Cedida
Papiro que muestra una escena del Antiguo Egipto que representa a la diosa Maat (alada y arrodillada) rindiendo tributo o protegiendo a la diosa Isis (sentada en su trono con el disco solar y los cuernos de vaca)
En nuestro recorrido por el hilo dorado, hemos viajado desde las primeras representaciones simbólicas del Paleolítico hasta las antiguas civilizaciones que florecieron en Mesopotamia. Hemos seguido las huellas de Inanna, descendiendo a las profundidades para regresar transformada, y nos hemos detenido en Enheduanna, cuya voz quedó inscrita en la arcilla hace más de cuatro mil años. Una mujer que, desde la distancia de los siglos, sigue hablándonos.
Ahora viajamos a Egipto, atraídos por una de sus figuras más fascinantes: Isis.
Hay algo en esta diosa que me conmueve desde hace mucho tiempo. Quizá por eso estudié Historia del Arte: por la fascinación de descubrir cómo otras culturas habían mirado la vida, la muerte y todo aquello que escapa a nuestra comprensión. Siempre me ha interesado lo que hay detrás de las imágenes: las preguntas, los temores y las esperanzas que una civilización deposita en ellas. Al contemplar el arte del antiguo Egipto, siento que me acerco a una manera de mirar la existencia en la que la muerte no constituye únicamente un final, sino que forma parte de un misterio más amplio, relacionado con la transformación y la continuidad.
Isis sigue despertando hoy esa fascinación. Su figura permanece presente en determinados círculos espirituales y de mujeres, y hay personas que viajan a Egipto atraídas por su historia y su simbolismo. Me pregunto qué buscamos en ella tantos siglos después. ¿Su fuerza protectora, su sabiduría, su capacidad de transformar el dolor? ¿O quizá la imagen de una mujer que no abandona la búsqueda incluso cuando todo parece perdido?
En el mito egipcio, Osiris, compañero de Isis, es asesinado por su hermano Seth y su cuerpo queda disperso. Isis emprende entonces su búsqueda y reúne sus restos, participando en su restauración. Con la ayuda de Neftis y de los poderes rituales, Osiris es devuelto a la vida de una manera extraordinaria, aunque no regresa a su existencia anterior: queda vinculado al mundo de los muertos y a los misterios de la regeneración.
Cuando pienso en Isis, también me vienen a la mente sus representaciones con las alas extendidas. En el arte egipcio, esas alas pueden expresar protección y cobijo, como si el cuerpo pudiera encontrar refugio bajo ellas. Hay una fuerza especial en esa imagen: la de quien se acerca a lo que ha sido herido o dispersado y trata de devolverle su lugar. Quizá por eso me resulta tan sugerente el mito. No habla de borrar la pérdida, sino de atravesarla y hacer posible otra forma de existencia.
Al leer esta historia, pienso en el otoño. En las viñas que pierden sus hojas después de ofrecernos sus frutos. Parece que la vida se retira, pero algo permanece, silencioso, preparándose para otro ciclo. El antiguo Egipto encontró en el Nilo, en sus aguas y en el retorno de la fertilidad, imágenes poderosas para expresar el misterio de la renovación. La naturaleza ofrecía una experiencia concreta de algo difícil de comprender: aquello que parece desaparecer puede dejar paso a una nueva forma de vida.
Y vuelvo a Isis. A ese gesto de buscar lo disperso, de reunir lo que ha sido separado. Pienso en cuántas veces también nosotros vivimos fragmentados: desconectados del cuerpo, de la respiración, de la naturaleza o de los demás. Podemos pasar los días atendiendo a nuestras obligaciones sin detenernos a sentir cómo estamos, qué necesitamos o qué vínculos nos sostienen. A veces, recuperar la unidad empieza con algo tan sencillo como volver a escuchar el cuerpo y permanecer unos instantes en silencio.
En mi propio recorrido, el yoga se ha convertido en una forma de explorar esa unión. Isis para mi es una forma de Yoga, su mito despierta una pregunta que atraviesa los siglos: ¿cómo volver a sentirnos parte de una totalidad que nuestra manera de vivir parece habernos hecho olvidar?
Yoga significa unión. En la práctica, esa unión no es una idea abstracta ni una promesa ilusa. Comienza al habitar el cuerpo, escuchar la respiración y regresar al presente. Desde ahí podemos reconocer nuestra relación con la naturaleza y con la vida que nos sostiene. No se trata de dejar de ser quienes somos, sino de descubrir que nuestra existencia también se construye a través de los vínculos.
Inanna nos invitó a descender. Enheduanna nos dejó una voz capaz de atravesar el tiempo. Isis nos ofrece la imagen de reunir los fragmentos.
Quizá el hilo dorado que he ido buscando desde el Paleolítico no sea una tradición que haya permanecido intacta durante milenios, sino una pregunta que reaparece bajo distintas formas: ¿qué nos une a la vida y cómo podemos volver a sentirlo?
Como la vid que parece desnuda en invierno, quizá también nosotros necesitemos atravesar ciertos silencios para descubrir que la transformación sigue siendo posible. A veces, volver a unirnos no significa regresar a lo que fuimos, sino aprender a habitar de otra manera aquello que somos.
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