El "síndrome del preso" es aterrador, se sienten solos y desubicados, y la idea de rehacer sus vidas les angustia. En la prisión el preso experimenta que se encuentra solo en el mundo real, probablemente sin nadie que lo espere a la salida lo que supone una pérdida de autoestima. Es difícil que una persona libre se haga cargo de lo que significa estar privado de libertad, y solamente la intuición de ello nos estremece.
Cuando en un hospital encontré un establecimiento donde se vendía pan hecho por carceleros entré sin dudarlo. “El pan de hoy lo ha amasado la noche pasada alguien que está en la cárcel”, dije a los míos en la cena y percibí un abrazo invisible hecho de silencio sagrado.
Me ha conmovido al saber que en una cárcel unas mujeres han creado un taller que produce hostias que les ofrece una ocasión de crecimiento personal y profesional. Mujeres que cada día se empeñan en sacar adelante este trabajo llevando a cabo un proyecto que une dimensión educativa, responsabilidad civil y un camino de rescate.
El grado de civilización de una sociedad se mide por el trato a los presos. Cuando las mismas manos que cometen delitos son capaces de crear algo sagrado como las hostias que traen consigo el camino del renacer, es pura poesía.








