LA SITUACIÓN que atraviesa el puerto de Melilla es trágica. El tráfico, tanto de mercancías como de pasajeros, ha sufrido un desplome durante los primeros 10 meses del año que lo sitúan en los primeros puestos del ranking nacional de descensos. Es cierto que las restricciones impuestas al transporte para frenar el coronavirus y la incertidumbre económica general que ha producido la pandemia tienen que ver en estos malos resultados, pero no hay que olvidar que la tendencia negativa que registra el puerto de la ciudad viene de mucho tiempo atrás. El cierre de la aduana comercial con Marruecos y la competencia del cercano puerto de Nador han desangrado a una instalación que es un termómetro perfecto del estado de la economía melillense.
El puerto de nuestra ciudad debería ser uno de los principales motores económicos de Melilla y el estado de las cifras que ahora mismo maneja no auguran un futuro positivo. Por eso es preciso buscar alternativas y buscar que desde el Gobierno central y la Unión Europea se refuerce su prevalencia frente a otros competidores cercanos. Si no logramos que nuestro puerto sea uno de los epicentros de la actividad económica de la ciudad y se deja morir, estamos dejando de lado uno de los principales valores con los que contamos en nuestra economía y lo vamos a lamentar más pronto que tarde.
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