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Luna: "Si uno tiene un poquito más y hay alguien que no tiene, pues se puede compartir"

Luna heredó un legado de su madre: la solidaridad. Hoy, junto a sus compañeras, mantiene viva una red de reparto de ropa y otros objetos que crece a través de llamadas, donaciones, el boca a boca y la implicación de los vecinos

Por Alejandra Gutiérrez
07/10/2026 18:49 CEST
Luna: "Si uno tiene un poquito más y hay alguien que no tiene, pues se puede compartir"

Clasificación de prendas de vestir para repartir entre familias vulnerables. -Cedida por Luna-

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A Luna le basta con que alguien le escriba para que empiece todo. Puede ser un mensaje por Facebook, una conversación por Messenger, una persona que ha oído hablar de ella o alguien que, en el lugar donde trabaja, le cuenta que tiene en casa ropa que ya no utiliza. A partir de ahí, Luna recoge, carga las bolsas y se las lleva a casa. Después vendrá lo que nadie ve: abrirlas, revisar una a una las prendas, descartar lo que ya no está en condiciones, separar por tallas y edades, preparar bolsas y pensar en quién puede necesitar cada cosa. No hay un despacho, un horario de atención ni una organización detrás de ese trabajo. Hay una mujer que ha incorporado a su vida la costumbre de no dejar pasar aquello que puede servirle a otra persona.

Esa manera de relacionarse con la necesidad viene de mucho antes. Luna era una niña cuando acompañaba a su madre, que había trabajado durante años con las monjas de la iglesia, en el Real. Cuando se jubiló, su madre siguió ayudando a personas que no tenían recursos, y Luna empezó a estar cerca de aquella actividad sin saber todavía que, con el tiempo, acabaría formando parte de su propia manera de entender la vida. En casa veía cómo se buscaba aquello que podía hacer falta, cómo unas personas aportaban lo que tenían y cómo ese gesto terminaba llegando a otras. No recuerda una gran decisión detrás de aquel comienzo. Más bien una forma cotidiana de comportarse con los demás que fue aprendiendo mientras crecía.

"Lo he vivido yo en mi casa y lo he mamado en mi casa", explica ahora. La frase sirve para entender por qué, cuando habla de solidaridad, Luna no utiliza un lenguaje especialmente elaborado ni parece necesitar justificar demasiado lo que hace. Para ella, la cuestión es bastante sencilla: "Si uno tiene un poquito más y hay alguien que no tiene, pues se puede compartir". Su madre falleció hace casi nueve años, pero aquella forma de mirar no terminó con ella. Luna siguió haciéndolo y, con el paso del tiempo, aquello que había aprendido se convirtió en una parte estable de su vida adulta. Un legado que continúa de forma silenciosa y laboriosa cada día de su vida.

Ahora son muchas las personas que llegan hasta ella. Algunas saben de su labor porque alguien se lo ha contado; otras han coincidido con ella en el trabajo y han decidido guardar la ropa que ya no utilizan; otras aparecen porque una familia a la que ayudaron anteriormente les ha dado su contacto. La red se extiende de una conversación a otra, sin anuncios ni grandes campañas. Es, sobre todo, el boca a boca el que alimenta este camino de apoyo y solidaridad entre diferentes personas. Alguien tiene ropa. Luna la recoge. Ella y sus compañeras la revisan y clasifican. Después esas prendas terminan en manos de personas que las necesitan. La secuencia se repite y, con cada llamada, se incorporan nuevas personas a una cadena en la que casi nadie conoce el conjunto completo de lo que está ocurriendo.

Luna suele encargarse de las recogidas porque dispone de algo más de tiempo que sus compañeras, pero el trabajo no termina cuando las bolsas llegan a su casa. Son cinco mujeres, amigas, las que participan en esta tarea y se reparten lo que pueden. Clasifican, preparan los paquetes y buscan la manera de hacer llegar cada cosa a un hogar que lo requiere. Si una de ellas no puede pasar la frontera, otra ocupa su lugar. Si alguien recibe el aviso de una familia que necesita zapatos, ropa para los niños o uniformes escolares, lo comparte con las demás. No tienen una estructura formal que las obligue a estar ahí. Tienen, sobre todo, la confianza que han ido construyendo. "Somos una piña", dice Luna, y lo cuenta como quien describe una manera de organizarse que ya forma parte de la rutina y su forma de estar en el mundo.

 

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La suya, además, es una rutina llena de horas. Trabaja en el sector de la limpieza y se levanta a las seis de la mañana. Antes de salir de casa tiene que sacar a su perra, alimentar a sus gatos y pasar por las colonias que cuida. Después llega el trabajo, el regreso a casa y de nuevo los animales, las tareas domésticas, los mensajes y las recogidas. Si aparece una bolsa de ropa, hay que buscar un momento para ir a por ella. Si una compañera avisa de una necesidad, hay que preparar lo que haga falta. Lo llamativo es que, después de enumerarlas, no habla de cansancio como la razón para detenerse, sino de la satisfacción que encuentra en todo aquello que construyen.

Una parte de las donaciones se queda en Melilla y otra cruza la frontera hacia Marruecos. Llevan ropa, zapatos, juguetes, pañales para bebés y adultos y todo aquello que pueden trasladar. No siempre es posible. Hay objetos grandes que no pueden pasar y otras veces tienen que buscar una vía diferente para enviarlos. Han conseguido hacer llegar alguna silla de ruedas y otros enseres, pero buena parte de su trabajo está compuesto por cosas mucho más pequeñas. Objetos cotidianos que, fuera de su contexto, pueden parecer poca cosa y que, en determinadas casas, adquieren una importancia completamente distinta.

Luna conoce esa diferencia porque la ha visto. Cuando habla de Marruecos, no comienza por cifras ni por explicaciones generales, sino por las personas que encuentra durante sus desplazamientos. Recuerda a niños pequeños por el camino, con unas chanclas rotas, unas zapatillas agujereadas o camisetas gastadas. Recuerda también a personas mayores que siguen trabajando en la calle para conseguir unas monedas. Una de las imágenes que más le ha quedado es la de una persona de edad muy avanzada vendiendo pequeñas bolsas de ajos por veinte céntimos. Veinte céntimos. Una cantidad mínima para quien puede permitirse pagarla sin pensarlo y que, para aquella persona, podía significar volver a casa con algo más de dinero. Luna dice que esas escenas le encogen el alma porque le hacen pensar en sus propios padres y abuelos, en una edad en la que uno debería estar en otro lugar y no intentando conseguir unas monedas para poder comer.

Es en esos momentos cuando su idea de la solidaridad adquiere una dimensión muy concreta. No piensa que vaya a solucionar una situación de pobreza con una bolsa de ropa, ni que un pequeño juguete pueda cambiar la vida de un niño. Lo que ve es algo más inmediato: una criatura que recibe algo que no tenía y que, durante unos minutos, se pone contenta o cubre una necesidad que la familia no puede afrontar. Ahí es donde sitúa su propia recompensa. "Esa satisfacción, esa alegría, esa sonrisa de ese niño, de esa niña, esa es la mayor satisfacción que yo tengo."

No hace diferencias entre quienes reciben esa ayuda. Luna lo dice de manera tajante cuando explica que no le importa la religión, la cultura, la etnia o la procedencia. "A mí lo que me importa es la persona", afirma. En una ciudad donde la frontera forma parte de la vida cotidiana y donde las diferencias entre un lado y otro pueden ocupar buena parte de las conversaciones, ella habla de una necesidad que no entiende de esas divisiones. Una familia que no tiene para comprar ropa; necesita ropa. Un niño que no tiene zapatos; necesita zapatos. Una persona que no puede comprar alimentos; necesita comida. Puede ocurrir en Melilla, en Marruecos o en cualquier otro lugar del mundo. Para Luna, el punto de partida no está en quién es esa persona, sino en lo que le está ocurriendo.

También cree que nadie está completamente a salvo de encontrarse algún día en una situación distinta. Lo dice pensando en las familias que han perdido estabilidad, especialmente después de la pandemia y de los años posteriores, y en la facilidad con la que las circunstancias pueden cambiar. "Podemos estar muy altos y mañana caer", señala. Ella sabe que las personas que hoy pueden trabajar, pagar una casa y llenar la nevera también pueden atravesar una dificultad. Por eso insiste en que ayudar cuando se puede no debería ser algo extraño. No habla de grandes cantidades. Algo que a una persona le sobra puede resolver una necesidad concreta en otra casa.

La red que sostiene todo esto ha ido creciendo precisamente así, a través de pequeños gestos de personas corrientes. Luna cuenta que cada vez reciben más contactos y que las donaciones también han aumentado. Pero cuando habla de ese crecimiento vuelve a quitarse protagonismo y se sitúa en el problema y en las personas. Ella recoge buena parte de las cosas porque es quien tiene algo más de tiempo; sus compañeras apoyan en el resto y las personas donantes permiten que lleguen a cubrirse algunas necesidades de otras personas. Si una de sus compañeras no puede ir a la frontera, otra lo hace. Si una persona necesita algo y una de ellas no puede atenderla, la información circula hasta encontrar quién pueda hacerlo. No hay turnos ni una obligación escrita. Hay una disponibilidad que se ha ido consolidando con el tiempo y una forma de mirar la realidad social profundamente comprometida.

Y hay también cansancio. Las cinco tienen sus trabajos y sus propias vidas. Luna trabaja muchas horas en un sector que describe como duro y, aun así, cuenta que ninguna se ha echado atrás cuando ha tocado esperar durante horas o hacer un desplazamiento después de una jornada larga. Lo dice casi con humor: pueden estar "reventadas del trabajo", pero siguen. La frontera, las bolsas, la clasificación, los desplazamientos forman parte de una segunda jornada que empieza cuando termina la primera. No parece que ninguna de ellas lo viva como una heroicidad. Simplemente, lo hacen y están comprometidas con lo que hacen.

Luna no habla de reconocimiento social ni de cambiar grandes estructuras. Tampoco dice que quiera que su trabajo sea conocido, prefiere el anonimato y la forma de solidaridad que han realizado hasta la fecha, entre la colaboración de las personas que donan y ellas que recogen y entregan. Habla de algo mucho más básico. Ojalá pudiera existir una forma de evitar que las personas pasaran por determinadas necesidades. Ojalá todos los niños tuvieran comida, ropa y zapatos. Ojalá las familias pudieran tener cubierto lo esencial. "Ojalá tuviese yo una varita mágica y dijera, vamos a arreglar un poquito el mundo", dice. Y enseguida concreta ese deseo: poder ayudar a que las personas tuvieran, al menos, sus necesidades básicas cubiertas.

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