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El Mercado Central, el espejo de la inflación en Melilla

Este diario recorre los pasillos del Mercado Central para conocer cómo han evolucionado los precios de frutas, verduras, carnes y pescados | Los vendedores aseguran que algunos productos han bajado ligeramente, mientras los clientes coinciden en que “todo está carísimo”

El Mercado Central de Melilla no es solo un espacio de compraventa: es un símbolo vivo de la ciudad. Inaugurado en los años 40, el edificio ha sido testigo de generaciones enteras que ha hecho su compra semanal.

Entre los olores a fruta fresca, pescado del día y especias, se mezclan conversaciones de vecinos y los saludos de confianza que solo un lugar así puede ofrecer.

Hoy, sin embargo, ese ambiente tradicional convive con una realidad económica más dura. La subida de los precios - que afecta a toda España - se deja sentir con fuerza en Melilla, donde los costes de transporte encarecen todavía más los productos de la península.

Con el fin de tomar el pulso a esta situación, El Faro de Melilla ha recorrido los puestos del mercado, escuchando a quienes cada día dan vida a este espacio: vendedores y compradores. A través de sus voces se dibuja un retrato fiel del presente económico de la ciudad, de la inflación y del valor sentimental que aún conserva "la plaza".

La percepción general

Elena, una mujer melillense de mediana edad, expresa con claridad una sensación compartida por muchos ciudadanos: "A día de hoy la vida va evolucionando y los precios suben por todo, porque a ellos también les suben los precios y entonces tienen que subir. Es verdad que está todo muy caro, que ya la compra no es como antes. Antes te ibas con 5.000 pesetas a la plaza y venías con dinero de vuelta; ahora te vas con 50 euros y no compras ni qué, te vienes con una bolsita".

Su testimonio refleja no solo la subida de los precios, sino también la pérdida del poder adquisitivo. Elena apunta además cuales son los productos más caros: "el aceite de oliva, los huevos y la carne". No obstante, admite que "el aceite blanco ha bajado un poco", lo que sugiere cierta estabilización en algunos sectores.

Para ella, pese a los incrementos, el mercado sigue ofreciendo ventajas frente a los supermercados: "algo más baratito puedes encontrar en la plaza, y muchas veces de mejor calidad". Su reflexión sintetiza un dilema frecuente: pagar más por confianza y frescura o ajustar el presupuesto en grandes cadenas con productos industrializados.

Encarecimiento de los productos

María, otra clienta del Mercado Central, se muestra mucho más contundente. Su tono refleja cansancio ante la carestía: "Carísimos. Todos muy caros. Si coges frutas, está cara. Si coges verdura, está cara. Y si coges pescado, para qué te voy a contar. La vida está muy cara aquí en el mercado".

María explica que compra fruta, verdura y pescado para su hermana, pero cada visita se traduce en un gasto elevado: "Para venir a comprar tienes que dar el bolsillo, porque si te quieres llevar cuatro cositas y un poquito de pescado, y un poquito de verdura y un poquito de fruta, se te va a los 50 euros".

Su discurso expresa un sentimiento extendido entre los consumidores melillenses: el de que el dinero "no cunde" como antes. Al comparar con los supermercados, tampoco encuentra grandes diferencias. "Yo creo que todo está igual. Lo único que me gusta un poquito más es el Lidl. Si vas al Mercadona, para qué te voy a contar".

Sus palabras resumen la tensión entre la tradición del mercado y el avance de las grandes superficies, donde los precios pueden ser más bajos, pero donde se pierde el trato humano y la calidad de lo local.

Visión intermedia

Entre tanto pesimismo, también surgen voces algo más conciliadoras. Miguel, un cliente habitual de la zona de la pescadería, ofrece una visión intermedia: "Ahora mismo los estoy viendo bien. Otras veces están mucho más caros pero ahora, están un poco más económicos".

Miguel suele comprar "salmonetes, pescadilla, corvina y lenguado". Para él, el mercado sigue siendo más competitivo que los supermercados en frutas y verduras, aunque admite que el pescado "no siempre".

"Todo está más o menos por el mismo precio, pero las verduras están más baratas que la fruta, por ejemplo".

Su testimonio evidencia que, pese a la percepción generalizada de encarecimiento, hay ciertos productos - especialmente los frescos de temporada- que mantienen precios razonables y justifican seguir comprando en el mercado.

Por su parte, Silvia, acompañante de una melillense de avanzada edad, lanza un mensaje claro y sin rodeos. "Carísimos. Está todo por las nubes. El salmón está a 12 o 14 euros y los boquerones, se han puesto carísimos".

Pese a su queja, ella sigue prefiriendo el Mercado Central: "Me sale más barato aquí". Compra una o dos veces por semana, aunque reconoce que muchas veces opta por productos congelados, "porque me resultan más baratos".

Este cambio de hábito - de los frescos a los congelados - refleja una tendencia creciente entre las familias melillenses: el esfuerzo por mantener una alimentación variada dentro de un presupuesto ajustado. El congelado, se ha convertido para muchos, en una solución de compromiso entre la calidad y la economía.

El pescado

Desde el otro lado del mostrador, los vendedores explican que las subidas no son arbitrarias. Abdelkader, responsable de la pescadería La Sirena, detalla los precios actuales: "Los boquerones están a 4 euros, los salmonetes a 10, las pescadillas a 10, el bacalao a 4. Más o menos ha bajado el precio".

Sin embargo, aclara que esa "bajada" es relativa, pues los precios actuales siguen siendo mucho más altos que antes de la pandemia: "Antes los boquerones valían 2,50 o 3 euros, y ahora mínimo 4".

Todo el pescado que vende procede del Mar Mediterráneo, especialmente de Málaga, lo que encarece el producto debido a los costes del transporte marítimo.

Además, el pescadero lamenta una pérdida de clientela: "Aquí en el Mercado Central ha habido muchos cambios. Las escaleras no funcionan y muchas cosas han cambiado. Se nota menos afluencia".

Su negocio abre cuatro días a la semana - miércoles, jueves, viernes y sábado -, intentando adaptarse al ritmo actual de las ventas. Abdelkader, como muchos otros comerciantes, combina la preocupación económica con el deseo de mantener viva la tradición pesquera local.

Frutas y verduras

En el área de frutas y verduras, el panorama parece más esperanzador.

Mohamed, frutero, muestra los precios con precisión: "La mandarina, 1,80 el kilo; la manzana, 1,20; la banana, 1,30; la naranja, 1,50. Patatas y cebolla, 0,80 el kilo".

Afirma que los precios "están bien" y que "muchos productos son más baratos que en los supermercados". Según él, la clientela no ha disminuido mucho desde antes de pandemia: "Viene mucha gente, casi igual que antes del Covid".

El frutero explica que todos sus productos llegan de la península, en envíos que se realizan de lunes a viernes: "Aquí entra fruta fresca cada día, y el sábado ya no entra nada, por eso descansamos".

Las declaraciones de Mohamed refleja cómo el mercado sigue siendo un eslabón clave de la economía local, pese a los retos logísticos de una ciudad que depende casi por completo del transporte marítimo.

Factor Marruecos

Algunos clientes, como Elena, recuerdan con cierta nostalgia la época en que era habitual cruzar la frontera para hacer la compra en Marruecos: "Allí las verduras y demás eran más baratas. Ahora eso ya se ha perdido".

La reapertura parcial de la frontera no ha devuelto esa costumbre, en parte por los nuevos controles aduaneros y el encarecimiento del transporte. Hoy, la ciudad se abastece casi exclusivamente de productos peninsulares, lo que mantiene los precios más altos que en otras regiones.

Esta dependencia logística hace del mercado un termómetro muy preciso del coste de vida en Melilla, donde cada barco de mercancías influye en el bolsillo del consumidor.

Crisis y esperanza

Pese a todo, el Mercado Central sigue siendo un lugar de encuentro. Entre puestos de pescado, cafeterías y fruterías, los vecinos se saludan, comentan las noticias del día y se quejan del precio del aceite o del kilo de tomates.

Los comerciantes, muchos de ellos de familias que llevan décadas en el oficio, insisten en que su prioridad sigue siendo ofrecer productos frescos, atención personalizada y confianza.

"Aquí la gente viene por el trato - dice Mohamed -, no solo por el precio".

El ambiente recuerda que el mercado no solo cumple una función económica, sino también social: es un espacio de identidad y memoria colectiva.

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