La festividad de Todos los Santos se celebra en muchas partes del mundo con variaciones en las costumbres y rituales. El trasfondo es el mismo: tener un pensamiento para los seres queridos que ya no nos acompañan. Un buen ejemplo es el Día de Muertos en México, que nace de la fusión de ritos prehispánicos con la influencia católica procedente de los españoles. Está en la lista de patrimonio cultural inmaterial de la Unesco.
Caminos de flores y velas marcan el camino de vuelta a los difuntos; altares y lápidas reciben ofrendas -platos de comida, composiciones artesanales- que los complacen. Según el imaginario popular, traen prosperidad o desdicha si se descuida la tradición. En el país latinoamericano, la muerte deja de ser tabú y gana presencia. En España, la fiesta del 1 de noviembre se remonta a siglos de historia, siendo una iniciativa de la Iglesia católica para recordar y honrar a las personas fallecidas.
Cementerios de toda España son testigos de cómo familiares y amigos visitan las sepulturas, las arreglan si fuera necesario y llevan flores. Desde la víspera del Día de los Santos, los melillenses han acudido a esta zona de la ciudad con trapo y cubo en mano para limpiarlas. Un gesto que recompone el lugar en el que descansan los que se fueron, expuesto a las inclemencias del tiempo y al caluroso sol predominante en la ciudad.
Desde el jueves la afluencia ha sido constante. El domingo, a primera hora, el camposanto no estaba masificado, pero no paraban de llegar personas a pie, en coche y en taxi. Un goteo incesante de personas que paraban primero a comprar flores en los kioscos de la entrada o en las floristerías cercanas, para reponer las viejas y dejar una panorámica colorida de la festividad. Cada flor es una historia, hasta para las tumbas y nichos más antiguos.
Sin embargo, la venta de flores ha bajado ligeramente en los últimos años. Hay gente, pero menos. Los vendedores apuntan que la tradición se está perdiendo entre los jóvenes. No había muchos en el Cementerio Municipal, y los que estaban, acompañaban a otros familiares en la visita. El vaivén de claveles rojos y margaritas y de cubos llenos de ramos frescos ha sido la danza del primero de noviembre. Los más precavidos encargaron ramos y coronas con mensajes para los difuntos. Los demás, apuraron a última hora, satisfechos con el resultado.
A los mayores les preocupa también que la tradición se pierda. Días antes, reconocían a este periódico que es un compromiso que aceptan con agrado. Lo vieron en sus predecesores, en sus padres o abuelos, y se ven en el deber de no abandonar el ritual que supone ir al cementerio, al menos, una vez al año. Algunos son visitantes asiduos; les gusta comprobar el estado en que se encuentran las sepulturas de parientes cercanos y lejanos. Es un día triste y al mismo tiempo reconfortante.
El puente de Todos los Santos
Este puente ha sido especialmente difícil por el accidente ferroviario en Urda (Toledo), por el que se ha cancelado buena parte de la programación para Halloween. Solo se han mantenido las actividades en espacios cerrados: “Terror en los fuertes”, de Mirrolde Teatro y Sibila Teatro en el Fuerte de Victoria Grande, y “La fábrica de los miedos”, en el Kursaal. La Purísima Concepción reunió, asimismo, a decenas de personas en torno a la representación teatral de Don Juan Tenorio, de José Zorrilla, un clásico muy vinculado a estas fechas.
Las rutas turísticas se han sucedido en la jornada de Todos los Santos. Benito Gallardo, presidente de la Asociación de Estudios Melillenses ha protagonizado una de ellas en recuerdo de Eduardo Sar Quintas, un socio fallecido. “Escribió mucho sobre el cementerio y empezó la primera ruta, siempre hacía la ruta del cementerio”. En años anteriores, por motivos diversos, no pudo darse, y en 2026 ha sido cuando Gallardo ha decidido retomar el proyecto.
Con respecto a la fiesta, “es una de las más importantes, aunque ya con el paso de los tiempos la gente coge el puente y se marcha. Procuramos siempre, antes o después, la limpieza de los panteones, y también el Ayuntamiento, ese esfuerzo de poner todo en condiciones para que esté siempre todo muy limpio”. Para él, la tradición viene de su infancia, cuando iba con sus padres al cementerio; ahora, “tengo cinco tumbas de distintos familiares y siempre tienes que venir”.
El Soldado de los Milagros
La puesta a punto del espacio concluyó en las vísperas; hoy, han sido más bien momentos de recogimiento e intimidad con los seres queridos. En familia, incluso algunos peques, han acudido a la visita recomendada por la religión católica en el puente de Todos los Santos. La festividad no se entiende en el contexto local sin mencionar al popular Soldado de los Milagros: Benito López Franco, un joven zaragozano nacido en 1928 que vio el final de sus días en Melilla, donde cumplía servicio militar obligatorio en el Grupo de Fuerzas Regulares Indígenas “Alhucemas” Nº 5.
El 17 de enero de 1950, a los 21 años, fue hallado sin vida en los aseos del botiquín de su cuartel, antes de disfrutar de tres días de permiso para viajar a su tierra natal. La versión oficial dictó que fue un suicidio, por lo que se le negó el entierro cristiano y fue sepultado boca abajo en una parcela del Cementerio Civil de la Purísima Concepción. Ni la familia ni sus compañeros creyeron que esa fuese la causa de la muerte; más bien, pensaron que fue un crimen encubierto por la supuesta relación que mantenía con la hija de un alto mando militar.
Lucharon por cambiar la sepultura de sitio y así fue. En la actualidad, es una figura muy querida entre los melillenses, y no hay día en que su tumba no esté repleta de flores por la devoción popular hacia el Soldado de los Milagros. En 1975, uno de sus hermanos viajó a la ciudad y descubrió estos hechos, que cobran relevancia cada 1 de noviembre. Se le atribuyen sanaciones y protección. Un sobrino de López Franco acude al cementerio desde Tarragona todos los años en noviembre; reparte estampas con su rostro y se sienta para observar cómo los vecinos van llegando y presentan sus oraciones al soldado.
No ha sido el único militar que ha recibido atención en esta jornada; grupos de personas han paseado por los panteones, custodiados por compañeros, en consideración con los miles de soldados que dieron su vida por Melilla. En un jardín, una pareja lanzaba flores por las ánimas de los tantos difuntos sin nombre que fueron enterrados allí en las campañas del norte de África. El hombre decía que, al parecer, los restos de un tío abuelo suyo podrían reposar allí. No los olvidan, y ese es, precisamente, el sentido que guarda este día.








