"La vida son las personas. La ciudad es la ciudadanía. Melilla la hacen los ciudadanos y el IWA lo hace su público". Borja Ramón no necesita demasiadas palabras para explicar qué hay detrás del festival que dirige. Después de cinco ediciones, cuando toca hacer balance, el director del IWA vuelve una y otra vez al mismo lugar: las personas que han pasado por el Fuerte de Victoria Grande, las familias que han compartido un concierto, los jóvenes que han descubierto una propuesta artística, los artistas que han llegado desde otros territorios y se han marchado embelesados con Melilla. Para Ramón, ahí está una parte esencial del crecimiento del festival: una programación de calidad y la capacidad de generar vínculos entre quienes viven en la ciudad y quienes llegan hasta ella a través de la cultura.
La valoración general de Ramón es positiva. Considera que el festival continúa creciendo tanto en repercusión cultural como en público y destaca especialmente la diversidad de culturas y territorios que han pasado por Melilla este año. Cada edición, explica, tiene su propia personalidad y todas han contado con propuestas artísticas que considera equilibradas y de calidad. La singularidad de esta quinta edición está, sobre todo, en la cantidad de territorios, culturas, géneros y estilos musicales reunidos en torno a una misma programación. Una variedad que encaja con la propia concepción del IWA: un festival que busca que Melilla sea punto de encuentro entre distintas realidades culturales y que utiliza su posición geográfica e histórica como una oportunidad.
Pero el festival no se construye solamente durante los días en los que el público ocupa el Fuerte. Ramón insiste en que el IWA es un proyecto que se trabaja durante todo el año. Cuando una edición termina comienza el cierre económico y administrativo, pero al mismo tiempo empiezan a revisarse las propuestas que podrían formar parte de la siguiente. La organización mantiene un archivo de alrededor de 200 proyectos y artistas que considera que pueden encajar en la narrativa del festival. Son propuestas que se estudian, se escuchan y se siguen durante meses hasta finalmente quedar adscritas al cartel. Por eso, cuando llega una nueva edición, las decisiones no nacen de una búsqueda improvisada, sino de un trabajo previo de seguimiento y selección.
Cada edición comienza su programación antes del fin de semana de conciertos en el Fuerte. Esta quinta edición, y como ya es habitual tras tres ediciones consecutivas, el pasado 19 de septiembre tuvo lugar la Pre Party en colaboración con Amlega cambiando por primera vez de ubicación. Este año se celebró en Batería Real y ambas organizaciones valoraron muy positivamente el ambiente, así como la zona patrimonial que acogió la inauguración del festival. Posteriormente, llegaron las actividades vinculadas a la UNED, antes de los dos días centrales de conciertos celebrados el 25 y 26 de septiembre. Esa estructura es importante para Ramón porque permite que el festival no quede reducido a dos jornadas de conciertos. El IWA se extiende por distintos espacios, hacia diferentes públicos y a través de una diversidad de lenguajes. Y esa amplificación es, precisamente, una de las líneas que el director siente plenamente consolidadas en la trayectoria del festival.
La colaboración con la UNED ocupa un lugar especialmente importante en ese colaboración con otras entidades. Ramón la define como un apoyo fundamental y recuerda que la institución está vinculada al festival prácticamente desde sus orígenes. Recuerda a Ángel Castro, fallecido, y valora que el actual director, Juan Luis Ramos, haya dado continuidad a esa línea de trabajo. Para el director del IWA, la relación con la UNED permite introducir una dimensión educativa y didáctica que considera imprescindible: el festival no es únicamente música o creatividad, sino también cultura, conversaciones, educación, investigación social y nuevas formas de acercarse al arte. Un objetivo compartido con la institución académica y el tipo de programación que emana de ella a lo largo de todo el año.
Durante las actividades destinadas a los centros educativos, varios institutos pudieron acudir a las sesiones matinales y encontrarse con propuestas que normalmente no forman parte de su experiencia cotidiana. La intención, explica Ramón, es que los jóvenes puedan descubrir el ecosistema cultural que existe en Melilla y entender que la cultura no es algo que necesariamente tenga que ocurrir fuera de la ciudad. Para ello existe una comunicación directa con los centros, de manera que la programación pueda tener un componente didáctico y no sea simplemente una sucesión de actividades o actuaciones.
Uno de los ejemplos de esa filosofía fue Electroverdiales, una propuesta que llevó a la UNED una reinterpretación contemporánea del folclore malagueño. La mezcla entre tradición, electrónica, imagen y nuevos lenguajes permitía mostrar a los estudiantes que una manifestación cultural vinculada a la memoria y a una tierra concreta también puede transformarse y dialogar con la creación contemporánea. Para Ramón, ese tipo de propuestas encaja con la vocación del IWA: traer a Melilla proyectos que quizá no tendrían otro espacio para llegar hasta aquí y, al mismo tiempo, explicar por qué tienen sentido dentro de una ciudad marcada por el intercambio cultural.
En esa misma programación apareció Tarta Relena, cuya propuesta Ramón destaca de manera especial. El dúo trabaja con diferentes lenguas y tradiciones vocales y establece una relación muy particular con la oralidad mediterránea. Para el director del IWA, ese tipo de actuación permite acercar a Melilla una forma distinta de entender la música y, sobre todo, demuestra que las conexiones culturales pueden construirse desde lugares aparentemente muy diferentes. La actuación se convirtió además en una de las actividades que acompañaron el trabajo de difusión del festival fuera de la ciudad, hasta el punto de que Radio 3 realizó un programa desde la propia UNED de Melilla hablando específicamente del festival melillense.
La educación no se limita, sin embargo, al cine o a los conciertos. Este año el festival también quiso probar otros formatos. Ramón explica que en anteriores ediciones algunos talleres habían tenido un carácter más didáctico, con explicaciones y partes prácticas, por ejemplo vinculadas a herramientas de creación musical. Esta vez la intención era diferente: que el público no se limitara a escuchar o aprender, sino que entrara directamente en la actividad y formara parte de ella. El taller de danza contemporánea desarrollado con Marina Varem responde a esa búsqueda. Para el director, experimentar con este tipo de formatos permite ampliar la relación con el público y comprobar que el festival puede ser también un espacio de participación y seguir experimentando nuevos formatos que incorporar a su programación.
El cine cumple una función similar. La programación incluyó "Ciudad sin sueño" y "Congo Boy", dentro de una selección que buscaba combinar calidad artística, interés temático y capacidad para llegar a públicos diferentes. Ramón explica que el objetivo es que las películas funcionen tanto para los centros educativos como para las sesiones abiertas al público. De esta manera, el cine se incorpora al mismo discurso que la música o la conversación: ofrecer a Melilla propuestas que conecten con debates y realidades que tienen una dimensión nacional e internacional.
Colaboraciones y patrocinios
Para Ramón, esa capacidad de conectar territorios se ha visto reforzada por el aumento de las colaboraciones institucionales. Casa Árabe, Goethe-Institut, AECID y otras entidades han ido acercándose al festival. El director interpreta esa evolución como una señal de que el proyecto está dejando de ser percibido únicamente como una iniciativa cultural local. Estas alianzas, explica, permiten elevar las posibilidades del IWA y construir puentes entre territorios, instituciones, artistas y públicos. Y el trabajo no termina ahí: ya existen conversaciones con nuevas instituciones de cara a la próxima edición. Un trabajo de fondo que, año tras año, va ampliando el alcance del festival y su visibilidad.
En esta edición, además, IWA ha recibido el respaldo del Ministerio de Cultura dentro de una convocatoria competitiva para festivales de música, lírica y danza. Para Ramón, el valor de esta ayuda va más allá de la aportación económica. Le da importancia al hecho de que un festival nacido en Melilla pueda competir con proyectos de todo el país y ser considerado merecedor de ese apoyo. Lo entiende como una razón para que la propia ciudad se sienta orgullosa de lo que está ocurriendo y como una confirmación de que el IWA puede tener una dimensión que trasciende el ámbito estrictamente local y se encuentra en el foco de distintas entidades nacionales e internacionales a pesar de las dificultades logísticas y territoriales que pesan sobre el mismo.
La financiación privada sigue siendo, sin embargo, uno de los asuntos pendientes. Ramón explica que la búsqueda de marcas, aerolíneas y empresas de servicios colaboradoras ocupa parte de su trabajo durante todo el año. La situación geográfica de Melilla introduce una dificultad añadida. Para una empresa, apostar por un festival en la península puede resultar más sencillo cuando existen referencias consolidadas y cuando la movilidad del público es más fácil. En Melilla hay que explicar más, convencer más y demostrar que la inversión puede generar un retorno.
El director no oculta esa dificultad, pero tampoco plantea el crecimiento como algo inmediato. Es progresivo. Hay que conseguir que las empresas comprendan que apoyar el IWA puede tener una repercusión real y que el festival puede devolver a la ciudad y a sus colaboradores una parte cada vez mayor de lo que recibe. La idea es que el crecimiento sea sólido y que, con el tiempo, el retorno que genera el festival para Melilla sea mayor que la inversión que la ciudad realiza.
Público foráneo
En esa ecuación aparece uno de los grandes objetivos para las próximas ediciones: conseguir que vengan más personas desde fuera. Ramón cuenta que, desde que comenzó la venta de entradas hasta los días del festival, la página web registró prácticamente 10.000 usuarios únicos. El dato demuestra que existe interés, pero también plantea una pregunta: ¿cómo conseguir que esa persona que entra en la web dé el siguiente paso? Que compre una entrada, que busque un vuelo, que reserve un alojamiento y que decida quedarse en Melilla varios días.
La distancia es una de las principales dificultades. El festival puede atraer artistas internacionales y generar atención en distintos territorios, pero conseguir que el público realice el mismo desplazamiento requiere tiempo y planificación. Ramón considera fundamental que la venta de entradas pueda comenzar mucho antes y que la programación se conozca con suficiente antelación. Su objetivo es que varios meses antes del festival una persona de fuera pueda disponer de toda la información necesaria para organizar un viaje. Para ello, explica, también necesitan que los tiempos administrativos y de comunicación se adapten a las necesidades reales del festival.
Ese público externo es importante, pero no sustituye al público local. De hecho, Ramón considera que la ciudadanía de Melilla, y la particularidad de la ciudad, es la base sobre la que se construye todo el proyecto desde el inicio. El festival puede traer propuestas internacionales, pero son las personas que acuden a ellas las que terminan dándoles sentido. Y uno de los aspectos que más valora de estas jornadas es precisamente la convivencia entre generaciones: padres con hijos, abuelos con nietos, grupos de amigos y personas que descubren por primera vez determinadas propuestas. IWA ofrece una puerta abierta a los melillenses, y son ellos mismos quienes potencian la propia atmósfera que se genera en el marco del festival.
El Fuerte de Victoria Grande tiene mucho que ver con esa experiencia. Ramón habla de la transformación del recinto durante el festival y de cómo la decoración, los espacios de los artistas, el backstage y la propia arquitectura del lugar terminan formando parte de la experiencia. No es únicamente un escenario. Es un espacio patrimonial que cambia durante unos días y permite que la música, la cultura y la historia de Melilla convivan en un mismo lugar.
También la distribución de los espacios busca ofrecer distintas maneras de vivir el festival. La zona principal concentra los conciertos, mientras que otras áreas permiten una experiencia más alternativa, con la música de fondo, conversación y momentos de descanso. Ramón considera importante que el público pueda decidir cómo quiere disfrutar: escuchar atentamente un concierto, moverse por el recinto, encontrarse con amigos, acudir en familia o simplemente dejarse llevar por el ambiente genuino, cercano y familiar que se produce en el interior del recinto.
Y ese ambiente, explica, no lo construye únicamente la organización. Lo construye la gente. Ramón destaca el comportamiento del público, el respeto por los espacios y la convivencia entre personas de diferentes edades. "Nunca ha habido ningún problema", señala al referirse a unas jornadas en las que, según su valoración, la ciudadanía ha sabido disfrutar de la música, el patrimonio y la cultura de una manera compartida.
Melilla; la esencia
También los artistas terminan formando parte de esa relación. Muchos llegan a Melilla después de haber escuchado hablar del IWA a través de otros artistas, agencias o profesionales del sector. Ramón explica que la experiencia suele sorprenderles positivamente. El espacio, la organización y, especialmente, la acogida hospitalaria de la ciudad forman parte de esa impresión. Muchos artistas terminan compartiendo imágenes del festival y de Melilla en sus redes sociales, convirtiéndose sin proponérselo en una vía más de difusión de la ciudad.
Para el director, esa es una de las razones por las que el festival tiene una personalidad difícil de separar de Melilla. La ciudad no es simplemente el lugar donde se celebra. Su historia forma parte del relato del IWA. El Mediterráneo, el norte de África, Europa, y España aparecen como territorios conectados por una misma condición de intercambio que se extiende, irradia y concentra vínculos hacia todos los continentes. El festival intenta convertir esa realidad social, cultural e histórica en una propuesta cultural contemporánea.
Por eso Ramón insiste en que el IWA tiene una singularidad propia. No pretende reproducir el modelo de otro festival ni convertirse únicamente en una cita musical. Su apuesta es construir un espacio en el que puedan convivir música, cine, educación, conversación y patrimonio. Y, sobre todo, en el que las propuestas internacionales puedan encontrarse con la ciudadanía de Melilla creando un vínculo que permita al festival seguir consolidándose y creciendo hacia el exterior, mientras refuerza su relación con la ciudad y sus ciudadanos.
Al final, después de hablar de artistas internacionales, instituciones, financiación, transporte, educación y futuro, Ramón vuelve a las personas. A quienes estuvieron allí. A quienes hicieron suyo el programa durante esas jornadas. A quienes descubrieron un proyecto nuevo y a quienes ya llevan cinco ediciones acompañándolos de manera incondicional. "La vida son las personas", dice. Y en esa frase queda resumida la manera en la que el director entiende el festival: como una herramienta para que Melilla se encuentre con otras culturas, pero también para que sus propios ciudadanos se encuentren entre ellos y descubran, a través de lo que llega de fuera, una parte de lo que la ciudad es y puede llegar a ser.








