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Ayer, cinco melillenses fueron víctimas de sucesos de este tipo al otro lado de la frontera, en el país vecino.
Por la mañana, las redes sociales se llenaban de mensajes de condena y estupor al conocerse la suerte que habían corrido tres ciclistas de nuestra ciudad. Habían decidido cruzar la frontera, como ya habían hecho otras veces, para practicar deporte y disfrutar de una jornada de buen tiempo.
Cuál fue su sorpresa que, cuando volvían de Nador hacia Beni Enzar para regresar a casa, tres individuos les cortaron el paso mientras pedaleaban. Llevaban las manos ocultas tras la espalda, pero pronto dejaron ver cuchillos, un mazo y hasta un hacha, con los que agredieron a los melillenses.
Los tres resultaron heridos, pero la agresión pudo incluso ser peor. Uno de ellos recibió puntos de sutura en varias partes de su cuerpo. Otro, según relató a El Faro, estuvo a escasos centímetros de haberse quedado paralítico: un mazazo le impactó en la espalda, cerca de la columna vertebral.
Ante este hecho cabe preguntarse: ¿Es normal que un ciudadano de Melilla que decida ir a pasar una jornada al país vecino, donde los residentes en nuestra ciudad tendrían que sentirse casi como en casa, tenga que enfrentarse a agresiones de este tipo?
Por desgracia, ayer también conocíamos la noticia de que, por séptima vez, agentes marroquíes arrestaban al periodista melillense Jesús Blasco de Avellaneda, que, según contó a este periódico, se había desplazado a Beni Enzar con un hermano suyo sacerdote, simplemente para dar un paseo.
Según el relato de Blasco, los policías los arrastraron “a porrazos” a un furgón para trasladarlos al calabozo. El motivo que les dieron para deternerlos fue que estaban ejerciendo el periodismo sin autorización. Asimismo, les indicaron que no podían hablar con inmigrantes subsaharianos, algo que, por cierto, no estaban haciendo, de acuerdo con el testimonio de Blasco.
El periodista aseguró a este diario que no estaba trabajando, pero ¿qué clase de país es uno en el que se cohíbe el derecho a la información?
Aparte, cuando se aclaró que el hermano de Blasco era sacerdote, los agentes marroquíes esgrimieron un nuevo ‘delito’ para justificar su conducta: que estaban haciendo proselitismo, algo que tampoco estaba haciendo. Y de nuevo, la misma pregunta: ¿Qué clase de país es uno que coarta la libertad religiosa?
Los dos sucesos ocurridos son intolerables y no pueden caer en el olvido. Es inadmisible que algunos melillenses tengan que sufrir esta violencia por el mero hecho de desplazarse al país vecino.
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