Cofradía del Humillado (cedida)
Dentro de tan solo unos pocos días, las calles de Melilla serán la estampa típica de una ciudad que se sumerge en la Semana Santa. Nazarenos, cirios, cortejos procesionales, incienso, música, devoción, recogimiento y, sobre todo, mucha tradición.
La túnica de nazareno es quizá el elemento más típico que nos viene a la mente al pensar en esta festividad religiosa. Una vestimenta que acumula siglos de historia y que tiene que ver con las penitencias que imponía la Iglesia, y con la necesidad de mantener a los pecadores en el anonimato.
Con el paso del tiempo, la Semana Santa —y el traje de nazareno— han evolucionado hasta ser una de las costumbres con más arraigo en nuestro país. ¿Qué normas se siguen a la hora de vestir el hábito? ¿Qué simboliza cada color? ¿Hay otros elementos que cambian según la idiosincrasia de cada hermandad?
Por ejemplo, en la Cofradía del Humillado, el traje base es el mismo para los dos días de penitencia. Es decir, túnica negra y capuz en adultos. “Lo que cambia dependiendo del día es el color de las capas, el cinturón y los manguitos, que se corresponden con el titular que esté procesando en ese momento. Rojo para el Humillado y azul para la Piedad”.
El momento bíblico que representa este trono muestra a Jesús humillado y azotado. Los colores que suelen emplearse para las escenas de la Pasión son el rojo o el morado. El rojo, que se vincula a la sangre, y el morado o púrpura, color propio de la penitencia.
En cambio, la Virgen suele vestirse con azules o blancos, signos de pureza. El verde también puede ser muy recurrente. Si bien es cierto que hay algunas imágenes como el Resucitado, ‘La Pollinica’ o la Virgen del Rocío que por el contexto y lo que significan pueden llevar tonalidades más vivas y alegres.
Cada hermandad tiene su propia idiosincrasia. Los colores escogidos para las imágenes suelen replicarse en los hábitos de los nazarenos. En este caso, el color negro del traje de la Cofradía del Humillado revela ese tiempo de Pasión.
La túnica de nazareno tiene una doble intencionalidad. La primera es que refuerza el sentimiento de grupo, la oración colectiva, por parte de los hermanos que procesionan los cortejos. “Y qué mejor manera que ir todos igual”, comenta Alejandro Domínguez Al-lal, hermano mayor de la Cofradía del Humillado.
“Por otra parte, también es la manera de, da igual el origen, el estatus social o la situación en la que estés, que todo el mundo somos iguales a los ojos de Dios”. Ese anonimato e igualación se consiguen gracias al antifaz, uno de los elementos más característicos del hábito.
Así, salir de procesión es, prácticamente, hacer una penitencia. Antiguamente, si la Iglesia imponía este castigo a una persona, esta salía a “cara tapada” porque “el pecador no tiene por qué ser conocido públicamente”.
Actualmente, los nazarenos forman parte del cortejo de la cofradía y tienen su lugar en ella, pero no dejan de ser personas anónimas. “Salen acompañando, llevando un farol de fila, un enser o lo que sea, pero realmente no son los protagonistas. Están ahí por un sentimiento, no por un afán de protagonismo”, manifiesta el hermano mayor de la Cofradía del Humillado.
En este sentido, Alejandro Domínguez Al-lal expresa que desde la hermandad están completamente en contra del uso de la túnica para todo lo que no sea salir en procesión. “Hay que tener en cuenta que el hábito o túnica, como queramos llamarlo, es una de las maneras más claras de representar a las hermandades”.
Es importante también vestir el hábito correctamente. Otra norma no escrita es que la túnica debe llevarse desde que el nazareno sale de su casa hasta que se recoge, y que tiene que dirigirse directamente al templo o al punto de encuentro para la procesión.
Dentro de los códigos de vestimenta que sigue cada hermandad, hay algunas situaciones que son excepcionales. Por ejemplo, aquellos devotos que hacen una promesa, pueden ir descalzos o portar grilletes incluso, aunque esto último ya no es habitual en Melilla. En algunos territorios, los penitentes llevan también cruces a cuestas.
Dependiendo del tipo de procesión, si es más o menos seria —no es lo mismo un Cristo vivo que muerto, por ejemplo— cambia todo, desde la música a los inciensos. En la Cofradía del Humillado, el trono del Martes Santo refleja un momento de la Pasión, pero el del Viernes Santo es un Cristo ya fallecido en manos de la Piedad.
En hermandades de silencio que se vinculan más al luto, la música suele ser de capilla y las marchas fúnebres. La sensación es distinta a la que produciría el acompañamiento de una agrupación musical. El incienso también varía. “Son más fuertes, más potentes, no son tan aromáticos, de luto”.
Por lo tanto, el hábito de nazareno se ajusta a las características de la propia hermandad. Si la imagen titular corresponde a una escena bíblica de la Pasión, Muerte o Resurrección de Cristo, pueden cambiar los colores, la música y hasta el incienso. Cada detalle cuenta, y todo es, al final, una cuestión de simbología.
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