Durante veinte años, David Saavedra formó parte de una agrupación nazi. Salma Halifa vivió su propio proceso de radicalización desde otro lugar, dentro de un entorno marcado por una interpretación salafista del islam. Sus historias podrían parecer, a primera vista, irreconciliables. Sin embargo, cuando se escucharon por primera vez, ambos reconocieron algo familiar en el relato del otro. No una ideología compartida, sino un proceso. La necesidad de pertenecer, la búsqueda de respuestas, la sensación de haber encontrado una verdad capaz de ordenar el mundo, el cierre progresivo sobre un grupo y, finalmente, el derrumbe de las certezas. De esa coincidencia nació Abriendo Brecha, una asociación constituida en España hace un año que este mes de octubre realizará su presentación oficial y que durante estos primeros meses ha ido construyendo una estructura de acompañamiento y prevención de la radicalización.
El encuentro entre ambos comenzó, en realidad, mucho antes de conocerse. Salma estaba en casa, haciendo las tareas domésticas, cuando puso un pódcast en el que David contaba su historia. Después de su salida del movimiento nazi, un proceso solitario y doloroso en el que llegó a querer suicidarse, había comenzado a hablar públicamente de su experiencia. Primero en televisión y después en un extenso pódcast de varias horas en el que reconstruía su entrada en el movimiento, los años que pasó dentro y el proceso de salida. Salma escuchaba mientras barría y fregaba. Poco a poco, empezó a reconocerse en aquella historia.
La reacción la desconcertó. "¿Por qué me estoy sintiendo identificada con un exnazi? No tiene sentido, ni pies ni cabeza", recuerda que pensó. Precisamente aquella incomodidad fue la primera señal de algo que todavía no sabía nombrar. Buscó más información sobre David, descubrió que había publicado Memorias de un exnazi y quiso leerlo. El libro acabó llegando a sus manos como regalo de cumpleaños de su hermana. Después, una dedicatoria publicada en Instagram propició un primer contacto con David. El encuentro personal llegaría más tarde, en Alicante, durante un congreso de la Asociación Iberoamericana de Investigación del Abuso Psicológico (AIIAP), al que ambos acudieron desde trayectorias completamente distintas.
Salma había decidido presentar allí su propia historia. David asistió como oyente. Después de escucharla, se acercó y le propuso ir a comer. "Lo que tú has contado es lo que yo viví", le dijo. Salma le respondió que justamente por eso estaba allí: al escucharle a él había pensado que sus experiencias eran, en muchos aspectos, la misma. David ya había recibido mensajes de personas procedentes de otras ideologías que también se habían reconocido en su relato. Había algo que trascendía la doctrina concreta. "Aquí hay algo que no estamos viendo", comenzaron a plantearse.
Ese algo tenía que ver con el proceso de radicalización más que con la ideología que finalmente lo ocupa. "La ideología es lo de menos", explica Salma que llegó a concluir David. Ambos habían entrado en esos mundos durante la adolescencia, en una etapa marcada por las preguntas que aparecen cuando uno empieza a construir su propia identidad: por qué estamos aquí, qué sentido tiene la vida, dónde encajamos, quiénes son los nuestros. También compartían una intensa necesidad de conocer y de buscar respuestas.
Los detonantes fueron distintos. David quedó fascinado de adolescente al ver un documental sobre Hitler que sus padres estaban viendo en casa. Le llamó la atención la estética, la organización, la dimensión de aquella maquinaria. Cuando preguntó quién era aquel hombre y su padre le respondió que era "un loco", él se quedó con otra impresión: alguien capaz de construir todo aquello, pensó, no podía ser simplemente un loco. En el caso de Salma, el punto de partida fue una escena aparentemente menor en el instituto. Una compañera salió llorando de clase después de que un profesor le pidiera que se descubriera las orejas durante un examen y ella se negara a hacerlo. Salma no sabía qué había detrás de aquella negativa ni si la chica estaba copiando. Lo que le llamó la atención fue precisamente la desproporción que percibió en aquel momento: no entendía que algo que para ella era tan sencillo como enseñar las orejas pudiera convertirse en un motivo para no realizar un examen. "Son solo unas orejas", pensó. Aquella escena despertó su curiosidad y comenzó a hacerle preguntas. A partir de ahí, empezó a investigar.
Internet fue una pieza decisiva para ambos. Foros, búsquedas y comunidades ofrecían un lugar donde profundizar en aquello que despertaba su curiosidad. Allí encontraron personas dispuestas a explicarles más, a responder sus preguntas y a proporcionarles un marco cada vez más completo para interpretar el mundo. La curiosidad, en sí misma, no era el problema. Lo era el modo en que esa búsqueda podía acabar encerrada en una única dirección. "El problema es que siempre lees libros de ese corte. No hay espacio para otro", explica Salma. La información deja entonces de abrir ventanas y empieza a construir paredes. "De repente toda tu vida pasa por el filtro de eso", sostiene.
La psicóloga Laura Merino, integrante también de Abriendo Brecha y especialista en grupos coercitivos, les ha ayudado a mirar aquella etapa desde otra perspectiva. Salma recuerda una de sus ideas recurrentes: quienes han pasado por un proceso de radicalización suelen hablar como si toda la responsabilidad hubiera sido exclusivamente suya, como si hubieran llegado hasta allí por una decisión aislada. Pero el discurso ya existía. Había una estructura esperando, unos relatos disponibles, unas comunidades capaces de acoger determinadas inquietudes y convertirlas en certezas. La persona participa en el proceso, pero no lo hace en el vacío.
Después aparece la familia. La certeza recién adquirida no se queda dentro de uno mismo. Se quiere compartir, convencer. "Hacer proselitismo", resume Salma. Llegan los enfrentamientos con quienes no ven el mundo de la misma manera y, poco a poco, se consolida una frontera entre un "nosotros" y un "ellos". En su caso, recuerda haber vivido aquella etapa como un momento de plenitud. Tenía respuestas, tenía una estructura y tenía una sensación de seguridad que hoy, desde fuera, resulta difícil explicar. "Me daba igual lo que me pasara ya, porque sabía que todo iba a ir bien", recuerda. La certeza podía resultar reconfortante precisamente porque eliminaba la incertidumbre.
Ese mecanismo, sostiene, atraviesa ideologías muy diferentes. El grupo puede ser religioso, político o conspiracionista. Cambian los contenidos, pero determinadas dinámicas se repiten. La persona empieza a organizar alrededor de la causa no solo sus ideas, sino su manera de vestir, de hablar, de relacionarse, de leer, de comer o incluso de interpretar los vínculos afectivos. "Todo lo que haces pasa por ahí", dice Salma. La diferencia entre defender una idea y vivir radicalizado, en su opinión, está en ese desplazamiento: cuando la idea deja de ser una parte de la vida y empieza a ocuparla entera.
Su propia experiencia le permitió reconocer el momento en que una interpretación religiosa comenzó a convertirse en algo mucho más absorbente. Salma insiste en una distinción que considera fundamental: "Una ideología o una creencia no es radical por sí misma". Hay personas que viven su religión o su pensamiento político de forma compatible con su vida cotidiana y con la convivencia social. El problema aparece cuando el dogma empieza a regular cada pequeño gesto e impregna toda percepción del mundo como una verdad única. Entrar en casa con una pierna concreta, salir con la otra, determinadas súplicas, una forma específica de dormir, restricciones sobre las imágenes o una vigilancia constante sobre las acciones cotidianas formaron parte de su proceso. Lo que inicialmente puede presentarse como una guía termina ocupando cada rincón de la existencia.
Salir de ahí tampoco fue un instante. Salma explica que le cuesta establecer una fecha precisa porque tanto la entrada como la salida tienen diferentes intensidades. En su caso, uno de los primeros movimientos de ruptura fue marcharse a Granada para estudiar. Antes había recibido una visión muy idealizada del matrimonio y de la vida que debía llevar. Cuando empezó a experimentar aquella realidad, descubrió que no le convencía. Necesitaba algo más. Después llegó la distancia física de Melilla, la salida del espacio conocido, el encuentro con personas distintas y la aparición de una pregunta que terminó abriendo una grieta en el sistema de certezas: "¿Y por qué esta gente tiene que ir al infierno?". Si había personas fuera de su grupo que le parecían maravillosas, algo no encajaba.
Para Salma, hacerse preguntas fue una señal decisiva. La duda, que durante años había podido parecer una amenaza, comenzó a convertirse en una herramienta de salida. El problema es que cuando una certeza absoluta se derrumba, no aparece automáticamente otra estructura que la sustituya. "Llegó un punto que ya me daba miedo opinar", cuenta. Había creído durante años en una cosa y, cuando esa cosa dejó de sostenerse, tampoco sabía qué podía creer. Pasó de saberlo todo a sentir que no sabía nada.
En ese derrumbe aparece otro elemento que ambos comparten: la identidad. Durante la adolescencia, explica Salma, una persona va probando quién quiere ser. Cambia de ropa, de amistades, de gustos, de palabras, de espacios. Ensaya posibilidades hasta construir una identidad propia. Un proceso de radicalización puede interrumpir esa exploración y sustituirla por una identidad ya configurada desde el grupo. Cuando llega la salida, hay que reconstruir lo que quedó detenido. "No sé lo que me gusta, no sé nada", recuerda haber pensado.
David encontró en cambio una vía de salida a través de una persona que conoció en Facebook. Era alguien que no compartía su ideología, pero que decidió escucharlo. No intentaba ridiculizarlo ni enfrentarse a él constantemente. Le hacía preguntas. Esa diferencia resulta central para Salma: una persona radicalizada suele vivir rodeada de un entorno que confirma continuamente sus ideas. Si todos piensan igual, la convicción se refuerza. Una conversación diferente, mantenida sin agresividad, puede introducir una grieta.
Esa experiencia está en el origen de una de las principales líneas de trabajo de Abriendo Brecha: el acompañamiento. No se trata de una intervención psicológica ni de convencer a nadie de abandonar una ideología o su forma de percibir la realidad. Se trata, explica Salma, de estar ahí cuando alguien empieza a hacerse preguntas y necesita hablar. La asociación cuenta con personas que han atravesado procesos similares y que pueden acompañar a quienes se encuentran en esa fase de dudas. Actualmente hay tres acompañamientos activos, aunque la asociación todavía está definiendo cómo desarrollar esta tarea sin causar perjuicio a quienes acompañan. Para ello cuentan también con un equipo de psicólogos y están valorando recibir formación específica.
La estructura de la asociación todavía es joven, pero ya reúne a más de una veintena de personas que trabajan activamente. A ellas se suman los socios. Hay un área de profesorado que prepara materiales y un programa de charlas dirigido a centros educativos. Muchos institutos ya se han puesto en contacto con la asociación. La intención es trasladar a las aulas herramientas de prevención, especialmente entre adolescentes, antes de que determinadas dinámicas terminen consolidándose.
También hay una dimensión interna. Abriendo Brecha organiza dos jornadas al año en las que sus miembros se reúnen durante un fin de semana. El objetivo no es solo trabajar, sino encontrarse. La asociación tiene carácter nacional y sus integrantes viven en diferentes puntos de España; durante el resto del año mantienen reuniones mensuales por internet. Compartir físicamente un espacio permite poner en común experiencias y comprobar que los puntos de conexión no terminan en la historia de David y Salma. Al sentarse junto a alguien que viene de otro proceso de radicalización, el reconocimiento puede resultar todavía más revelador.
Dentro de la asociación hay personas procedentes del anarquismo, de los Testigos de Jehová y de otros movimientos y contextos. También hay bastantes personas con experiencias cercanas a la extrema derecha, en parte por la visibilidad de David. Salma bromea junto a su compañero con que a veces hay "demasiado nazi" en la asociación y que David necesita ayuda para repartir esa atención entre otros perfiles. Pero precisamente esa diversidad constituye una de las razones de ser del proyecto: poner en la misma mesa a personas que defendieron ideas radicalmente diferentes y observar cómo, por debajo de esas diferencias, aparecen experiencias comunes.
La radicalización, insiste Salma, tampoco responde necesariamente a la pobreza, a la exclusión o a una familia desestructurada. Tanto ella como David crecieron en familias relativamente estructuradas, de clase media, con padres y madres trabajadores y sin afiliación previa a las ideas mantenidas por sus hijos. La imagen del radical como alguien necesariamente vulnerable, ignorante o fácilmente manipulable resulta demasiado sencilla. "A veces es todo lo contrario", afirma. Puede tratarse de personas inquietas, curiosas, con una gran necesidad de conocer y entender. El problema aparece cuando toda esa curiosidad termina alimentándose de una única fuente.
Por eso la adolescencia ocupa un lugar central en la prevención. Es una etapa de exposición, búsqueda y construcción de identidad en la que determinados discursos pueden adquirir una fuerza especial. Salma observa actualmente la penetración entre jóvenes de discursos vinculados a la extrema derecha y el machismo exararcebado, en comunidades Incel y en determinados entornos digitales asociados a los llamados "gym bros" o "crypto bros". Son espacios que pueden ofrecer respuestas sencillas a malestares complejos, especialmente cuando un adolescente siente que se le acusa o se le señala por formar parte de un determinado grupo. La respuesta radical puede presentarse entonces como una forma de recuperar control, pertenencia o reconocimiento.
Las redes sociales multiplican esa exposición. Un discurso bien construido, pronunciado con seguridad y presentado ante una cámara puede producir una impresión de conocimiento que no siempre resiste un análisis más detenido. Un adolescente puede escuchar a alguien que utiliza palabras contundentes, parece saber de lo que habla y ofrece explicaciones para todo, y pensar: "¡Guau, qué listo!". A partir de ahí empieza a buscar más. El algoritmo hace el resto: una respuesta lleva a otra, una comunidad conduce a otra y el mundo comienza a estrecharse sin que exista necesariamente un momento concreto en el que la persona sea consciente de que está cruzando una frontera.
Abriendo Brecha quiere intervenir precisamente antes de que esa frontera se vuelva demasiado difícil de atravesar. Su apuesta parte de una idea que atraviesa toda la conversación con Salma: radicalizarse no equivale necesariamente a ejercer violencia. Una persona puede encontrarse profundamente encerrada en una ideología sin haber cometido un acto violento. Del mismo modo, una forma de vestir, una creencia religiosa o una posición política no constituyen por sí mismas una prueba de radicalización. "Hay que diferenciar muy bien entre tener una idea o una creencia y ser radical", insiste. "No es para nada lo mismo".
La distinción también afecta a la respuesta institucional. Salma considera que abordar la radicalización únicamente desde la seguridad puede resultar insuficiente e incluso contraproducente. Cuando una persona que ya siente que existe un "ellos contra nosotros" recibe una respuesta exclusivamente punitiva, puede interpretar el castigo como una confirmación de sus creencias: "¿Veis cómo son ellos contra nosotros? ¿Veis cómo yo tenía razón?". La intervención, sostiene, debería incorporar también espacios de conversación, acompañamiento y contraste.
La asociación quiere contribuir además a mejorar la comprensión de estos procesos desde el ámbito académico y profesional. En su directiva cuenta con especialistas de diferentes áreas, entre ellas el derecho penitenciario. La intención es que la prevención y el conocimiento puedan ofrecer herramientas más precisas a quienes trabajan sobre el terreno y evitar que determinados signos externos se conviertan automáticamente en indicadores de radicalización. Una apariencia, una prenda, una publicación aislada o una determinada expresión no explican por sí solas el proceso complejo que hay detrás de una persona radicalizada.
El trabajo con los centros educativos es, en este momento, una de las apuestas principales. En Cantabria ya han puesto en marcha un proyecto con una comisión de profesorado orientada a la prevención de la violencia y los delitos de odio. Abriendo Brecha participará durante cuatro años en ese proyecto, con formación para docentes y actividades dirigidas al alumnado. Salma habla de él con entusiasmo y lo imagina como un modelo que pueda extenderse a otros lugares, también al sur de España y, especialmente, a Melilla.
La presentación oficial de Abriendo Brecha tendrá lugar este 24 octubre en Madrid, aunque la asociación lleva un año trabajando para llegar hasta aquí. Su recorrido apenas comienza. Hay una página web pensada para dos públicos: profesionales interesados en la prevención y personas que simplemente empiezan a hacerse preguntas. Hay acompañamiento para quienes necesitan hablar de su proceso y una estructura destinada a llevar la prevención a las aulas. Y hay, también, una experiencia que sus integrantes consideran difícil de explicar desde fuera: la de descubrir que una persona situada en el extremo ideológico contrario puede haber recorrido un camino sorprendentemente parecido.
Quizá ahí esté la brecha que la asociación pretende abrir. No entre unas ideas y otras, sino dentro de las certezas absolutas. En ese espacio pequeño en el que aparece una pregunta. En el instante en que alguien que durante años creyó tener todas las respuestas se atreve, por primera vez, a decir "no sé". Para Salma, esa duda no fue el final de nada. Fue el comienzo de la salida.








