¡El mar... ese mar...
de innumerables azules mediterráneos,
incansable en sus cambios!
¡Esa sinfonía inagotable,
de murmullos sobre el agua!
¡Ese enamoramiento...
que, embelesado en el fragor de la espuma,
emergía en la laxitud del tiempo!
Contemplaba el contrapunto...
el inacabable encuentro
del refulgir de las olas,
cubriendo todos los huecos
y rendijas de las rocas.
Las gaviotas, en redondeles oblicuos,
revoloteaban,
sin aparente sentido,
al final del espigón...
oculto en grises de asfalto.
Sobre la tarde...
la quietud del momento,
subsistía columpiada en la brisa,
adornada de salitre...
y olor a brea marina.
¡El mar... aquel mar!
aquel sendero de mares,
abría mi alma olvidada,
dejando el pensamiento libre...
en un viajar sin paisaje,
con la mirada perdida...
indagando, el horizonte.
Una sensación indefinible,
de inmensidad abierta,
anegadas las arenas
recalando en las orillas.
Enredado en la magia...
de lo que no se explica,
sentía mi deseo de estar.
Delante estaba el infinito,
los vaivenes de verdes inciertos,
los vientos calmados de Alborán,
con aires de Chafarinas.
Detrás, tenía la ciudad,
cobijo de golondrinas,
hospedaje de mis pasos,
mi, siempre, ciudad querida.
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