Cuenta atrás para el Jueves Santo del Cautivo en Melilla

La hermandad afronta los días previos con una intensa actividad en su casa de hermandad, donde se ultiman los trabajos de montaje, organización del cortejo y preparación de una de las estaciones de penitencia más multitudinarias de la Semana Santa de la ciudad autónoma

En la casa de hermandad del Cautivo, el Jueves Santo no se espera: se construye. Se respira en cada flor que se coloca, en cada ensayo de la Agrupación Musical Jesús Cautivo, en cada puerta que se abre para que los devotos entren a mirar de cerca a sus titulares.

La Cofradía de Nuestro Padre Jesús Cautivo de Medinaceli y María Santísima del Rocío vive estos días en una mezcla de nervios, devoción y trabajo silencioso que solo se entiende cuando la Semana Santa deja de ser un calendario y se convierte en vida.

Ignacio García, vocal de juventud, lo resume sin artificios: “los tronos están casi llenos”. No es solo una frase logística, es una fotografía del momento. En el trono del Señor se preparan alrededor de 95 costaleros. En el de la Virgen, más de 130. Son cifras que no solo sostienen madera y orfebrería, sino una tradición que cada año vuelve a empezar.

La juventud tiene un papel protagonista. No es un acompañamiento simbólico, es trabajo real. Manos que montan, limpian, organizan y aprenden. Ignacio lo explica con naturalidad, casi con orgullo. Ayudan en albacería, en el montaje, en todo lo que haga falta. La cofradía, dice, no es solo un día; es un todo el año.

El miércoles de las flores es uno de esos días que no caben en la rutina. La casa de hermandad se llena. Se clavan claveles, se ajustan detalles, se mira todo dos veces. Es el último suspiro antes de la calle. “Ese día se llena”, cuenta, porque es cuando los titulares están más rodeados que nunca, como si la ciudad entera quisiera prepararlos para salir.

El cortejo también habla del tamaño de la devoción. Más de 300 personas entre nazarenos, mantillas y representaciones. Un río humano que no se improvisa, que se organiza con meses de antelación, pero que en el fondo solo tiene una explicación: fe.

Y sin embargo, en medio de tanta estructura, lo que más pesa es lo invisible. El sacrificio. Ignacio lo dice sin dramatismo. “Sí, implica mucho tiempo, pero se hace con gusto”. Porque estar ahí, en la cofradía, no es solo participar; es renunciar a otras cosas para que todo salga bien.

Lo que mueve todo, al final, es sencillo. Que llegue el día, que no llueva y que el Cautivo y la Virgen del Rocío salgan. “Es lo que pedimos todos”, reconoce.

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