Europa Press
Frontera de Ceuta con Marruecos
Un naufragio trae siempre a la costa muestras de destrucción, muerte, desolación y la historia de quienes llegan a la orilla, también la usura.
Un naufragio puede ser natural por la fuerza del error humano o la victoria de los elementos, pero puede ser también provocado y henchido de tan mala fe y siniestra estrategia que hacen hoy en día, de nuestra vida y nuestro entorno, de una mayor vulnerabilidad.
El ejército mas letal es el que desarmado y compuesto de personas de toda edad pone a prueba los valores humanitarios de un país, una sociedad, racionalmente sensata a los que se le afronta no estando en conflicto.
Pasó en Ceuta, pero a lo largo de éstas últimas décadas, sin ser de esa magnitud, los incidentes han sido frecuentes en Melilla y Ceuta. Un terrible naufragio que, provocado por luces engañosas para el encalle en los escollos, vio desde la cubierta de su lujosa embarcación el rey alauita, desde allí observó como un aluvión de personas, mujeres, hombres, niños y jóvenes se lanzaban a un destino incierto pero cargado de propósito.
¿Que ha conseguido el autárquico poder marroquí por acción u omisión, engaño o inducción?: lo pretendido. Voltear una ciudad y crear un caos -a sabiendas que España si protege a los migrantes dado su condición de país garantista de los derechos humanos-, ahondar en la división y enfrentamiento entre las fuerzas políticas españolas -ya de por sí a la gresca-, sacar a colación una reivindicación soberanista y falsa sobre las dos ciudades -ahora que se acercan elecciones, también, en Marruecos (que ahora pide le "devuelvan" los vivos y los muertos de la avalancha en un juego verbal e ignominioso) y que la cuestión nacionalista es prostituida por costumbre y como recurso- y "agradar" a alguna que otra potencia extranjera en su deseo de castigar a España por no "pasar por el aro" de sus pretensiones belicistas y de imposición y abuso.
Los de mi generación, que tuvimos la suerte de disfrutar de una vecindad con el entorno marroquí grata, aún con sobresaltos por circunstancias a lo largo de lustros, no llegaremos a ver a este vecino -convertido en indeseable por obra y gracia de un poder sátrapa- como un país realmente democrático, de libertades y oportunidades repartidas y protegidas o humanitario, de ciudadanos no de súbditos.
Difícil saber si lo vivirán nuestros descendientes, pero seguirá siendo nuestro vecino con quién los poderes públicos españoles -sea quienes sean que los ocupen y más allá de la bravura, las promesas y las opiniones vertidas en este momento por algunos pretendientes al poder y sus facciones- deberán seguir buscando la colaboración en aras de una convivencia sensata.
También las instituciones de la Unión Europea, que acogen a España y por tanto indefectiblemente a Melilla y Ceuta, sus fronteras sur. No deja de sorprender la falta de reproche oficial y europeo, la advertencia al ser Marruecos socio privilegiado de la UE y, llegado el caso, la coacción oportuna e institucional ante el mal proceder marroquí.
Este naufragio también atañe a Europa, nación de naciones, sin duda. Aunque haya quienes nos vean como un problema, una anomalía. La Historia y el Derecho nos asisten.
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