El cambio de hora ha afectado sobre todo en los más pequeños de la casa.
El pasado fin de semana volvió a producirse uno de esos gestos silenciosos pero universales que, dos veces al año, alteran el ritmo de millones de personas: el cambio de hora. En la madrugada del sábado al domingo, cuando el reloj marcó las dos, pasó automáticamente a ser las tres. Una hora que desaparece del descanso nocturno y que, sin embargo, se transforma en más luz al final del día.
Aunque pueda parecer un simple ajuste técnico, lo cierto es que este cambio tiene consecuencias reales en la vida cotidiana. La sensación de haber dormido menos, la dificultad para madrugar el lunes o la alteración de las rutinas son algunos de los efectos más comunes. En especial, los niños se convierten en uno de los colectivos más sensibles a esta transición.
El primer impacto es inmediato: se duerme una hora menos. Aunque en términos absolutos pueda parecer insignificante, el cuerpo humano funciona con una precisión biológica que no entiende de relojes artificiales. Nuestro organismo sigue su propio ritmo interno, el conocido como ritmo circadiano, que regula funciones como el sueño, la temperatura corporal o la secreción de hormonas.
Cuando ese ritmo se ve alterado de forma brusca, como ocurre con el cambio de hora, el cuerpo necesita un periodo de adaptación. Durante esos primeros días, es habitual sentir cansancio, falta de concentración o incluso cierto malestar general.
“Me ha costado muchísimo levantarme estos días. Es como si el cuerpo no entendiera qué estaba pasando”, comenta Laura.
Este desajuste no afecta por igual a todas las personas. Mientras algunos apenas perciben cambios, otros necesitan varios días para recuperar la normalidad.
Uno de los aspectos positivos más señalados del horario de verano es el aumento de horas de luz por la tarde. Los días se alargan, las calles se llenan más tarde y la sensación general es de mayor actividad.
Este cambio invita a modificar hábitos: se cena más tarde, se prolongan las actividades al aire libre y se reorganizan los horarios familiares. Sin embargo, esta mayor exposición a la luz también puede retrasar la sensación de sueño.
“La verdad es que se agradece salir del trabajo y que todavía sea de día, parece que el día cunde más”, señala Miguel.
No obstante, esta misma ventaja puede convertirse en un inconveniente, especialmente para quienes tienen dificultades para conciliar el sueño. La luz natural es uno de los principales reguladores del reloj biológico, y una mayor exposición en horas tardías puede interferir en la producción de melatonina, la hormona del sueño.
Si hay un grupo especialmente vulnerable a estos cambios, ese es el de los niños. Su organismo, todavía en desarrollo, es más sensible a las alteraciones en los horarios. Además, sus rutinas —marcadas por horarios escolares, comidas y descanso— suelen ser más rígidas.
El adelanto de la hora puede provocar en ellos irritabilidad, dificultades para dormir o problemas de concentración durante los primeros días.
“A mi hijo le ha costado muchísimo dormirse. Estaba como más nervioso y luego por la mañana no había manera de despertarlo”, explica Carmen. "Normalmente, él se suele acostar cerca de las 9 de la noche y estos días se ha acostado a eso de las 11 y ya, pues, imagínate lo que me ha costado levantarlo", apunta.
El cambio de hora lleva años siendo objeto de debate. Mientras algunos defienden sus beneficios energéticos —al aprovechar mejor la luz natural—, otros cuestionan su utilidad real y ponen el foco en sus efectos sobre la salud.
En los últimos años, diferentes instituciones europeas han planteado la posibilidad de eliminar esta práctica, aunque todavía no se ha alcanzado un consenso definitivo. Mientras tanto, la ciudadanía continúa adaptándose dos veces al año a este pequeño “jet lag” doméstico.
“Creo que deberían quitarlo. Al final no sabemos si estamos en el horario que toca o no, y el cuerpo lo nota”, opina José.
A pesar de todo, el organismo humano tiene una gran capacidad de adaptación. En la mayoría de los casos, los efectos del cambio de hora desaparecen en pocos días. El cuerpo reajusta su reloj interno y las rutinas vuelven a la normalidad.
Sin embargo, este proceso no es igual para todos. Las personas con horarios más estructurados, como los niños o quienes trabajan a turnos, pueden necesitar más tiempo para adaptarse.
Los especialistas recomiendan anticiparse en la medida de lo posible, ajustando progresivamente los horarios en los días previos, aunque no siempre resulta viable.
Más allá del debate institucional, el cambio de hora pone sobre la mesa una cuestión fundamental: la importancia del descanso. Dormir bien no es un lujo, sino una necesidad básica para el correcto funcionamiento del organismo.
La calidad del sueño influye directamente en el estado de ánimo, la concentración, el rendimiento académico y laboral, e incluso en la salud a largo plazo. Por ello, cualquier alteración en los ritmos de descanso merece atención.
El adelanto del reloj, aunque breve en el tiempo, actúa como un recordatorio de lo delicado que es el equilibrio entre nuestro cuerpo y el entorno.
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