerebral.
Él mismo compara el proceso narrativo con una cámara que constantemente se acerca y se aleja. A veces necesita detenerse en el detalle mínimo de un personaje: el gesto, el temblor de una mano, el color de una prenda. Otras veces debe alejarse para comprender cómo encaja cada escena dentro de una estructura mucho más amplia. Y en medio de todo eso aparece siempre otra obsesión constante: el diálogo.
Moya escribe primero las conversaciones y después la narración. Escucha antes de describir. Los personajes hablan primero en su cabeza y luego él construye alrededor de esas voces todo el universo emocional de la historia. Quizá por eso el descubrimiento del teatro terminó resultándole tan natural como inevitable.
Ocurrió después de finalizar su tercera novela, en la que invirtió cuatro años de trabajo. Tras tanto tiempo sin leer narrativa, se resguardó en la figura de Federico García Lorca casi por intuición. Leyó Bodas de sangre, La casa de Bernarda Alba y Yerma. Aquellas obras actuaron como una revelación inmediata. Comprendió entonces que su forma de escribir siempre había sido profundamente teatral.
Impulsado por esa sensación escribió La luz tras las ventanas en apenas cinco días. Una obra nacida de otra de esas historias que llevaba meses conviviendo silenciosamente en su interior y que acabaría obteniendo el primer premio del Certamen Internacional de Requena, considerado uno de los más prestigiosos del panorama teatral español.
La experiencia terminó abriéndole una nueva puerta creativa. “El teatro es liberador”, explica. A diferencia de la novela, donde el narrador debe intervenir constantemente, en la dramaturgia siente que simplemente escucha y transcribe. Los personajes hablan solos. Él únicamente organiza sus movimientos y sus silencios.
Mientras continúa recorriendo ciudades con En el nombre del hijo y retrasa la publicación de su próxima novela debido al crecimiento que sigue experimentando esta obra, Juan Andrés Moya continúa moviéndose entre géneros con la misma inquietud artística con la que empezó a escribir siendo adolescente. Poesía, novela, dramaturgia, relatos breves o novelas cortas premiadas como Giralda forman parte de un universo creativo que se ha ido construyendo lentamente, a base de certámenes, lecturas y años de disciplina silenciosa.
También desde aquella primera novela, ISHQ — El color de las granadas, publicada tras ganar un certamen literario y presentada en la masía de Juan Goytisolo, un recuerdo que todavía conserva como uno de los momentos fundacionales de su carrera.
Y quizá todo siga naciendo exactamente del mismo lugar: de aquel niño que buscaba conocimiento entre enciclopedias antiguas y que un día descubrió, entre los clásicos, que algunas personas eran capaces de transformar el dolor, la memoria y la belleza en palabras.
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