En nuestro capítulo anterior nos acercábamos a Inanna, la diosa mesopotámica que descendía al mundo inferior atravesando siete puertas. Su historia nos invitaba a reflexionar sobre el otoño, el desprendimiento y la posibilidad de regresar a lo esencial. Hoy quiero detenerme en otra figura de aquel mundo antiguo: una mujer que vivió hace más de cuatro mil años y cuya voz ha llegado hasta nosotros a través de sus escritos.
Se llamaba Enheduanna y vivió en Mesopotamia, en el actual territorio de Irak, hacia el 2300 a.C. Era hija de Sargón de Acad, fundador de uno de los primeros grandes imperios de la historia, y fue nombrada gran sacerdotisa del dios lunar Nanna en la ciudad de Ur. Su cargo no solo tenía importancia religiosa. También ayudaba a unir el poder de su padre con las ciudades del sur de Mesopotamia, donde existían otras tradiciones y creencias.
Enheduanna es la autora más antigua que conocemos por su nombre. La escritura ya existía desde siglos antes, pero su identidad quedó unida a sus composiciones, algo extraordinario para aquella época. También se conserva un disco de alabastro hallado en Ur en el que aparece durante una ceremonia, acompañada por otros sacerdotes. Una inscripción nos dice quién era. Gracias a este hallazgo podemos acercarnos a una mujer real, que vivió en un mundo muy lejano al nuestro y cuya historia no se ha perdido por completo.
Entre las obras que se le atribuyen destaca La exaltación de Inanna. En este poema, la diosa aparece como una fuerza poderosa y compleja, capaz de encarnar el amor y la guerra, la protección y la destrucción. Pero hay algo más: Enheduanna habla también de su propia experiencia. Cuenta un conflicto con Lugalanne, que la habría apartado de su puesto en el templo, y se dirige a Inanna buscando su ayuda. En esas palabras podemos escuchar a una mujer que ha perdido su lugar y que necesita hacerse oír. Su plegaria nos acerca a una experiencia humana que, pese a los siglos transcurridos, todavía podemos comprender.
Enheduanna también escribió himnos dedicados a distintos templos de Mesopotamia. Sus palabras nos permiten asomarnos a un mundo en el que la religión y la política estaban muy unidas. Sus composiciones siguieron copiándose y estudiándose durante siglos, mucho después de su muerte. De alguna manera, su voz consiguió atravesar el tiempo.
Al conocer su historia, me detengo en una imagen que me resulta especialmente cercana en mi práctica de yoga: la del puente. Enheduanna vivió entre distintas tradiciones religiosas y ocupó un lugar importante entre el poder acadio y las ciudades sumerias. No conocemos cómo terminó su vida, pero sí sabemos que su nombre sobrevivió a su tiempo. Su historia me hace pensar en la posibilidad de acercar mundos diferentes, de encontrar un lugar de encuentro entre ellos.
Antes de construir un puente hacia los demás, necesitamos aprender a escucharnos, habitar nuestro cuerpo y reconocer lo que sentimos. La respiración, la atención y el movimiento consciente nos ayudan a encontrar ese espacio interior desde el que podemos acercarnos a otras personas.
Mi propia experiencia es la que me permite acercar el mundo de Enheduanna al mío. Como historiadora y profesora de yoga, me gusta descubrir cómo una historia antigua puede despertar preguntas que siguen vivas hoy.
Ella dejó su voz escrita sobre la arcilla y, miles de años después, al acercarme a su historia, encuentro en su esencia, un puente hacia mi propia práctica y hacia las personas con las que comparto el yoga.
Este encuentro forma parte del hilo dorado que llevo tiempo buscando. Cuando contemplo las imágenes femeninas del Paleolítico y el Neolítico, las diosas mesopotámicas y, más tarde, la voz escrita de Enheduanna, me pregunto cómo se relacionaban aquellos pueblos con la naturaleza, la vida y lo sagrado. Los estudios de Marija Gimbutas nos invitaron a mirar de otra manera las figuras femeninas de la prehistoria.
Todas estas culturas parecen compartir una misma tradición y podría existir una continuidad ininterrumpida entre ellas. Esto nos invita a seguir haciéndonos preguntas y a dejarnos inspirar por su legado.
Inanna pertenece al mundo del mito; Enheduanna, al de la historia. Una atraviesa las puertas del descenso; la otra deja su voz sobre la arcilla. Entre ambas encuentro una invitación a seguir buscando, sin idealizar el pasado ni pensar que todo lo valioso se ha perdido.
Quizá el hilo dorado no consista en encontrar una conciencia ancestral que haya permanecido intacta durante milenios, sino en escuchar aquello que todavía puede hablarnos desde tan lejos. A veces, una voz escrita hace cuatro mil años basta para recordarnos que seguimos tendiendo puentes: hacia quienes nos precedieron, hacia los demás y, también, hacia nosotras mismas.
“Señora de todos los poderes divinos, luz resplandeciente. Tú reúnes los poderes y los sostienes en tus manos.
Soy Enheduanna, la gran sacerdotisa.
¡Proclamaré tu grandeza en todas las tierras y tu gloria! “








