Nos acercamos al final del tiempo litúrgico. Durante estos tres domingos (32-34) la Iglesia nos presenta el final del quinto discurso de Jesús en el evangelio de Mateo, el discurso escatológico, donde se leen tres parábolas que se complementan: las diez muchachas, los talentos, el Juicio Final.

Estas parábolas nos sitúan en la tensión del Reino de Dios que es inminente, que ya está aquí, pero todavía no del todo. Con facilidad se experimenta que el Reino se retrasa, que Dios se retrasa. Por otro lado, está la incertidumbre de no saber ni el día ni la hora en la que seremos llamados a ese encuentro definitivo.
La parábola de las diez muchachas, cinco necias y cinco prudentes, es toda una invitación a aprehender la sabiduría que permite encender la llama de la esperanza que enseña a vivir preparados para el encuentro. El libro de la Sabiduría (6,12-16) nos invita a buscar, porque quien la busca la encuentra. Es la sabiduría para saber-vivir con hondura, con sentido. Esta es la sabiduría de las muchachas prudentes. Es la sabiduría que se necesita para afrontar con acierto la vida.
En el contexto de la parábola está el trasfondo de los rituales palestinos de boda, donde un grupo de muchas acompañaba al novio para recoger a la novia para la ceremonia. Pero, el novio se retrasa.
La parábola nos narra que las prudentes llevaban alcuzas de aceite con las lámparas y las necias no. Una lectura que no quiera entrar en el juego, o buenista, suele criticar a las sensatas por no compartir el aceite. Pero el foco de la parábola no está en el compartir. La clave es que el Reino está cerca y hay que estar preparados para acogerlo.
El novio es el mismo Señor que viene y quiere realizar una alianza nupcial, de entrega amorosa, con cada creyente. Vivir con la esperanza que llega el amado es tan grande, que es necesario poner todos los recursos disponibles para estar preparado. Vigilar, hacer, trabajar, amar, … “guardar el aceite de la caridad”.
No se trata de una espera llena de activismo que nos descentra, sino de una espera activa, pero serena, que desea la llegada del novio, porque tenemos aceite guardado. Eso permite dormir en medio de la espera con la confianza puesta en que cuando llegue el esposo, saldremos al encuentro. Un encuentro que es algo personal y concierne a cada muchacha, a cada uno. Para salir al encuentro hay que cultivar la capacidad de encontrarse. No se trata solo del encuentro final, sino de los grandes y pequeños encuentros de cada día. Por eso, esa preparación no se puede posponer, se vive de encuentro en encuentro.
En la sociedad en la que vivimos, la prisa, lo inmediato, la aceleración está incapacitando para encontrarse con el otro. Cultivar la capacidad de encuentro requiere de tiempo, paciencia, escucha y atención para poder darse al otro.
La imagen de la boda, del banquete es utilizada con frecuencia para expresar la relación que Dios quiere mantener con su pueblo, con su Iglesia y con cada uno de nosotros. Una relación de amor y entrega.
Para equiparse de aceite y vivir preparado es necesario descubrir y alimentar la esperanza y el deseo en el mismo Jesús. Él es quien invita a preparar, a estar disponible, a darse. Él posibilita descubrir los signos de su presencia que alimenta nuestra esperanza y nos mueve a trabajar para hacer presente su reino.
Las parábolas de los domingos siguiente: la de los talentos y la del juicio final ayudarán a descubrir como “guardar el aceite” y capacitarse para vivir con lucidez y posibilitar el encuentro con el esposo.







