Arun Mansukhani durante la conferencia en la Uned. -AGC-
El abuso sexual infantil plantea dificultades que van desde la identificación de las situaciones hasta la respuesta que reciben los menores cuando se atreven a contar lo sucedido. La importancia del entorno, las consecuencias del trauma y la necesidad de mantener el acompañamiento a lo largo del tiempo han centrado la reflexión del psicólogo clínico y sexólogo Arun Mansukhani, que este jueves ha impartido en la UNED Melilla la conferencia "Intervención y acompañamiento en casos de abuso sexual infantil".
El especialista en Psicología Clínica y facilitador EMDR ha participado en esta jornada de formación y sensibilización organizada por FEAFES Melilla Salud Mental en colaboración con la Consejería de Políticas Sociales y Salud Pública de la Ciudad Autónoma de Melilla y la UNED Melilla. Durante la conferencia, Mansukhani revisó algunos de los mitos que rodean el abuso sexual infantil: que se trata de situaciones infrecuentes, que ahora se producen más que antes o que quienes las cometen son adultos desconocidos. También abordó la creencia extendida de que una experiencia traumática debe manifestarse necesariamente mediante lucha, huida o congelación. La jornada incluyó una revisión de diferentes teorías sobre los sistemas de supervivencia implicados y de las particularidades que presenta la intervención con las víctimas.
En la entrevista previa a la conferencia, el psicólogo profundizó en los factores que permiten definir una situación abusiva y en las dificultades que aparecen tanto para reconocerla como para responder adecuadamente cuando un menor comunica lo sucedido. "Afortunadamente no tenemos que entender. Tenemos totalmente tipificado qué es. No hablo de la tipificación legal, eso es otra cosa. A mí no me compete. Coincide parcialmente, no exactamente del todo". Con estas palabras comienza Mansukhani su explicación sobre el abuso sexual desde la perspectiva psicológica y psicotraumatológica, diferenciándola de la definición jurídica.
El desequilibrio de poder constituye el elemento esencial, aunque ese desequilibrio no depende únicamente de la edad o de la fuerza física: también puede surgir de diferencias de estatus, de conocimiento o de la posición que ocupa una persona respecto a otra. "Es una situación en la que hay un desequilibrio de poder entre dos personas que tienen algún tipo de contacto sexual, pero en virtud de ese desequilibrio de poder, ese contacto sexual no es un contacto voluntariamente elegido por ambas partes, aunque lo pudiese parecer", explica. Para ilustrar esta idea, plantea el caso de dos niños de edades similares entre los que existe una diferencia importante en el conocimiento sexual, que en ocasiones puede estar relacionada con experiencias previas de abuso, incluido el acceso a pornografía.
Esta perspectiva permite comprender que la apariencia de voluntariedad desaparece ante la existencia de una situación abusiva de desequilibrio de poder. Lo determinante, según el especialista, es que una de las personas se encuentre en una posición que impida que el contacto sea elegido libremente en condiciones de igualdad. Por ello, insiste en entender el poder en un sentido amplio, que puede abarcar formas muy distintas de influencia o dependencia. "Ese desequilibrio de información da un desequilibrio de poder", señala. "Ese sería el elemento esencial, el desequilibrio de poder, pero entendiendo poder en este sentido amplio, no solo poder físico, sino poder instrumental, puede ser 500 tipos de poder distintos", añade.
Mansukhani también subraya la gravedad del trauma durante la infancia y, en particular, la que puede alcanzar el abuso sexual. Una experiencia traumática resulta abrumadora para el niño o la niña, que puede sentir pánico, peligro o asco. En el abuso sexual, además, pueden concurrir circunstancias como que la persona responsable sea conocida, que los hechos sucedan en la intimidad o que lo ocurrido no encuentre validación social. Según explica, estos factores pueden aumentar los niveles de disociación y la psicopatología asociada. "El abuso sexual es un tipo de trauma especialmente dañino. Y en niños, por supuesto", afirma.
La relación entre el menor y la persona responsable adquiere especial importancia cuando se examina quién comete los abusos. Mansukhani señala que, según los datos que maneja, casi ocho o nueve de cada diez abusadores pertenecen al entorno de la víctima y que entre el 60 % y el 70 % forman parte del entorno familiar cercano. Se trata, por tanto, de personas que con frecuencia ocupan una posición desde la que cabría esperar protección. "Entonces estamos hablando de figuras que deberían ser figuras protectoras", apunta. Y describe la contradicción que supone que esa protección se convierta en lo contrario: "La persona que debería estar protegiéndote no solo no te protege, te usa".
Uno de los momentos decisivos para la protección del menor llega cuando comunica el abuso. Según explica el psicólogo, muchos niños cuentan en algún momento lo que les ha sucedido, incluso a edades tempranas, pero esa primera comunicación no siempre recibe la atención necesaria. Cuando el menor no encuentra una respuesta adecuada, puede dejar de hablar de lo ocurrido; en otros casos, percibe de antemano que las personas a las que podría recurrir no están disponibles para escucharlo.
"Lo que pasa es que no reciben la atención necesaria en esa primera comunicación y entonces el niño ya deja de comunicar", advierte. Por eso, considera fundamental que los adultos eviten reaccionar a la defensiva, cuestionar el relato, negar lo sucedido o culpabilizar al niño. Durante la entrevista alude al concepto conocido por las siglas inglesas DARVO, que describe una respuesta basada en negar, atacar y revertir los papeles de la víctima y de la persona responsable. Frente a esa reacción, su recomendación es escuchar y acompañar.
Ese acompañamiento no debe entenderse como una respuesta limitada al momento de la revelación. Mansukhani observa que algunas familias permanecen muy presentes durante los primeros meses o el primer año, pero después pueden empezar a considerar que el problema ya está superado. "Vemos cada vez más familias que durante los primeros meses o el primer año están ahí, pero a partir de ahí empiezan a decir ya está, ya se acabó", explica. Sin embargo, el proceso puede prolongarse y el menor puede seguir necesitando apoyo, especialmente para afrontar el sentimiento de culpa y comprender que no fue responsable de lo ocurrido.
De ahí que el especialista insista en la necesidad de mantener la validación a lo largo del tiempo. No basta con escuchar una vez: el niño necesita que se reconozca lo que ha vivido y que se le transmita que aquello no fue culpa suya. "Esa validación tiene que continuar durante un largo proceso", recalca. La necesidad de acompañamiento también puede mantenerse en la edad adulta. Mansukhani, que trabaja con personas que recuerdan abusos sexuales sufridos durante la infancia, explica que muchas tardan décadas en comunicarlo.
La detección presenta, además, dificultades porque el trauma no se manifiesta siempre de una manera reconocible. Preguntado por las señales que pueden alertar de un posible abuso, el psicólogo explica que los cambios de comportamiento y el malestar de un menor pueden tener causas muy diversas. Un niño puede presentar problemas gastrointestinales, mostrarse negativista o encerrarse en sí mismo, pero ninguna de esas manifestaciones permite identificar por sí sola el origen de lo que le ocurre.
"Eso puede venir de tantas fuentes que a veces es difícil sospechar un abuso", señala. En un porcentaje pequeño de casos pueden aparecer comportamientos sexuales que no se corresponden con lo que el niño comprende por su edad y desarrollo, y que van más allá de los juegos de simple experimentación. No obstante, el especialista advierte de que estas conductas solo aparecen en una parte reducida de los casos, por lo que tampoco constituyen una señal presente en todos los menores que han sufrido abusos.
"No existe el síndrome del niño abusado. Si existiese ese patrón, fíjate qué fácil sería, ¿no? Pero no lo tenemos", afirma. Ante la ausencia de un patrón único, considera importante que profesores y otros adultos que mantienen contacto con menores estén sensibilizados y puedan hablar con ellos, escuchar lo que expresan y valorar si existe algún riesgo.
La dificultad para reconocer estas situaciones se relaciona también con el hecho de que suelen ocurrir en la intimidad y no necesariamente dejan señales evidentes para quienes rodean al menor. Por eso, la respuesta no puede depender de encontrar un comportamiento concreto, sino también de la capacidad de los adultos para prestar atención y ofrecer un espacio en el que el niño pueda comunicar lo que le sucede.
En cuanto a la evolución de las denuncias, Mansukhani distingue entre los abusos cometidos por personas ajenas al entorno familiar y los que se producen dentro de la familia. El especialista señala que, durante años, han aumentado las denuncias relacionadas con personas que tienen acceso a menores, como determinados miembros de instituciones religiosas o profesionales de ámbitos educativos y extraescolares, aunque precisa que el aumento no alcanza el nivel que se desearía. En los casos intrafamiliares, en cambio, la comunicación suele producirse mucho tiempo después y la mayoría no llega a denunciarse.
Como referencia, cita una estimación de hace tres años, el último dato que afirma tener disponible, según la cual menos del 10 % de los abusos sexuales intrafamiliares eran denunciados. El paso del tiempo no conduce necesariamente a una denuncia, incluso cuando la persona reconoce lo sucedido. La distancia temporal, las circunstancias personales y la relación con quien cometió el abuso pueden formar parte de una realidad en la que muchas experiencias permanecen sin llegar a las autoridades.
Mansukhani también se refiere a la mayor concienciación social sobre el abuso sexual infantil y a la posibilidad de que su incidencia haya disminuido, aunque advierte de que resulta complicado comparar diferentes etapas y que no existe una certeza absoluta al respecto. "Hay una mayor concienciación y por lo que sabemos, sospechamos, hay una menor incidencia", explica. Al mismo tiempo, recuerda que los abusos se producen en todos los niveles sociales, aunque existen factores que pueden empeorar estas situaciones, entre ellos las estructuras de poder muy desequilibradas, el machismo y los niveles socioeconómicos muy bajos.
Pese a la gravedad del problema, el especialista destaca los avances en el tratamiento del trauma sexual. Recuerda que hace décadas se recurría a tratamientos psicoterapéuticos generales que no siempre resultaban suficientes para abordar estas experiencias. Desde finales de los años ochenta, explica, se han desarrollado técnicas específicas para trabajar con este tipo de trauma sexual. No existe, precisa, un único tratamiento válido para todas las personas, sino diferentes modelos y aproximaciones que deben ajustarse a cada caso. Para Mansukhani, el desarrollo de estas herramientas constituye una vía de esperanza para quienes han sufrido abusos.
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