El escritor Juan Manuel Fernández Millán vuelve a adentrarse en la memoria reciente de España con El silencio es cómplice, una novela que combina el relato íntimo con el contexto histórico del terrorismo de ETA. Lejos de encasillarse en un solo género, el autor define su obra como una historia compleja: “es una historia de amor, pero también de miedo, de terror y, sobre todo, de mucho dolor”.
El punto de partida del libro es un suceso real ocurrido el 5 de enero de 1979. Antonio, un guardia civil destinado en el País Vasco, y Hortensia, cuñada de otro agente, vivían una relación sentimental que acababa de consolidarse con su compromiso. Aquella noche, tras celebrar su promesa en una discoteca, ambos fueron ametrallados en su coche por un comando de ETA. Murieron en el acto.
El caso, conocido como el de 'los novios de Cádiz', nunca llegó a esclarecerse completamente. No se identificó a los autores materiales del asesinato, a pesar de que el proceso fue reabierto en dos ocasiones. Este vacío judicial es uno de los elementos que atraviesa la novela y que refuerza su carga emocional.
Del crimen a sus consecuencias
Aunque en un principio Fernández Millán pensó en centrar la obra exclusivamente en el atentado, pronto descubrió que el verdadero relato estaba en las consecuencias. La investigación que llevó a cabo le permitió observar cómo la muerte de la pareja marcó de forma irreversible a sus familias.
“Empiezo a investigar y veo cómo repercuten esas dos muertes en las familias. Y veo tanto dolor…”, explica el autor. A partir de ahí, el libro se transforma en una exploración del duelo prolongado, de la culpa y de las heridas que nunca llegan a cerrarse.
Entre los testimonios que han servido de base para la novela destacan historias profundamente conmovedoras. La hermana de Hortensia, por ejemplo, continúa décadas después atrapada en un duelo que hoy se consideraría patológico. Cada noche de Reyes revive la tragedia, incapaz de desligarse del recuerdo.
El cuñado de la víctima arrastra un sentimiento de culpa persistente por haber llevado a su familia al País Vasco, mientras que los padres de Antonio afrontaron un proceso de duelo largo y devastador. Incluso el hermano del fallecido, también guardia civil, recibió la noticia de la muerte en circunstancias dramáticas, teniendo que abandonar precipitadamente sus vacaciones para enfrentarse a la pérdida.
El silencio como protagonista
Uno de los elementos más impactantes del libro, y que da título a la obra, es el episodio de los “27 minutos”. Tras el atentado, uno de los proyectiles quedó encajado en el claxon del vehículo, que permaneció sonando durante casi media hora.
Durante ese tiempo, nadie acudió a socorrer a la pareja.
“Eso es el clima en el que se vivía en el País Vasco en aquellos tiempos”, subraya Fernández Millán. “Unos por ideología y otros por miedo, ninguno fue a ver qué estaba pasando”.
Este hecho real se convierte en el núcleo simbólico de la novela. El autor lo desarrolla con especial intensidad, imaginando qué pudo ocurrir tras las ventanas cerradas de los vecinos que, conscientes o no, optaron por no intervenir.
La expresión “ventanas cerradas”, utilizada en la época, reflejaba precisamente esa actitud colectiva de mirar hacia otro lado. El silencio, en este contexto, no es solo ausencia de acción, sino también una forma de complicidad.
Rigor y ficción: una reconstrucción basada en testimonios
Aunque El silencio es cómplice está basada en hechos reales, el autor reconoce que ha tenido que recurrir a la ficción en determinados aspectos. La imposibilidad de acceder al sumario judicial le obligó a recrear situaciones, especialmente en lo relativo a diálogos y escenas concretas.
No obstante, Fernández Millán insiste en que ha tratado de ser lo más fiel posible a la realidad. Para ello, se ha apoyado en entrevistas a familiares, artículos de prensa y documentación histórica.
El libro cuenta además con dos colaboraciones destacadas: el prólogo, firmado por Francisco Javier López Ruiz, víctima de un atentado terrorista, y el epílogo, a cargo del documentalista José Luis Roncaño, autor de una obra audiovisual sobre este caso.
La motivación: evitar el olvido
Más allá del relato, el autor tiene una intención clara: preservar la memoria de las víctimas y evitar que su sufrimiento caiga en el olvido. “Dar a conocer algo que se está olvidando”, afirma, en referencia al dolor causado por ETA.
Fernández Millán insiste en que no se trata de hechos lejanos en el tiempo, sino de historias que todavía afectan a personas vivas. “Hay gente que aún tiene que cruzarse en su pueblo con quien intentó matarla”, señala.
Desde su perspectiva como psicólogo, el autor se siente especialmente interpelado por las emociones que rodean estos episodios. El libro, en ese sentido, busca poner palabras a sentimientos complejos como el dolor, la culpa o la impotencia.
Las escenas más duras
Entre los momentos más difíciles de escribir, el autor destaca aquellos que reflejan el sufrimiento prolongado de las víctimas indirectas. Más allá del atentado en sí, lo que le resulta más doloroso es la persistencia del trauma.
Uno de los ejemplos más impactantes es el de Aurora, la hermana de Hortensia. Su vida queda marcada por un ritual silencioso: cada noche de Reyes permanece despierta hasta la madrugada, como si el tiempo se hubiera detenido en el momento de la tragedia.
A ello se suma la carga simbólica de su entorno. Desde su ubicación en San Roque, puede ver, por un lado, el cementerio donde descansa su hermana y, por otro, la cárcel donde han estado presos miembros de ETA. Una dualidad que alimenta preguntas sin respuesta: “¿Alguno de estos será el asesino de mi hermana?”.
Una lectura que interpela al lector
Fernández Millán no oculta la dureza de su obra. De hecho, advierte abiertamente a los lectores: “Si no estás preparado para empatizar y para sufrir, no leas este libro”.
La novela no ofrece un final feliz, ni pretende hacerlo. Su objetivo es otro: provocar una reacción emocional profunda y fomentar la reflexión. El autor aspira a que el lector se ponga en la piel de las víctimas y comprenda la complejidad del perdón.
“Está muy bien lo de perdonar, pero es muy difícil”, reconoce.
Un mensaje claro: empatizar y no olvidar
Al finalizar la obra, el autor espera que el lector se lleve, en sus propias palabras, “un mal sabor de boca”. Pero no como algo negativo, sino como una herramienta para la memoria.
Su intención es que la incomodidad genere conciencia. Que las historias como la de Antonio y Hortensia no se diluyan con el paso del tiempo y que la sociedad no pierda de vista el impacto humano del terrorismo.
En definitiva, El silencio es cómplice no es solo una novela, sino un ejercicio de memoria histórica y emocional. Un recordatorio de que, en determinadas circunstancias, el silencio también tiene consecuencias.