Casa Fede es ya un nombre imprescindible en la Feria de Melilla y lo curioso es que todo comenzó como una ocurrencia de una noche cualquiera en un bar. Federico Fernández lo recuerda con claridad. Fue una de esas charlas improvisadas en las que, entre amigos, surgió la idea de montar una caseta. Él, íntimo amigo del presidente de la Federación Melillense de Baloncesto, le lanzó la propuesta y se hicieron la promesa de que si él se animaba a montar, lo harían juntos, y que si no lo hacía, no habría caseta. De esa chispa nació una tradición que ya suma diecisiete años de historia.
Durante todo este tiempo Casa Fede ha vivido diferentes etapas. Antes de consolidarse con el nombre actual, la caseta se llamó en otras ediciones Asociación del Tesorillo y también Buenos Aires, pero siempre mantuvo el mismo espíritu hospitalario y cercano. Sin embargo, tras la pausa obligada de la pandemia, que obligó a parar tres o cuatro años, Casa Fede volvió a brillar en la feria y en esta edición ha recuperado con fuerza el nombre que mejor la identifica, el que la gente reconoce y busca en el recinto ferial: Casa Fede.
Federico Fernández cuenta con una larga trayectoria en la hostelería, nada menos que treinta y ocho años en un sector que conoce a la perfección. Por eso, aunque no se fije en cómo funcionan las demás casetas, tiene claro lo que distingue a la suya. La calidad de la comida, la rapidez del servicio, la limpieza de cada rincón y, sobre todo, la simpatía de quienes atienden a los clientes. Esa mezcla de ingredientes ha convertido a Casa Fede en un lugar al que los melillenses acuden con confianza, sabiendo que van a disfrutar de un buen rato en un ambiente cómodo y cercano.
Los platos que más triunfan en esta caseta hablan también de la identidad de la ciudad. El pescado frito es el verdadero protagonista, sobre todo salmonetes y corvina, siempre frescos y preparados al punto. Junto a él, el arroz se ha ganado un lugar especial en la preferencia de los visitantes, hasta el punto de que a menudo es el plato más pedido en las jornadas de feria. El propio Federico reconoce que este año se ha notado un cambio muy grande respecto a ediciones anteriores, con un aumento significativo en la afluencia de público y en las ventas, lo que le hace valorar todavía más el esfuerzo que implica levantar la caseta cada verano. Abren alrededor de la una del mediodía y para las tres o tres y media ya se encuentra llena, una imagen que habla por sí sola del éxito que sigue cosechando.
Aunque Casa Fede no se caracteriza por organizar actuaciones musicales ni sorteos, su propuesta es sencilla y directa. Buena comida, buen trato y un ambiente familiar en el que se puede conversar y compartir. En alguna ocasión puntual han contado con una actuación, pero no es lo habitual ni lo que define la esencia de la caseta. Aquí no hacen falta fuegos artificiales para destacar, porque como dice su creador, ser la mejor caseta del recinto no depende de un concurso ni de un premio, sino de la satisfacción de la gente que se marcha con una sonrisa.
Casa Fede, dirigida por Federico, su familia y amigos, se ha convertido en un espacio de encuentro tanto para jóvenes que buscan un lugar donde reunirse como para melillenses de todas las edades que disfrutan de una cocina cuidada y un ambiente tranquilo. La vinculación con la Federación de Baloncesto, de la que uno de los socios es el propio presidente, refuerza además el carácter comunitario de la caseta, uniendo gastronomía, feria y deporte en un mismo proyecto.
La historia de Casa Fede es, en el fondo, la historia de cómo una idea espontánea se transforma en tradición gracias al empeño y la pasión de quienes creen en ella. Federico Fernández lo resume con sencillez cuando dice que fue “una locura de las mías”, pero diecisiete años después esa locura es una de las casetas más queridas de la Feria de Melilla y un punto de referencia para quienes cada verano buscan el sabor auténtico de la fiesta.
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