Cedida
La divinidad Innana
En el artículo anterior llegábamos hasta Uruk, una de las primeras grandes ciudades de Mesopotamia. Con ella aparecía también algo que cambiaría profundamente la relación del ser humano con el mundo: la naturaleza comenzaba a convertirse en territorio, el territorio en propiedad y la propiedad en algo que había que defender. La vida, que durante milenios había estado íntimamente ligada a los ciclos naturales, empezaba a fragmentarse.
Y es precisamente en ese mundo donde encontramos a Inanna.
Inanna es una de las grandes divinidades de la antigua Sumeria. Diosa del amor, la fertilidad, el deseo, pero también de la guerra y del poder, reúne en sí misma aspectos aparentemente opuestos. Es una diosa de las grandes alturas y de las grandes profundidades. Está asociada a Venus, la estrella que aparece tanto al amanecer como al atardecer, una presencia celeste que parece habitar también el territorio de los umbrales.
Pero su historia más poderosa es la de su descenso al inframundo.
En el relato sumerio, Inanna decide descender al reino de su hermana Ereshkigal. Para entrar debe atravesar siete puertas. En cada una de ellas se le quita una de sus prendas o atributos, hasta que llega al mundo inferior despojada de sus símbolos de poder.
La imagen resulta poderosa cuando la miramos desde nuestro presente. Siete puertas. Siete pasos. Y en cada uno, algo que dejamos atrás.
En una formación de Biodanza viví una experiencia que me hizo comprender este relato de una manera muy corporal. Atravesábamos simbólicamente siete puertas y, en cada una, íbamos soltando algo: la corona, el personaje, la necesidad de controlar, las identificaciones con las que construimos nuestra manera de estar en el mundo. No era una reconstrucción histórica del mito, por supuesto. Los sumerios no hablaban de “ego” en el sentido psicológico que nosotros utilizamos hoy. Era una lectura contemporánea, una experiencia corporal que encontraba en aquella antigua historia una imagen extraordinariamente actual.
Inanna sigue hablándonos.
Hay momentos en la vida en los que también necesitamos atravesar nuestras propias puertas. Soltar una identidad, una expectativa, una forma de controlar, una imagen de nosotros mismos. Llega un momento en que ya no podemos seguir avanzando cargándolo todo.
El árbol no negocia con sus hojas. Cuando llega el momento, las suelta. Ha cumplido su ciclo. El desprendimiento forma parte de la vida tanto como el crecimiento.
El descenso de Inanna, sin embargo, no es solamente una metáfora del desapego. En el relato, la diosa llega al inframundo, es juzgada, muere y su cuerpo queda suspendido. Después llegará su retorno. Descender implica atravesar simbólicamente una muerte para poder regresar transformada.
Aquí encuentro una resonancia profunda con el yoga.
Volver hacia dentro, atravesar el silencio, desprendernos de aquello que ya no necesitamos y recuperar una relación más consciente con nosotros mismos.
Para mí, el yoga nunca ha sido solamente una colección de posturas. Es también una práctica de presencia. Respirar, observar, sentir el cuerpo, reconocer aquello a lo que nos aferramos y aprender, poco a poco, a soltar.
Quizá por eso Inanna me parece una imagen tan bella para este momento del año. El otoño nos recuerda que la vida no consiste únicamente en crecer, acumular y avanzar. También hay un tiempo para descender, para vaciarnos, para dejar caer.
En ese antiguo relato, una diosa atraviesa siete puertas hasta encontrarse sin sus atributos, sin sus adornos, sin aquello que decía quién era. Y, sin embargo, no desaparece.
Tal vez ese sea el hilo dorado que atraviesa también nuestra propia búsqueda: comprender que debajo de todo aquello que vamos soltando sigue existiendo algo esencial.
El otoño no nos pide que seamos menos. Nos invita a volver a lo esencial.
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