Con la Semana Santa de 2026 a la vuelta de la esquina, las calles de Melilla comienzan a llenarse de una expectación especial. Entre el aroma del incienso de los triduos y el sonido lejano de los tambores y cornetas ensayando, hay un elemento que también se prepara: las Manolas.
Mujeres vestidas con mantilla negra, que desfilan con nobleza acompañando los pasos de las procesiones. Aunque muchos conocen su presencia, pocos saben el trasfondo histórico y la dedicación que hay detrás de cada mantilla y de cada peineta que acompaña a la Semana Santa melillense.
El origen de las Manolas se remonta a las antiguas camareras de la Virgen, mujeres encargadas de vestir las imágenes y cuidar de los pasos procesionales. En aquellos tiempos, la participación femenina en la Semana Santa estaba limitada. Las mujeres no podían ser nazarenas ni costaleras, y la única forma de integrarse plenamente era como Manolas.
La mantilla negra, símbolo de luto y respeto, se vestía durante Jueves, Viernes y Sábado Santo, mientras que el Domingo de Resurrección la mantilla cambiaba a tonos blancos o beige, representando la alegría de la Resurrección.
El término “Manola” surgió en Madrid a comienzos del siglo XIX, en un contexto social marcado por los ‘majos y majas’, y más tarde, por los 'Manolos y Manolas'. Estas mujeres se caracterizaban por su estilo, su descaro y su forma de caminar con elegancia. La mantilla, heredera de la vestimenta tradicional de la época, se convirtió en su sello distintivo. Con el paso del tiempo, la tradición se extendió y se consolidó en ciudades como Melilla, donde hoy sigue viva gracias al interés de las nuevas generaciones.
Vestir de Manola no es simplemente colocarse una mantilla sobre los hombros. Cada detalle importa. El vestido negro debe ser recatado, de manga larga y falda por debajo de la rodilla; la medalla de la cofradía debe estar visible; el pelo recogido, maquillaje discreto y calzado sobrio.
La mantilla, llevada sobre una peineta, requiere precisión para que ni la tela ni la peineta se muevan durante toda la procesión. Es un arte que exige paciencia y técnica, asegurando que la caída de la tela y cada movimiento del cuerpo se vean naturales y elegantes.
Desde su taller en la calle Álvaro de Bazán, Joaquín Callejón se ha convertido en un referente para quienes quieren vestir la mantilla en Melilla. Con más de treinta años de experiencia, su historia refleja pasión y dedicación.
Callejón descubrió su pasión por la costura desde muy joven, creciendo en un hogar donde la artesanía estaba presente. Su padre era guardia civil y guarnicionero, trabajando el cuero a mano, mientras que su madre era modista. Para él, aprender el oficio fue algo natural. Con más de treinta años de experiencia, su mercería no solo vende mantillas, peinetas y guantes, sino que también ofrece consejos y técnicas que permiten a cada joven aprender a lucir la mantilla con respeto y estilo.
En cuanto al origen de las mantillas, Callejón explica que la mayoría las trae de Sevilla, cuna de esta tradición. “Son mantillas artesanales, hechas por una sola pieza con blonda”, explica.
En cuanto al precio, Callejón comenta que las mantillas manejan un abanico bastante amplio según la calidad y el tipo de tejido. “Los precios de las que tenemos oscilan entre 130 y 200 euros, dependiendo del modelo y de si son de seda, tul o chantilly".
Comenta que desde noviembre comienza la preparación de encargos, sobre todo para jóvenes que se visten por primera vez o cumplen promesas familiares. “Este año hemos notado aún más demanda porque, con el cierre de La Costa Azul, nuestra clientela se ha incrementado. Y la mayoría son chicas jóvenes”, añade.
En cuanto a los vestidos, Joaquín Callejón comenta que actualmente ha alcanzado su límite de encargos. “Ya no puedo aceptar más pedidos de vestidos porque tenemos muchísimos encargos por Semana Santa y no me da tiempo de hacer más”, explica. A pesar de ello, sigue atendiendo mantillas, peinetas y accesorios.
Respecto al estilo de vestir, Callejón asegura que la mantilla y la peineta se mantienen fieles a la tradición, pero los vestidos han experimentado cambios. “Antes siempre eran recataditos, por debajo de las rodillas, mangas largas… Ahora se lleva también el traje-pantalón, faldas con chaqueta e incluso abrigos elegantes que combinan con el frío de estas fechas”.
Gracias a la dedicación de expertos como Joaquín Callejón, la mantilla sigue siendo mucho más que una prenda. Es un emblema de la Semana Santa.
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