Cedida
Inanna como reina del cielo y la tierra. Periodo Acadio 2334 a.C
En el artículo anterior hablábamos de aquel mundo de la Vieja Europa en el que la naturaleza no era algo separado del ser humano. La tierra, el agua, los animales, los árboles, la luna, la muerte y la vida formaban parte de una misma realidad. No existía todavía esa frontera tan marcada entre lo humano y lo sagrado que después encontraremos en tantas culturas.
Y terminábamos preguntándonos qué había ocurrido con aquella antigua sensación de pertenencia.
Para seguir el hilo dorado tenemos que avanzar ahora hacia Mesopotamia, hacia ese lugar en el que, entre finales del Neolítico y el comienzo de la Edad del Bronce, empiezan a crecer las primeras grandes ciudades. Una de ellas será Uruk.
Solemos contar la aparición de las primeras civilizaciones como un gran salto adelante: aparecen las ciudades, la escritura, los templos, la administración, el comercio, la arquitectura monumental. Y es cierto. Estamos ante una extraordinaria explosión de creatividad humana. Pero toda transformación tiene más de una cara.
La ciudad trae consigo una nueva manera de organizar la existencia. Ya no estamos hablando de pequeñas comunidades agrícolas que viven al ritmo de las cosechas y de las estaciones. Ahora hay excedentes que administrar, trabajadores especializados, templos que concentran poder, gobernantes, territorios que defender y recursos que controlar.
La comunidad se hace más grande, pero también más jerárquica. Y la guerra comienza a adquirir una dimensión diferente. La violencia entre grupos humanos es muchísimo más antigua que Sumeria. Encontramos, durante el III milenio antes de Cristo, conflictos organizados entre las ciudades-estado sumerias por el territorio, el agua y los recursos. La Estela de los Buitres, de Lagash, nos habla precisamente de uno de estos enfrentamientos.
Algo está cambiando. Y aquí vuelvo a nuestro hilo dorado.
No estoy buscando demostrar que aquellas mujeres y aquellos hombres practicaran yoga. No existe una línea histórica que podamos trazar desde la Vieja Europa hasta el yoga de la India. El yoga, como tradición, aparecerá mucho después y en otro contexto cultural. Lo que busco es algo más profundo: esa antigua intuición de que el ser humano forma parte de una totalidad.
La palabra yoga significa unión. Y aunque todavía no podamos utilizarla históricamente para hablar de estos pueblos, sí podemos reconocer una pregunta que el yoga conservará durante siglos: qué ocurre cuando dejamos de experimentar la existencia como algo fragmentado.
Porque precisamente eso es lo que empieza a cambiar. La naturaleza se convierte en territorio. El territorio, en propiedad. La propiedad necesita ser defendida. Y la muerte comienza también a adquirir un rostro diferente.
Durante miles de años, la muerte había formado parte del gran ciclo de la naturaleza. La semilla desaparecía bajo tierra para volver a surgir. La vegetación moría y regresaba. La tierra recibía los cuerpos y de ella nacía de nuevo la vida. La Gran Diosa reunía en sí misma esos dos movimientos.
Como explican Anne Baring y Jules Cashford en su estudio sobre el mito de la Diosa, la antigua imagen femenina de lo sagrado no separaba necesariamente la vida de la muerte. Eran dos aspectos de una misma totalidad. Pero aparece una experiencia que transforma profundamente esa percepción: la muerte a manos de otro ser humano.
Joseph Campbell habla de lo que denomina la gran inversión: el momento en que la muerte deja de estar vinculada principalmente al misterio del ciclo de la vida y empieza a quedar asociada al terror de la destrucción humana. Y quizá también por eso cambia la imagen de la Diosa.
La antigua totalidad empieza a fragmentarse. La que daba la vida comienza a diferenciarse de la que gobierna la muerte. Lo que antes podía convivir dentro de una misma figura divina empieza a convertirse en funciones separadas.
Vida y muerte. Creación y destrucción. Cielo y tierra.
Y, sin embargo, precisamente en una de esas primeras grandes ciudades aparece una diosa que parece negarse a aceptar esa separación.
En Uruk encontramos a Inanna. Diosa del amor, de la fecundidad y del deseo, pero también de la guerra y del poder. Una figura difícil de encerrar en nuestras categorías porque conserva precisamente aquello que el nuevo mundo está empezando a separar. En ella todavía conviven los contrarios. Y será ella quien nos conduzca hacia uno de los relatos más extraordinarios de la antigua Mesopotamia: su descenso al inframundo.
Quizá no sea casualidad que, cuando el mundo comienza a dividirse, la Diosa emprenda un viaje hacia las profundidades. El hilo dorado sigue ahí. No como una tradición que haya permanecido intacta durante miles de años, sino como una memoria, como una intuición que reaparece una y otra vez: aquello que hemos separado puede volver a encontrarse.
¿Y si el hilo dorado que atraviesa nuestra historia fuera, precisamente, el recuerdo de aquello que un día dejamos de sentir como uno?
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