¿De qué manera podemos mostrar amor a nuestros seres queridos? Con esta pregunta tan sencilla como profunda comenzó el taller “Amores sanos”, impartido este martes por el educador social Miguel Frías en el CEIP Pedro Estopiñán. La actividad, dirigida a alumnos de 6º de Primaria, se enmarca dentro del programa de la Ciudad Autónoma de Melilla con motivo del 25N y busca sembrar en los más jóvenes la reflexión sobre los afectos, los vínculos y la convivencia respetuosa, partiendo del terreno más próximo y cotidiano: la amistad.
A través de preguntas abiertas, dinámicas participativas y representaciones teatrales, Miguel Frías fue guiando a los niños y niñas en la identificación de las distintas formas que tenemos los seres humanos de expresar el cariño. “Abrazos”, dijeron algunos, y el educador recogió la palabra en la pizarra como “contacto físico”. Una manera de demostrar afecto que, tal y como insistió, debe estar siempre basada en el respeto mutuo y el consentimiento: el contacto físico, explicó, debe hacernos sentir bien a ambas personas. Le siguieron otras respuestas: “palabras”, “poemas”, “jugar”, “ayudar”. Así, con las aportaciones del alumnado, se identificaron cinco lenguajes del amor: el contacto físico, las palabras, los detalles, el tiempo compartido y la ayuda mutua. Frías destacó que no todas las personas expresan su cariño de la misma manera y que es importante aprender a observar, entender y respetar esas diferencias.
Para ilustrarlo, compartió con los alumnos una historia real sobre un niño que no entendía el amor de su padre, un hombre serio y poco afectivo, pero que siempre estaba presente cuando su hijo lo necesitaba. Esa presencia constante también era una forma de amor. “Hay muchas formas de dar amor”, repetía el educador mientras los niños comprendían que un gesto tan simple como preparar la comida favorita de alguien, sentarse a su lado cuando está triste o hacerle un dibujo, puede significar mucho más de lo que parece. El taller también invitó a reflexionar sobre el amor propio. “Pensamos que el amor siempre es hacia fuera, nunca hacia dentro”, advirtió Frías, animando al alumnado a evitar repetirse pensamientos negativos sobre sí mismos. Cuidarse y tratarse con amabilidad es también una forma de afecto esencial.
Además de trabajar sobre el afecto, el taller abordó el conflicto y las emociones desde una perspectiva educativa. A través de una representación teatral, los alumnos escenificaron una discusión entre amigas. En lugar de acusarse mutuamente, aprendieron a expresar cómo se sintieron, reconociendo sus emociones y favoreciendo la empatía. Así pasaron del “es que tú hiciste…” al “yo me sentí…”, una herramienta clave para resolver malentendidos sin generar más daño. También se habló de los celos, de la violencia entre amigos y de cómo ciertos comportamientos agresivos han empezado a normalizarse desde edades tempranas. En uno de los momentos más reveladores del taller, Frías preguntó cuándo fue la última vez que habían expresado cariño a un amigo. Muchos no lo recordaban. Pero al preguntarles cuándo fue la última vez que empujaron o se insultaron entre ellos, respondieron sin dudar: “esta mañana”, “ayer”. El ejercicio dejó claro cómo, muchas veces, los gestos violentos se han convertido en una forma habitual de relacionarse, incluso entre quienes se consideran grandes amigos.
El taller también abordó, de forma implícita pero efectiva, el origen del bullying y cómo ciertos comportamientos aparentemente inofensivos pueden acumularse hasta generar una carga emocional difícil de sobrellevar. Frías explicó que acciones como las burlas constantes, el aislamiento o las bromas pesadas, aunque sean vistas como normales, insignificantes o “cosas de niños”, pueden provocar que algunos compañeros no quieran volver al colegio. “Algo insignificante para uno puede suponer un gran malestar para otro”, recordó, alertando sobre la importancia de no normalizar la violencia entre iguales y de prestar atención a los pequeños gestos que, repetidos en el tiempo, pueden desembocar en acoso escolar.
En la entrevista posterior, Miguel Frías explicó que este enfoque nace de muchos años de experiencia trabajando con adolescentes y jóvenes. En los últimos tiempos decidió centrarse también en los más pequeños, porque cree que es fundamental intervenir antes de que ciertas actitudes se consoliden. “Me parecía importante trabajar con ellos desde la amistad, desde lo cotidiano, no desde la violencia de género directamente, porque son muy pequeños para entender ese concepto desde la pareja, pero sí pueden aprender qué es un buen trato”, comentó. A su juicio, la raíz de muchos conflictos está en la falta de educación emocional y en una creciente tendencia al individualismo. “Todo lo que yo hago está bien, y la culpa de lo que pasa siempre es de los demás”, explicó. Para él, es urgente recuperar el sentido de comunidad, la responsabilidad colectiva y la empatía, especialmente entre los más jóvenes.
Frías apuesta por una metodología activa, cercana y vivencial. “Si yo te enseño algo, probablemente lo olvides. Pero si te hago sentir algo, eso se recuerda”, afirma. Por eso utiliza dinámicas participativas, juegos y teatro. Su objetivo es que los niños vivan estas experiencias en un entorno seguro, y que el día que algo parecido les ocurra en su vida real, puedan reconocerlo y actuar de forma consciente. No es una charla al uso, es una experiencia emocional y educativa. Frías lamenta que en ocasiones falte tiempo para profundizar más, pero considera que incluso una hora bien aprovechada puede sembrar semillas importantes. El taller no solo se convierte en una herramienta preventiva frente a posibles relaciones tóxicas en el futuro, sino también en un espacio de aprendizaje sobre cómo relacionarnos mejor con quienes nos rodean.
Para Miguel Frías, el trabajo en las aulas es una apuesta clara por la educación en valores. “Los niños no necesitan solo contenidos académicos. Necesitan saber cómo se sienten, cómo se sienten los demás, aprender a convivir”, subraya. En su experiencia, los centros educativos muestran interés por este tipo de formación, pero también se enfrentan a limitaciones de tiempo, burocracia y, en ocasiones, al miedo a la reacción de algunas familias. “El profesorado querría trabajar más en estas cosas, pero a veces no se atreven por temor a que los cuestionen”, lamenta. Aun así, defiende con firmeza la importancia de generar estos espacios, y el impacto que tienen, incluso con niños tan pequeños.
Con un enfoque cercano, lúdico y profundamente humano, el taller “Amores sanos” es mucho más que una actividad escolar: es una invitación a reflexionar sobre cómo nos relacionamos, cómo expresamos lo que sentimos y cómo podemos construir, desde la infancia, un entorno más respetuoso, empático y amoroso para todos.
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