Cedida
La historiadora y experta en mindfulness, Inma Gaitán
“Las fases de la luna eran las mismas para el hombre del Paleolítico que hoy para nosotros. También eran idénticos los procesos propios del útero. Podría ser, pues, que la observación inicial que condujo al nacimiento en la mente del hombre de la mitología de un misterio que informa de los asuntos terrestres y celestiales fuese el reconocimiento de una armonía entre estos dos órdenes articulados a partir del factor del tiempo, el orden celeste de la luna creciente y el terrestre del útero.” — Joseph Campbell
Te propongo un recorrido que no busca reconstruir una historia lineal, sino seguir un hilo sagrado a través del tiempo: una forma de relación con el cuerpo que parece persistir, transformarse y reaparecer en distintas culturas y momentos de la historia.
Siempre me han fascinado las culturas antiguas. Recuerdo estudiarlas y sentir que, más allá de los datos, había algo que se nos escapaba: una manera de estar en el mundo, y especialmente en el cuerpo, que no terminábamos de comprender del todo.
Años después, en la práctica del yoga, esa intuición volvió. Pero esta vez no como una idea, sino como una experiencia directa.
Hay una imagen a la que regreso una y otra vez: la Venus de Laussel, fechada en torno a 25.000 años a.C. Una figura femenina tallada en la roca, con una mano apoyada en el vientre y la otra sosteniendo un cuerno de bisonte marcado con incisiones. No sabemos con certeza qué representa. Pero el gesto permanece.
Cada vez que me siento a meditar, cuando coloco la mano en mi vientre o me sintonizo con las fases de la luna, esa imagen reaparece. No como explicación, sino como reconocimiento: la mano en el centro, la atención dirigida hacia dentro, el cuerpo como lugar de retorno.
La arqueóloga Marija Gimbutas dedicó gran parte de su trabajo a estudiar las culturas preindoeuropeas del Neolítico europeo (aprox. 7000–3000 a.C.), proponiendo la existencia de sociedades en las que lo femenino ocupaba un lugar simbólico central. Sus interpretaciones han sido debatidas, pero abrieron una pregunta fundamental: qué tipo de relación con el cuerpo y con lo sagrado sostenían aquellas culturas.
En el valle del Indo, entre 2500 y 1900 a.C., aparecen los sellos de terracota de la civilización Harappa. En algunos de ellos se representa una figura sentada en postura estable, que la investigación ha relacionado con estados tempranos de recogimiento corporal. Uno de los más conocidos es el sello de Paśupati, a menudo interpretado como una figura protoyóguica vinculada posteriormente a Shiva.
Entre estas imágenes no hay una línea directa ni una continuidad histórica clara. Hay interrupciones, transformaciones, olvidos. Pero también persistencias que invitan a pensar en algo más profundo que la cronología.
El yoga, como tradición filosófica estructurada, aparece mucho más tarde, en la India antigua, en el contexto de los Upanishads (aprox. siglos VIII–III a.C.), los últimos textos del periodo védico. Es ahí donde por primera vez se articula de forma explícita una reflexión sobre la interiorización, la respiración y la disciplina de la mente como vía de conocimiento.
Pero quizá lo que hoy llamamos yoga no comenzó ahí, sino mucho antes: como una forma de atención al cuerpo, al ciclo y a la respiración.
Desde la neurociencia contemporánea, Nazaret Castellanos ha mostrado cómo el cuerpo y el cerebro están en diálogo constante. La respiración modula la actividad cerebral en tiempo real, influyendo en la atención, la memoria y el estado emocional. No pensamos primero y sentimos después: el cuerpo participa en la construcción de la experiencia.
Y entonces la pregunta se desplaza: ¿En qué momento dejamos de experimentar el cuerpo como un lugar de conocimiento? ¿Cuándo se produjo esa separación entre lo que pensamos y lo que habitamos?
Tal vez la historia del yoga no sea solo la historia de una práctica, sino la memoria de una forma de conciencia encarnada. Una forma de estar en el mundo en la que el cuerpo no era un obstáculo para lo sagrado, sino su vía de acceso.
Quizás lo que estamos haciendo hoy, sin saberlo del todo, no es inventar nada nuevo, sino intentar recordar.
Seguir el hilo sagrado a través del tiempo.
Volver a la respiración.
Volver al cuerpo.
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