Sigue demostrado que es más lógico, lo analógico. Que los tiempos avanzan a trote y sin sosiego, nadie lo duda, pero sí se cuestiona, por las debilidades que comporta, la llamada revolución digital y que no deja de encontrar obstáculos y aportar víctimas por su camino. Puede que sea esa misma velocidad inherente la que adolece de alguna reflexión y algo de prudencia. Quizás se transite mal por ese camino tecnológicamente revolucionario al haberse, además de prestación de servicios al individuo y supuesta potenciación de lo público, convertido en una cascada de negocio.
El trabajo manual y su avance en analógico fue orillándose como villano en aras de un progreso al que, sin dudas y es justo reconocerlo, no le faltan bondades de provecho. Pero es ese progreso, en su infinita celeridad sin respiro la que, también, forjó sus fragilidades y no ir, así mismo, a la par de paliar esa brecha digital que, sin duda, sigue existiendo.
Una brecha digital que habla el idioma de la desigualdad en el acceso, uso y aprovechamiento de la información y el conocimiento entre diferentes grupos de personas. También o junto a ello, en la dificultad de los avatares en la gestión de los derechos y deberes ante entidades públicas o privadas de un número nada desdeñable de gente que donde otro gran recuento de personas ve facilidad, suelen encontrar dificultad u oscuridad.
Es paradójico que aunque nadie cuestione la universalidad y amplitud de las conexiones humanas gracias al mundo digital, al perderse paulatinamente la interacción más pura y genuina como lo es el “cara a cara o el aliento con aliento”, cada vez hay más personas solas. Si además la dependencia de las nuevas tecnologías en su fulgurante avance viene a la par de endebleces que provienen, como en ocasiones y con frecuencia ascendente, de la negligencia, la desidia o la agresión externa, eso llamado “ciberataque”, o todo junto, sin la alternativa engrasada que mitigue con rapidez (al menos mitigue), una caída cruenta de servicios y comunicaciones, además de peligrar la integridad de información sensible, es que la velocidad del progreso, no controlando suficientemente los mandos, facilita los despeñamientos.
Se ha visto y padecido, se ve y se padece. No hay perfección al ciento por ciento, ya se sabe, pero para eso están otras opciones inmediatas, también se sabe. No es un arrebato nostálgico a lo analógico ni un desprecio al avance digital al que sin duda se le puede reprochar su connivencia en el retroceso general de la oratoria y el ejercicio de la escritura (no hay más que escuchar o leer a un nada despreciable cómputo de representantes públicos), pero lo primero sigue demostrado que su complementación con lo segundo continúa siendo todo un valor a la lógica y la razón. Las emociones guardan su esencia en la naturaleza humana más sencilla y veraz y esta subyace en lo analógico más que en lo digital. Pese a ello, no son reticencias, pero si prudencia ante la dislocación, en el equilibrio siempre se hallarán las garantías del bienestar común.
A los defensores a ultranza del imparable mundo digital, dada esas otras vertientes de la condición humana, como son la maldad o la desatención, puede rememorarse aquello que se les susurraba a algunos generales romanos ante su creencia en lo inexpugnable: “Memento mori”, “recuerda que eres mortal”.
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