Edu Llorens, coreógrafo de 'Hamlet'. -Cedida por Llorens-
En la penumbra de una escena casi desnuda, donde lo esencial desplaza a lo accesorio, toma forma Hamlet, la adaptación del clásico de Shakespeare dirigida por Ceres Machado que podrá verse los días 20 y 21 de marzo, a las 20:45 horas, en el Teatro Kursaal Fernando Arrabal. El espacio, reducido a una suerte de caja oscura, no impone una realidad, sino que la sugiere: invita a imaginarla. Es ahí donde la danza y la interpretación se entrelazan y comienzan a construir el relato. Sin artificios que distraigan, la mirada se dirige hacia el gesto, hacia la acción, hacia la presencia viva de los intérpretes. Como apunta el coreógrafo Edu Llorens, la intención es “dejar lugar a que cada uno imagine dónde está ocurriendo todo”, convirtiendo el escenario en un territorio abierto, más insinuado que definido.
En ese vacío escénico es donde cobra sentido la propuesta coreográfica. La danza no aparece como un añadido, sino como una prolongación natural de la interpretación. Los intérpretes encarnan a los personajes desde un trabajo que integra palabra, emoción y movimiento, donde cada gesto forma parte del relato. “No es solo bailar, es contar lo que le ocurre al personaje”, sostiene Llorens, cuya trayectoria —iniciada como bailarín y desarrollada en paralelo a la creación— ha estado marcada por esa necesidad de narrar a través del cuerpo.
Ese planteamiento se materializa en un elenco que ha sido trabajado desde la singularidad. Lejos de un movimiento homogéneo, cada personaje desarrolla una calidad de movimiento propia, vinculada a su identidad y a su recorrido dentro de la historia. Cisco Lara, como Hamlet, construye su presencia desde un lenguaje robótico, contenido y muy apoyado en el suelo, con una energía que remite a su experiencia en el breakdance y que acentúa el conflicto interno del personaje. Maru Ranuschio, en el papel de Ofelia, transita por una expresión corporal más suave, líquida y etérea, en consonancia con la fragilidad y sensibilidad del personaje. Jeyfren Mata encarna al rey Claudio desde una dinámica más brusca, con una gestualidad directa y agresiva que marca su posición dentro del conflicto. Junto a ellos, Josega Atienza completa un elenco que articula la obra desde la diversidad de registros y la precisión interpretativa.
Este trabajo no se limita a la ejecución coreográfica, sino que parte de un proceso en el que cada intérprete explora cómo se movería su personaje, cómo reaccionaría y desde qué lugar emocional habita la escena. “No es fácil ser bailarín y a la vez transmitir como actor”, explica Llorens, subrayando la complejidad de una propuesta que exige sostener ambos lenguajes al mismo tiempo. De ahí la importancia de un elenco capaz de integrar esa doble dimensión sin que resulte forzada.
La fusión entre danza e interpretación se convierte así en el eje de una puesta en escena que reconfigura la forma de acercarse a un clásico. La historia no se desarrolla únicamente a través del texto, sino que se despliega también en lo corporal, en la energía compartida, en la relación entre los intérpretes y en la manera en que el movimiento acompaña —y en ocasiones anticipa— lo que sucede. “Estás viendo lo que se cuenta mientras ocurre”, apunta el coreógrafo, incidiendo en esa capacidad de la danza para hacer visible lo emocional.
Este enfoque implica asumir un riesgo consciente. Adaptar Hamlet desde un lenguaje contemporáneo supone distanciarse de una lectura más tradicional y apostar por una reinterpretación que transforma los códigos escénicos. “A veces parece que arriesgas mucho, pero quedarse a medio camino es aún más peligroso”, comenta Llorens. La propuesta, en este sentido, no busca una adaptación tímida, sino una transformación que atraviesa todos los elementos del montaje.
La música, compuesta por Álvaro Sola, es uno de esos elementos clave. Su creación combina una base épica con matices electrónicos que aportan intensidad y ritmo a la escena. Lejos de acompañar de manera neutra, la música impulsa las emociones y sostiene momentos de tensión, especialmente en las escenas más épicas o en los conflictos centrales de la obra. “Es lo que más despierta lo que sentimos al verlo”, señala Llorens, destacando su papel dentro del conjunto.
Esa misma lógica de reinterpretación se traslada a la caracterización. El vestuario y la estética visual mantienen la esencia de los personajes, pero los sitúan en un imaginario distinto, con materiales y referencias contemporáneas que transforman su presencia en escena. La obra se mueve así en un equilibrio constante entre lo reconocible y lo nuevo, entre la herencia del texto original y su actualización.
La dirección de Ceres Machado articula esta mirada desde una adaptación que acerca la historia al público actual sin despojarla de su profundidad. El conflicto de Hamlet —la traición, la pérdida, la búsqueda de sentido— se presenta como un relato que trasciende el tiempo. “Es una historia que podría pasar en cualquier momento”, explica Llorens, insistiendo en su carácter universal.
Dentro de esa construcción, la sencillez de la escenografía adquiere un sentido preciso. La ausencia de grandes elementos escénicos no responde a una limitación, sino a una elección que pone el foco en la interpretación y en la capacidad del espectador para completar la escena desde su propia percepción. La imaginación se convierte así en parte activa de la experiencia.
La apuesta de Sibila Teatro por este tipo de propuestas refuerza una línea de trabajo que busca abrir el teatro a nuevas formas de expresión. La fusión de disciplinas, lejos de responder a una tendencia puntual, se plantea como una vía para ampliar los lenguajes escénicos y generar nuevas formas de conexión con el público.
El resultado es una propuesta que, desde su planteamiento, rehúye la indiferencia. Incluso entre profesionales del sector, la idea de abordar Hamlet desde este enfoque ha generado sorpresa. “Cuando contábamos que estábamos haciendo Hamlet, la reacción era de ‘¿cómo?’”, recuerda Llorens, reflejando el impacto que produce una reinterpretación de este tipo.
Y es precisamente ahí donde reside la fuerza del montaje. En la capacidad de tomar una historia conocida y desplazarla hacia un terreno distinto, donde la palabra y el movimiento se entrelazan para construir un relato que no solo se entiende, sino que se experimenta. Una invitación a mirar de nuevo, desde otro lugar, un clásico que sigue hablando en presente.
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