Javier Lupiáñez: el regreso al Conservatorio de Melilla de un músico que investiga cómo emociona el sonido

El violinista y musicólogo melillense culmina las jornadas con una masterclass sobre improvisación y ornamentación y participará en el concierto del 40 aniversario junto a otros antiguos alumnos

La música puede expresar sin decir, conmover sin palabra y construir un relato sin necesidad de voz. En una melodía instrumental también hay intención, respiración, tensión, reposo, pregunta y respuesta. Esa capacidad de emocionar, de mover algo en quien escucha, es una de las ideas que atraviesa la trayectoria del violinista y musicólogo melillense Javier Lupiáñez, que estos días regresa al Conservatorio Profesional de Música de Melilla, el mismo lugar en el que comenzó su vínculo con el violín, para cerrar el ciclo de actividades dedicado a la Música del Clasicismo con una masterclass en la que aborda la interpretación histórica, la ornamentación, la improvisación y la retórica musical de una forma práctica y cercana.

Su presencia en estas jornadas tiene además un componente simbólico. Lupiáñez no solo vuelve como intérprete e investigador consolidado, sino como antiguo alumno de un centro que celebra su 40 aniversario y que el próximo domingo 3 de mayo reunirá en concierto a tres músicos formados en sus aulas: el propio Javier Lupiáñez, Pablo Muñoz y Juan Pablo de Juan. La cita, bajo el título “Alumnos de ayer, músicos de hoy: una trayectoria de excelencia”, tendrá lugar a las 12:30 horas en el auditorio del Conservatorio Profesional de Música de Melilla, con entrada libre hasta completar aforo.

Lupiáñez recuerda sus primeros pasos en el conservatorio como una llegada casi intuitiva, sin una vocación profesional definida desde el inicio. Empezó a estudiar violín con 11 años, una edad que él mismo considera algo tardía para lo habitual, después de haber probado también otros caminos vinculados a la sensibilidad artística. En un principio pensó en el saxofón, pero al no haber plaza terminó acercándose al violín, un instrumento que le advirtieron que era difícil. Aun así, aceptó el reto. Lo que encontró entonces no fue solo una disciplina técnica, sino una forma de estar con otros. La música, antes que una profesión, fue para él una experiencia compartida.

En esa etapa inicial aparece un nombre que conserva con especial cariño: Benigno Luna, uno de sus primeros profesores. Lupiáñez destaca de aquellos años la importancia de tocar junto a otros compañeros, incluso cuando apenas era capaz de interpretar unas pocas notas. Esa práctica colectiva, en la que alumnos más pequeños compartían espacio musical con otros más avanzados, fue decisiva para despertar su interés. No se trataba únicamente de aprender un lenguaje nuevo, sino de escuchar, participar y sentir que la música podía construirse en común. Esa vivencia infantil, aparentemente sencilla, terminó siendo una semilla profunda en su manera de entender el oficio.

El camino profesional llegó después, cuando tuvo que decidir si continuaba sus estudios superiores fuera de Melilla. Lupiáñez reconoce que no fue una elección menor: implicaba salir de la ciudad, asumir una formación exigente y contar con el apoyo familiar necesario para sostener una carrera artística. En aquel momento también le interesaban otros ámbitos, como la composición, la arqueología o la biología, lo que revela una curiosidad amplia que más tarde acabaría confluyendo en su forma de trabajar. La música le permitió unir la expresión artística con la investigación histórica, dos dimensiones que hoy definen buena parte de su identidad profesional.

Tras estudiar violín y continuar su formación superior, Lupiáñez descubrió la música antigua y, con ella, un territorio que transformó su manera de comprender la interpretación. En ese ámbito encontró una práctica menos rígida que la enseñanza musical más estricta que había conocido, basada en reproducir con precisión lo que indicaba la partitura. La música del siglo XVIII le abrió la puerta a otra lógica: la del intérprete como creador activo, capaz de ornamentar, improvisar y dialogar con la obra desde el conocimiento del estilo.

La ornamentación, uno de sus principales campos de investigación, consiste en añadir adornos o variaciones a una melodía. En ocasiones son pequeños gestos; en otras, desarrollos mucho más amplios que transforman la superficie musical sin perder su espíritu. Para Lupiáñez, esa práctica no era un añadido caprichoso, sino parte natural del lenguaje musical de la época. Los intérpretes del siglo XVIII no se limitaban a ejecutar lo escrito: conocían unas reglas, dominaban una gramática y, a partir de ella, podían improvisar con libertad. Esa libertad, insiste, no significaba tocar cualquier cosa, sino expresarse dentro de un sistema complejo.

Su investigación se adentra precisamente en ese equilibrio entre norma y libertad. Lupiáñez ha estudiado cómo se improvisaba en el siglo XVIII, cómo se ornamentaban las melodías y qué herramientas utilizaban los músicos para provocar emociones en el público. En su visión, la música instrumental no era un discurso abstracto, sino una forma de retórica: un arte de convencer y conmover. Del mismo modo que una voz cantada se apoya en un texto, un violín, un clave o una formación instrumental podían construir un mensaje a través de la tonalidad, la dirección de una línea melódica, una suspensión, una escala descendente o una figura musical asociada a un determinado afecto.

Este planteamiento permite entender por qué Lupiáñez habla de la música como un lenguaje capaz de mover pasiones. En la entrevista explica que, durante siglos, la música instrumental aspiraba a imitar la expresividad de la voz humana. El compositor escribía con una intención, pero el intérprete debía reconocerla, hacerla visible y comunicarla al público. Esa tarea exigía conocimiento histórico, sensibilidad y capacidad de decisión. Por eso, para él, recuperar la interpretación histórica no significa reproducir el pasado como una pieza de museo, sino comprender cómo pensaban aquellos músicos, qué herramientas tenían y cómo puede trasladarse hoy ese impulso expresivo a un oyente contemporáneo.

Lupiáñez también sitúa la pérdida progresiva de la improvisación en un contexto histórico más amplio. Según explica, tras la Revolución Francesa y con la creación del Conservatorio de París se impulsó una tendencia a la estandarización de la enseñanza musical. La necesidad de establecer métodos comunes y formar intérpretes de manera homogénea fue reduciendo el espacio de la improvisación. Más tarde, el desarrollo de las grandes orquestas reforzó esa dirección: en una formación numerosa, cada músico debía tocar exactamente lo escrito para garantizar la coordinación del conjunto. Así, una práctica que había sido natural durante siglos fue quedando relegada en buena parte de la música clásica.

Sin embargo, esa forma de hacer música nunca desapareció del todo. Lupiáñez la relaciona con tradiciones como el flamenco, el jazz o diversas músicas populares, donde improvisar sigue siendo una parte esencial del lenguaje. La comparación permite romper la imagen de la música clásica como un territorio necesariamente cerrado o rígido. Al contrario, en los siglos anteriores convivían la música culta y la popular en una cultura sonora mucho más viva, flexible y cercana a la experiencia social. En las cortes y salones, las veladas musicales no respondían al modelo actual de un público sentado en silencio frente a un escenario distante. Eran encuentros más próximos, con músicos alrededor, conversación, escucha compartida y, en ocasiones, duelos de improvisación entre intérpretes.

Ese universo histórico es el que Lupiáñez trata de investigar y traducir al presente. Su trabajo no se limita al estudio académico, sino que se proyecta sobre el escenario y sobre la pedagogía. El músico destaca por su papel como violinista y musicólogo especializado en la reinterpretación de la música instrumental del siglo XVIII, así como su contribución a la identificación y atribución de obras desconocidas de Antonio Vivaldi y Johann Georg Pisendel. También por su labor al frente de proyectos internacionales como el Historical Ornamentation Sources Catalog, una base de datos centrada en fuentes históricas de ornamentación e improvisación.

Como intérprete, Lupiáñez ha desarrollado una carrera internacional en Europa, Estados Unidos y Japón, y es fundador y director artístico del ensemble Scaramuccia. Su trayectoria incluye reconocimientos, nominaciones y distinciones de la crítica especializada, además de una actividad pedagógica en instituciones como el Mozarteum de Salzburgo, la Università degli Studi Roma Tre o el Centro Studi Opera Omnia Luigi Boccherini. En el concierto del domingo interpretará obras de Antonio Vivaldi y Giuseppe Tartini, con Inés Salinas Blasco como violonchelo acompañante.

El regreso de Javier Lupiáñez al Conservatorio de Melilla reúne, por tanto, varias capas de significado: la memoria del alumno que descubrió la música tocando con otros, la trayectoria del profesional que convirtió aquella curiosidad en oficio y la mirada del investigador que busca devolver a la interpretación clásica parte de su libertad original. En un ciclo dedicado al clasicismo, su presencia recuerda que el pasado musical no es una estructura inmóvil, sino un territorio lleno de preguntas, prácticas olvidadas y posibilidades expresivas que todavía pueden dialogar con el presente.

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