El desembarco de Alhucemas, “la última página que las Fuerzas Armadas españolas escribieron en el libro mundial del arte de la guerra”

El almirante Juan Rodríguez Garat y el historiador Santiago Domínguez recuerdan uno de los máximos hitos del ejército cuyo centenario se conmemorará el día 8 de septiembre

El próximo día 8 de septiembre de 2025 se cumple el centenario del desembarco de Alhucemas, en palabras del almirante Juan Rodríguez Garat, “la última página que las Fuerzas Armadas españolas escribieron en el libro mundial del arte de la guerra”. Dicho con otras palabras, “la última cosa importante que hicimos como país desde el punto de vista militar”.

El almirante explica que fue el primer desembarco “moderno, conjunto y eficaz”, la primera vez que fuerzas de tierra, mar y aire españolas -unos 13.000 militares-, junto con un pequeño contingente francés apoyando desde el sur de Marruecos, colaboraron entre sí y fue también el primer desembarco moderno que culminó con éxito después del fracaso de los británicos en Galípoli (Turquía) en 1915, durante la I Guerra Mundial.

Como, al ser una isla, no se podía llegar por tierra a ella, se hizo por mar aprovechando “la capacidad de maniobra que ofrece la mar a quienes saben aprovecharla”, indica.

Rodríguez Garat remarca que, gracias a esta operación, se demostró que las operaciones anfibias se podían realizar y que no eran imposibles como parecía hasta esos momentos. También, que se puso la “semilla” de las que se realizaron después en la II Guerra Mundial, tanto por parte de los estadounidenses en el océano Pacífico como por los aliados en Normandía para comenzar a terminar la guerra.

Por lo tanto, desde su perspectiva, “es una ocasión histórica tremendamente importante para el mundo”. Para España, lo que supuso fue, según el almirante, la “primera piedra” para acabar con la guerra de Marruecos.

El historiador Santiago Domínguez ofrece una perspectiva similar a la del almirante. Para él, supuso un hecho muy importante en la campaña de Marruecos que tenía como finalidad acabar con la llamada república del Rif, que estaba presidida por Abdelkrim El-Jattabi.

En su opinión, se trató de “una gran operación, de las mejores que ha hecho nunca el ejército español” por el número de personal y de medios empleados y, sobre todo, por la “trascendencia” que tuvo, que no era otra que atacar directamente lo que era “el corazón de la rebelión contra el sultán. Él la define como “una gran operación, muy bien hecha, muy bien planificada y muy bien desarrollada”.

Remontar el Desastre de Annual

Para Domínguez, es una “paradoja” que un ejército como el español, que había sufrido una derrota “sin paliativos” en julio de 1921, en el conocido como Desastre de Annual, pudiera llevar a cabo esta “gran operación”. Cree el historiador que España aprendió de los errores “tan dolorosos para el pueblo” que había cometido cuatro años antes e hizo todo lo posible para acabar lo antes posible con esa “sangrienta” guerra con la que se llevaba años sufriendo.

También influyó que el ejército había mejorado, estaba mejor adiestrado y se tomó muy en serio la batalla, hasta el punto de que adaptó los reglamentos europeos a un nuevo tipo de guerra, que hoy se conocería como asimétrica e irregular, pero usando los medios de un ejército moderno que ya se estaban empleando en otros lugares de Europa.

Rodríguez Garat apunta que “el desembarco de Alhucemas vino a resolver lo que no habían conseguido las operaciones terrestres que terminaron con el desastre de Annual”, que él atribuye a haber abarcado más de lo que las líneas logísticas españolas podían apoyar.

En aquellos momentos, en 1921, los avances desde Melilla habían sido exitosos al principio, pero las fuerzas más avanzadas quedaron faltas de apoyo ante la contraofensiva de las jarcas (o rebeldes) de Abdelkrim. Ello propició el Desastre de Annual, que no se resolvió hasta que se desembarcó en Alhucemas, donde se encontraba el corazón de la rebelión.

Para el almirante, además de la mejor preparación de la que habla el historiador, influyó también el cambio de régimen motivado por el desastre de Annual y los problemas de orden público que existían en España a comienzos de la década de los años 20 del siglo pasado. Había llegado la época de la dictadura de José Antonio Primo de Rivera, que comenzó en 1923 y terminó en 1930

También tuvieron un efecto, según Rodríguez Garat, los errores de Abdelkrim, quien, al atacar a los franceses, se encontró con dos enemigos en vez de uno.

Todo en conjunto -resume el almirante- contribuyó a que la guerra terminara “como debía terminar”: con la victoria del país más desarrollado, que era España, frente a las jarcas rebeldes del norte de Marruecos.

“Históricamente sirvió para poner fin a la guerra de África, que era muy impopular en España y que había venido impuesta por haber aceptado el Protectorado en el norte de Marruecos”, insiste Rodríguez Garat. Años después, Marruecos se descolonizó, España salió de allí y se quedó exclusivamente con Melilla, Ceuta, las islas y los peñones.

El desembarco de Normandía

Donde discrepan ambos es en el efecto o la trascendencia del desembarco de Alhucemas en los que llegaron después en la II Guerra Mundial.

En este punto, el almirante reitera que, por la experiencia de la I Guerra Mundial, los desembarcos se consideraban “prácticamente imposibles”, porque las fuerzas que desembarcaban se encontraban en una situación de inferioridad clara y que no había otra posibilidad que una “masacre” como la que había ocurrido en Galípoli.

El episodio de Alhucemas vino a demostrar que eso no tenía por qué ser así si las fuerzas que desembarcaban eran capaces de esquivar las defensas más fuertes del enemigo. Explica Rodríguez Garat que una operación anfibia se basa en maniobras, algo diferente a lo que se ve hoy en día, por ejemplo en la guerra de Ucrania. Se trata de buscar el punto débil del enemigo para desembarcar y, según el almirante, “en esta operación se demostró que eso era posible”, lo cual “abrió una nueva puerta que, a partir de ahí, otros empezaron a cruzar”.

Desde su perspectiva, la doctrina de las operaciones anfibias -desde la prioridad en la elección de los puntos de desembarco hasta la necesidad de disponer de una superioridad aérea, naval y terrestre para asegurar que una operación ya de por sí difícil se puede realizar- fue seguida en desembarcos posteriores, y, en concreto, en el de Normandía -el día 6 de junio de 1944-, que supuso la liberación de Europa occidental y el principio del fin de la II Guerra Mundial.

Domínguez no lo ve de la misma manera. El historiador admite que en el desembarco de Alhucemas participaron como observadores casi todos los agregados militares que había en España en esa época, incluido en de los Estados Unidos, que posiblemente elaboró un informe. Pero, incluso aceptando como válido que en el Estado Mayor del general estadounidense Dwight D. Eisenhower pudiera haber leído algo sobre el desembarco de Alhucemas, para él no son situaciones análogas.

Primero, por la magnitud. En el desembarco de Alhucemas se movió a13.000 hombres con unos medios adecuados al número y a un lugar tan limitado como eran las playas donde se hizo el desembarco. Normandía, por el contrario, supuso una de las mayores operaciones de desembarco de la historia, quizás junto con la de Sicilia. En la operación llevada a cabo en el norte de Francia participó un contingente mucho mayor: más de 150.000 soldados y 13.000 paracaidistas en unos 30.000 vehículos.

Por lo tanto, al tratarse el de Alhucemas de un desembarco tan pequeño en comparación con el otro, Domínguez no tiene claro qué conclusiones pudieron extraer los aliados del episodio en el norte de África.

En segundo lugar, el historiador señala que los medios de combate entre 1925 y 1944 habían cambiado mucho por todo lo que se había avanzado en el terreno militar durante esos casi 20 años.

Entonces, aun admitiendo el éxito de la operación en Alhucemas, al tratarse de una planificación tan a pequeña escala comparada con la de Normandía, se trata de dos desembarcos muy distintos, por lo que no ve mucha relación entre ellos incluso aunque alguien cercano a Eisenhower pudiera haberse fijado en el realizado por España.

Domínguez, quien no recuerda a ningún historiador anglosajón diciendo que hubiera encontrado algo del desembarco de Alhucemas en la preparación del desembarco de Normandía, cree que las proporciones de soldados que intervinieron son tan distintas que no se pueden comparar ambos casos. Aun admitiendo que el de Alhucemas es el primer desembarco con fuerza que se llevó a cabo con éxito en la historia contemporánea, los estadounidenses poseían ya la experiencia de la operación Torch, en 1942 y ya en plena II Guerra Mundial, con lo que ya tenían una experiencia, además más cercana en el tiempo, de lo que suponía mover un ejército moderno y motorizado con apoyo aéreo y naval. “Evidentemente, en 2025, ni se soñaba con tener esos medios”, expresa Domínguez para ahondar entre las diferencias entre uno y otro episodio.

Pone mucho énfasis en que no pretende minusvalorar lo que sucedió en Alhucemas, pero también insiste el historiador en que son dos situaciones completamente distintas, con medios totalmente diferentes y unas proporciones que nada tienen que ver entre sí. “¿Qué conclusiones puedes sacar de un desembarco de 3.000 hombres cuando, por ejemplo, en el desembarco de la operación Torch ya participaron decenas de miles?”, se pregunta.

El ejército desde entonces

Es habitual que, después de una guerra en las que se dedica una gran cantidad de recursos por parte de un país para lograr su fin -que, en este caso, era acabar con la guerra de Marruecos, esos recursos para el ejército desaparecen. Tal fue lo que sucedió en aquellos entonces, ya que, si al ejército del Desastre de anual, en 1921, le faltaban medios y el de 1925 estaba ya perfectamente preparado, el de 1927, cuando acabó el conflicto, fue desmovilizado.

A ello hay que sumarle que, después de la guerra de Marruecos, llegaron la guerra civil, el aislamiento y una España que, aunque fue variando su posición, finalmente, en opinión de Rodríguez Garat, eligió “mal” el bando -Alemania, Italia y Japón, las potencias del eje- al que apoyó durante la II Guerra Mundial, lo cual le costó quedarse aislada.

El país no recuperó su capacidad en ningún sentido -tampoco en el militar- durante casi dos décadas, hasta 1953, cuando, como apunta el almirante, los Estados Unidos comenzaron a apoyar a Franco con material sobrante de la II Guerra Mundial.

Todo esto provocó que un país por aquel entonces empobrecido, como era España, carente de tecnología y de apoyo exterior, quedara muy atrás en la lista de los mejores ejércitos. Poco a poco, según Rodríguez Garat, eso se ha ido recuperando y hoy en día, asegura el almirante, “en casi todos los aspectos militares relevantes, España, pese a la baja inversión, está más o menos al mismo nivel que los aliados que la rodean”.

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