Entre aromas, matices y pinceladas: un domingo entre café y cerámica

Matilda Coffee y Mil Cienº repitieron este domingo su experiencia de café y cerámica: dos horas para pintar un plato a mano entre café de especialidad, repostería y una atmósfera envolvente

Esta mañana de domingo en Matilda tenía algo de escena preparada con mimo, como si el local hubiera decidido bajar el volumen del mundo para escuchar mejor lo que ocurría dentro. La luz natural se filtraba por los ventanales y se mezclaba con una iluminación cálida del interior; un hilo musical suave sostenía el ambiente sin imponerse; y, por encima de todo, el aroma a café marcaba el compás desde la barra. En las mesas, junto a velas, jarrones con flores secas y manteles impresos con palabras que invitan a frenar —“fuego”, “calma”, “vivir”—, aparecían elementos que anunciaban que aquella no sería una jornada cualquiera: pinceles, lápices, gomas, platos de cerámica listos para ser intervenidos, pequeñas bolsitas de regalo con incienso y una tarjeta-bono para seguir aprendiendo en el taller artesanal. El conjunto tenía algo de cotidiano y, al mismo tiempo, de especial: la estética de una cafetería cuidada se mezclaba con señales de taller, como si el desayuno y el barro hubieran estado siempre destinados a encontrarse en la intimidad de una mesa compartida.

Apenas cruzar la puerta, una mesa auxiliar recibía a los asistentes como una antesala de cerámica. Allí se alineaban botes de pintura abiertos, una caja de pinceles, muestras de color ya esmaltadas —para imaginar cómo quedarán los tonos al final— y varios vasitos que, con el paso de los minutos, irían llenándose con las mezclas elegidas por quienes llegaban dispuestos a crear. Esa pequeña estación funcionaba como bienvenida, pero también como promesa: el color estaba listo, esperando manos. Con ese primer golpe visual, los participantes fueron ocupando sus asientos en grupos y parejas, acomodándose en una atmósfera que invitaba tanto a la conversación como a la pausa. En ese clima se celebró la segunda edición de la experiencia “Café & Cerámica”, una colaboración entre Matilda Coffee —de Hadil Abdelah y Menel Mohamed— y Mil Cienº, el taller de cerámica artesanal de Mariam Vendrell.

Cuando ya se respiraba ese orden tranquilo que precede a los encuentros cuidados con detalle, Menel Mohamed explicó el funcionamiento de la carta y el ritmo del servicio. Primero se tomaron las comandas y, después, comenzaron a servirse las bebidas y la repostería, una vez cada mesa estuvo lista para iniciar la experiencia. Ese gesto —esperar a que el grupo se acomodara— marcó el tono de la mañana: sin prisa, con cuidado. A partir de ahí, el café ocupó su lugar no solo como bebida, sino como parte del relato que Matilda propone desde que abrió hace año y medio: que la taza no sea un gesto automático, sino un momento con sentido. Trabajan café de especialidad y lo entienden como un universo de aromas, medidas y sutilezas que varía con la temporada. Buena parte de esa filosofía se apoya también en el trabajo técnico: tras la barra, la maquinaria digital permite ajustar cantidades, presión y proporciones con precisión, y el equipo acompaña el entendimiento del cliente como si se tratara de una pequeña cata cotidiana.

Mientras las primeras bebidas empezaban a llegar a las mesas, Mariam Vendrell introdujo el corazón del taller. La dinámica partía de un plato que ya había pasado una primera cocción, de modo que la superficie estaba dura y lista para trabajar. La indicación inicial era sencilla y tranquilizadora: comenzar por un boceto, sin miedo a equivocarse. Para eso, explicó, había lápices para dibujar sobre la pieza y gomas para borrar, de manera que el trazo pudiera probarse, corregirse y volver a intentarse. También se ofrecían plantillas con motivos diversos —florales, marinos, frutas y verduras, y otras opciones para quienes necesitaran inspiración—, además de papel de calco para trasladar un dibujo con mayor seguridad. Los platos, realizados a mano por la artesana, mostraban bordes irregulares: una imperfección preciosa que recordaba desde el primer momento que cada pieza tiene su propia personalidad incluso antes de recibir el diseño final.

A partir de ahí, la mañana empezó a moverse en dos planos que se alimentaban entre sí. En las mesas, la conversación fluía mientras los diseños aparecían: a ratos había concentración —miradas fijas, lápices suspendidos, silencios cómodos— y, a ratos, un ambiente más distendido de risas, relatos y comentarios que saltaban de una silla a otra. Era una calma viva, de esas que no se construyen con silencio absoluto, sino con un equilibrio natural entre el diálogo y la creatividad. La inspiración llegaba por caminos distintos: algunas personas consultaban referencias en pantallas para luego traducirlas al plato; otras se apoyaban en plantillas; y también hubo quien dejó que la idea naciera sobre la marcha, guiada por el gesto y la expresión. Los primeros trazos fueron abriendo paso a flores, frutas, huellas de animales con nombres, paisajes, elementos de la naturaleza, corazones, ilustraciones y mensajes breves con intención emocional. Cada plato empezaba a contar algo: una dedicatoria, una memoria, un pequeño amuleto doméstico destinado a una mesa concreta.

En paralelo, el servicio sostenía el ritmo del café como si fuera parte del propio taller. Hamza se paseaba por las mesas recogiendo pedidos y distribuyendo comandas sin romper ese tono pausado que dominaba el salón. Desde la barra, Hadil Abdelah elaboraba las bebidas, y el café aparecía también como conversación: no solo llegaba a la mesa, se explicaba. Abdelah hablaba con pasión de matices, de origen, de temporada, de cómo el café cambia igual que cambia la decoración del local. En Matilda, los cafés de especialidad y la marca insignia se sirven con un cuidado que busca diferenciarse de lo habitual. En ese contexto se mencionaba el trabajo con el tostador Artisan Coffee y la idea de que cada mes el café varía de procedencia: Etiopía, Ruanda o Indonesia, adaptándose también a cada momento del año y temporada.

Este mes, el café de Indonesia protagonizó parte del relato con un perfil descrito a través de matices de almendra amarga, naranja y canela, invitando a probar con atención, a detenerse en el paladar igual que se detiene la mano antes de trazar una línea. Y, mientras tanto, en las mesas, la repostería acompañaba el ritmo del taller: porciones de tarta de zanahoria, cheesecake de frutos rojos, la tarta Matilda con coberturas de chocolate, y también un bizcocho de pasta de dátiles y frutos secos sin azúcar. Las cucharillas convivían con lápices y pinceles; los platos de postre se solapaban con los platos de cerámica. Era un cruce constante entre aromas y color, entre gusto y trazo: el café calentaba la conversación, y la cerámica la aterrizaba en una tarea lenta, tangible.

Con el salón ya en plena dinámica, la mesa auxiliar de la entrada de los colores adquirió todavía más sentido. No era solo un punto de bienvenida: funcionaba como centro de abastecimiento y guía. Allí, los vasitos se iban llenando con los tonos seleccionados y las muestras esmaltadas ayudaban a decidir con más seguridad. Vendrell recibía a cada persona, escuchaba lo que buscaban —un tono suave, un contraste más marcado, una combinación concreta para el diseño— y, en base a eso, proporcionaba los colores. Esa circulación de pigmentos, de idas y venidas entre mesas y la entrada, fue tejiendo una coreografía silenciosa: elegir, mezclar, probar, corregir; volver a cargar el pincel; mantener el trazo con la pintura presente. En ese punto, la técnica también imponía su delicadeza: Vendrell recordaba que, al deslizar el pincel, la punta necesitaba mantenerse “siempre mojada”, como una manera de asegurar continuidad y acabado.

En conjunto, la escena era una postal de colaboración: una cafetería que, sin dejar de ser cafetería, se transformaba por unas horas en un pequeño taller compartido. Menel Mohamed explica que esta era la segunda edición y recuerda que la primera se celebró “un poquito antes de Navidad” del año pasado. Tuvo tan buena acogida —las plazas se llenaron enseguida— que quedó la sensación de que merecía repetirse. El calendario de fiestas y la vuelta a la rutina retrasaron la segunda convocatoria, pero la idea se mantuvo intacta: compartir una mañana de domingo, crear una pausa para desconectar y dedicarse tiempo. “Es un momento que uno se dedica a sí mismo, que desconecta para descansar, para pensar, para dar rienda suelta a la creatividad”, explicaba Mohamed.

Sobre el origen de la iniciativa, Mohamed lo describía como una conexión inmediata. Mariam Vendrell se puso en contacto con ellos y, desde el primer momento, sintieron que la propuesta encajaba. Matilda, insistía, no fue concebida como una cafetería “al uso”, sino como un espacio dinámico, abierto, donde todo el mundo tiene cabida y donde se puede venir a desconectar de verdad. Para Vendrell, el valor de la experiencia está en la comunidad: si el primer taller funcionó y la gente lo acogió tan bien, repetir era también una forma de responder a ese respaldo. Ambas lo resumían con una idea sencilla: cada parte hace lo suyo y lo hace bien. Matilda aporta ambiente, café de especialidad y cuidado del detalle; Mil Cienº aporta piezas artesanales, técnica y acompañamiento. Y en esa suma, una cafetería se convierte en taller y el taller encuentra un escenario distinto para llegar a más personas.

Así transcurrieron las dos horas: entre conversación y concentración, entre risas y silencios de pincel, entre el café servido desde la barra y los colores que iban tomando cuerpo en los platos. Al final, quedó la sensación de haber compartido algo más que un desayuno: una experiencia donde el gusto y el color convivieron sin estorbarse, y donde cada pieza —única, irregular y personal— se convirtió en un recuerdo tangible de un domingo distinto.

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