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Cien años del hito militar del desembarco de Alhucemas: del reparto colonial al despertar anticolonial rifeño

El 8 de septiembre de 1925, cuando la niebla todavía flotaba sobre la bahía de Alhucemas y el sol apenas doraba la línea del horizonte, el mar fue cortado por barcazas españolas —cargadas de infantería y artillería — se dirigían hacia la costa norte de Marruecos. En aquella playa de perfil abrupto y rocas escondidas, comenzó lo que la historia militar denominaría, con sobriedad técnica, la primera operación anfibia moderna del siglo XX. En términos humanos y políticos, fue mucho más: el inicio del fin de la República del Rif, el último resplandor de un sueño emancipador en el norte africano, y también la consumación del viejo afán imperial español, redibujado tras el desastre de 1898.

La historia de aquel desembarco no puede entenderse únicamente desde el campo de batalla. Su raíz no está en la arena de Alhucemas, ni siquiera en las montañas del Rif, sino en los salones alfombrados de Berlín, donde cuarenta años antes, en 1884, las potencias europeas decidieron cómo se repartirían África sin que una sola voz africana participara en la conversación. La Conferencia de Berlín, convocada por Otto von Bismarck, fue una coreografía de diplomacias codiciosas que respondía a una tensión creciente, por la cual “la intensificación de las exploraciones, ocupaciones y rivalidades entre potencias europeas en África desde mediados del siglo XIX desembocó en la necesidad de celebrar una conferencia internacional que regulara la situación”.

No se trataba de buscar justicia para los pueblos africanos, sino de contener el choque entre imperios. “La Conferencia fue impulsada por Bismarck, quien buscaba ‘neutralizar el poder de Francia en Europa y enfrentarla con Gran Bretaña como competidores coloniales’, más que interesarse directamente por África”. De aquella reunión surgió el principio de ocupación efectiva: sólo se podía reclamar un territorio si se controlaba y administraba realmente. Una fórmula aparentemente técnica, pero que legalizó la apropiación. “La necesidad de demostrar control real y administración sobre los territorios colonizados” se convirtió en regla, y así “dio vía libre a una expansión sin precedentes, en la que Europa se apropió de la mayor parte de África en apenas dos décadas”.

La letra del Acta Final —libertad comercial, lucha contra la esclavitud, neutralidad territorial— fue rápidamente traicionada por la realidad. “Los acuerdos de Berlín fueron puestos poco en práctica: el comercio se volvió monopolístico, la navegación fue nacional más que internacional, y las ocupaciones se impusieron por la fuerza”. España, que por entonces ya había comenzado a perder su imperio ultramarino, se incorporó a ese juego con desventaja. Pero lo hizo con determinación. Como recuerda el historiador Víctor Morales Lezcano en España en África en torno a mil novecientos, la política africana española fue planificada con esmero. Entre 1880 y 1912, desde la Conferencia de Madrid hasta el Tratado de Fez, España no dejó de mover ficha en el escenario marroquí. Tras el trauma del 98, se emprendió “una reorientación de la política exterior hacia el sur”, que convirtió Marruecos en “el problema capital” de la Restauración. La idea era consolidar un área de influencia que protegiera Ceuta y Melilla, y contener el empuje francés. Firmante del Acta de Berlín, España no quiso quedar al margen del reparto, y mostró interés también por Guinea, Fernando Poo y el Río de Oro, alentada por “círculos africanistas y colonistas”.

Así se trazó el mapa que más tarde ardería en las montañas del Rif. El conflicto no estalló por sorpresa. Fue una consecuencia lógica de esa política, como si el choque entre la ambición europea y la realidad africana fuese inevitable desde el principio.

Fue en 1921 cuando un funcionario rifeño, educado en la administración española y dotado de inteligencia política, se alzó contra ese orden impuesto. Mohamed Abd-el-Krim no era un simple jefe tribal. Tal como lo retrata R. M. de Madariaga en La rebelión rifeña, era un líder con una visión moderna del poder, con un proyecto de Estado en mente. Desde el primer momento, trató de romper con las costumbres que podían debilitar la causa. “Impuso a sus combatientes un código de conducta estricto, prohibiéndoles represalias sin su autorización”. Quería, ante todo, construir legitimidad. El suyo era un sueño de emancipación con instituciones: acuerdos con la minera SETOLAZAR, un cuerpo de policía, una administración propia. El Rif no sólo luchaba, sino que gobernaba. Las victorias de Abarrán, Igueriben y Annual se sucedieron como un torrente. “No hubo un ataque formal sino una retirada desordenada del ejército español que facilitó el colapso de la Comandancia General de Melilla”, explica Madariaga. Fue entonces, el 1 de febrero de 1922, cuando Abd-el-Krim fue proclamado emir del Rif, “legitimando su poder político” y logrando “trascender la identidad tribal en favor de una nación islámica dentro de la umma”. Es importante reseñar aquí la influencia de los hechos acontecidos en Turquía y la figura de Kemal Atatürk, así como los movimientos internacionales que se estaban sucediendo en un mundo bipolar tras la Revolución Rusa.

El movimiento de Add- el-Krim fue audaz y estaba destinado a desbordar fronteras, no sin errores estratégicos. En 1925, la rebelión se extendió a la zona francesa. Con gran habilidad, Abd-el-Krim supo alentar la disidencia entre las tribus del sur sin arriesgar directamente a sus tropas: “empujar a las tribus a la disidencia sin arriesgar directamente a sus tropas”, recuerda Madariaga. Fue entonces cuando las potencias coloniales decidieron actuar de manera conjunta.

El desembarco de Alhucemas fue preparado con sigilo y ejecutado con decisión. El 8 de septiembre de 1925, los cañones navales abrieron fuego mientras los aviones surcaban el cielo del Rif. España y Francia habían acordado una operación inédita. Fue el comienzo del fin. Como subraya Madariaga, la resistencia rifeña, aunque vencida, “puso en evidencia las limitaciones del sistema colonial y anticipó las luchas anticoloniales del siglo XX”. Luis Feliu Bernárdez, general retirado y autor de La Guerra del Rif (1921–1926), ofrece una cronología precisa del conflicto. Define Annual como una “tragedia sin paliativos”, provocada por errores de mando y falta de previsión. Tras la masacre de Monte Arruit, la Legión y los Regulares recuperaron Melilla. Pero fue en 1925 cuando Abd-el-Krim alcanzó su mayor fuerza: cercó Taza y provocó más de 13.000 bajas francesas. La respuesta fue Alhucemas: “el punto de inflexión del conflicto”. Se tomaron posiciones clave como Axdir y Kudia Tahar, al precio de 976 bajas españolas. La ofensiva final, en mayo de 1926, culminó con la rendición de Abd-el-Krim en Snada ante los franceses y su posterior exilio.

Benito Gallardo, teniente coronel retirado, ha reconstruido la operación con mirada técnica. “La operación en sí fue el desembarco, una operación anfibia que se prepara entre tierra, mar y aire”, explica. Subraya que fue conjunta entre Francia y España, y que no estuvo exenta de riesgos: “No se sabía si el fondo era rocoso o arenoso... los hombres desembarcaron con el agua al cuello”. El temporal complicó el avance, pero el efecto fue inmediato. Tras consolidar la cabeza de playa en La Cebadilla, las tropas españolas avanzaron altura a altura. Sin embargo, Gallardo lamenta que no se explotara el éxito: faltaron víveres, munición y condiciones para una ofensiva prolongada. Además, reconoce la preparación enemiga: “bombardeó el Peñón de Alhucemas… con 50 piezas de artillería”, minó las playas, fortificó y mantuvo espías que avisaron previamente al líder rifeño, lo que ayudó a preparar la defensa.

El historiador Guillermo Muñoz Bolaños no duda en calificar la operación como “la acción militar más importante de las Fuerzas Armadas españolas en el siglo XX”. No obstante, advierte que el asalto anfibio tuvo fallos como la falta de explotación del éxito y la escasa información previa sobre el terreno. A diferencia de Annual, que sacudió el sistema político español y dio paso a la dictadura de Primo de Rivera, Alhucemas “ayudó a legitimar la dictadura”, sostiene para un diario nacional elconfidencial, y proyectó a militares como Franco a la condición de héroes. En 1936, muchos de ellos volverían a alzarse, esta vez no contra el Rif, sino contra la propia República española.

Durante aquellos años, el pueblo español cantaba versos de duelo y rabia:

“Melilla ya no es Melilla / Melilla es un matadero / donde van los españoles / a morir como corderos”. La geografía del Rif —montañosa, árida, laberíntica— convertía cada avance en una emboscada, cada columna de abastecimiento en una batalla. Cuando Abd-el-Krim atacó a Francia, rompió el equilibrio, y la maquinaria colonial se puso en marcha.

Un siglo después, la memoria de Alhucemas sigue dividiendo miradas. Para Feliu, la guerra no fue “contra Marruecos”, sino contra “rebeldes rifeños y yebalíes”. Para Madariaga, la experiencia del Rif reveló los límites del colonialismo. Para Morales Lezcano, fue el resultado de décadas de ambición geopolítica. Para el imaginario anticolonial, Abd-el-Krim se convirtió en símbolo de soberanía negada. Su república duró poco, pero fue un eco del siglo que vendría.

Quizá por eso, como resume Gallardo, Alhucemas fue “una declaración de intenciones. España, esta vez, no se replegó: avanzó, resistió y venció”. Pero entre los pliegues de esa victoria, en el silencio de aquellas playas, aún resuena una pregunta que la historia no ha terminado de responder: ¿qué mundo hizo posible aquella victoria, y qué mundo empezó a resquebrajarse con ella?

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