El cronista oficial de Melilla, Antonio Bravo Nieto, participará este lunes en las XXIX Jornadas de Historia de Ceuta, dedicadas este año a "Ceuta y las artes. Historia, creación e investigación", con una conferencia centrada en la figura del arquitecto Andrés Galmés Nadal. Bravo compartirá la ponencia con José Luis Gómez Barceló, cronista oficial de Ceuta, y Sergio Ramírez González, investigador de la Universidad de Málaga, para profundizar en la trayectoria profesional y vital de un arquitecto cuya obra se desarrolló principalmente en Ceuta y Larache durante las primeras décadas del siglo XX y que, pese a la relevancia de sus proyectos, continúa siendo una figura poco conocida.
Los tres investigadores han decidido poner el foco en la trayectoria de un arquitecto "muy destacable, del que se conoce poco y que tiene una obra muy relevante e importante". La investigación pretende recuperar esa producción y analizar las características de un lenguaje arquitectónico fácilmente reconocible por su personalidad, además de situarlo dentro de la evolución de las corrientes artísticas que marcaron las ciudades del norte de África durante aquellos años.
Galmés desarrolló una actividad profesional doble. Por un lado, trabajaba para la Administración y el Protectorado y, por otro, realizaba encargos particulares, llegando incluso a crear empresas junto a otras personas. Esa posición le permitió desarrollar una trayectoria diversa y, al mismo tiempo, consolidar un estilo propio que puede identificarse en sus edificios.
Los años veinte constituyen un momento especialmente interesante para entender su obra. Es la etapa en la que se está gestando el art déco, pero Galmés no se limita a seguir una corriente determinada, sino que construye una propuesta personal a partir de diferentes referencias. "Él mezcla la tradición española", explica Bravo.
En sus edificios aparecen elementos relacionados con el barroco, aunque alejados de cualquier exceso ornamental. Se trata, según el cronista melillense, de un barroco "muy elegante y refinado", una característica que permite situar su arquitectura dentro del art déco. Bravo recuerda que este movimiento constituye un amplio abanico de tendencias y que Galmés desarrolla dentro de él una propuesta concreta, reconocible y de gran elegancia.
A esa combinación se suma una constante conexión con la historia. La tradición española está presente en sus composiciones y también aparecen referencias al estilo mudéjar, integradas en una arquitectura que busca conjugar pasado y modernidad. El resultado son edificios de una notable monumentalidad y con una ornamentación concebida como parte esencial de la composición.
Las fachadas, explica Bravo, incorporan trabajos de piedra artificial con decoraciones únicas, realizadas de manera artesanal y que no vuelven a repetirse. Esa singularidad tiene también una consecuencia económica: son soluciones más elaboradas y, por tanto, más caras. Galmés representa así una arquitectura vinculada a una sociedad burguesa, en la que el edificio no se concibe únicamente desde la funcionalidad, sino también desde una dimensión artística y ornamental.
En Ceuta, Bravo destaca el Edificio Trujillo como una de las obras importantes de Galmés, mientras que su presencia en Larache se extiende a edificios oficiales y otras construcciones de la ciudad. Su trabajo en ambos espacios permite observar cómo las corrientes arquitectónicas se trasladaban y adaptaban dentro del contexto del Protectorado, pero también cómo cada arquitecto aportaba su propia personalidad, dejando una impronta singular en cada obra realizada.

Porque, para Bravo, la arquitectura de este periodo no puede entenderse al margen de quienes la proyectaron. "La arquitectura depende mucho de la personalidad del arquitecto que está en cada sitio", afirma. Y esa personalidad explica, en buena medida, por qué ciudades próximas podían presentar lenguajes arquitectónicos diferentes.
Melilla constituye un ejemplo claro. La presencia de Enrique Nieto determinó que la ciudad adquiriera una marcada personalidad modernista. Ceuta y Larache, sin embargo, siguieron otros caminos, y Galmés desarrolló en ellas una propuesta distinta. Las ciudades presentan diferencias que tienen que ver con los profesionales que trabajaron en ellas, con sus referencias y, también, con su formación.
Bravo subraya que el origen académico de los arquitectos ayuda a comprender esas diferencias. Enrique Nieto procede de la Escuela de Barcelona, en un contexto marcado por el auge del modernismo catalán y por grandes maestros como Gaudí y Domènech i Montaner. Galmés, en cambio, pertenece a la Escuela de Madrid y tiene como referentes a arquitectos como Antonio Palacios.
"Cada uno se forma de una forma concreta y eso da realizaciones que son distintas", resume Bravo. La formación, la experiencia y el entorno artístico terminan conformando un acervo personal que después se refleja en la manera de proyectar. Así, aunque los arquitectos trabajan en ciudades conectadas entre sí y conocen las tendencias que circulan por otros lugares, sus edificios terminan adquiriendo un lenguaje propio.
La evolución de los estilos también puede observarse en Melilla. Bravo recuerda que Enrique Nieto comienza a incorporar elementos art déco en sus obras de finales de los años veinte. Posteriormente, la llegada de Francisco Herranz, formado en la Escuela de Madrid, introduce una arquitectura racionalista mucho más desornamentada y vinculada a la estética de la máquina. La ciudad va sumando así diferentes lenguajes y permite apreciar las diferencias entre unos autores y otros.
Incluso los ingenieros militares que participaron en la arquitectura melillense desarrollaron sus propias formas de proyectar. Bravo pone como ejemplo a Emilio Alzugaray y señala que, cuando se conoce bien una ciudad, es posible identificar al autor de un edificio por su manera de componer. "No hace falta encontrar el proyecto", explica. Cada arquitecto deja una huella reconocible que permite identificar al autor.
Ese proceso de transformación no se limita a las fachadas. También afecta a la manera de concebir los interiores. Bravo señala que en los edificios de los años treinta las habitaciones están mejor planteadas desde el punto de vista funcional, mientras que los diseños de finales del siglo XIX responden a otra concepción del espacio. La arquitectura va evolucionando hacia una mayor funcionalidad y, progresivamente, hacia una menor presencia de ornamentación.
Galmés se encuentra precisamente en ese momento de transición. Bravo define su arquitectura como prerracionalista, anterior a la llegada del racionalismo, que impondrá una concepción más estandarizada con el objetivo de hacer la arquitectura más accesible y abaratar los costes. Frente a ello, las obras de Galmés conservan una fuerte dimensión artesanal.
El cambio no es únicamente estilístico, sino también social. Frente a esa arquitectura más burguesa y elitista, el racionalismo apostará por soluciones más estándar y por elementos fabricados en serie. La arquitectura dejará progresivamente de ser una suma de piezas singulares para buscar fórmulas que puedan reproducirse con mayor facilidad.
Para Bravo, esa transformación ayuda a explicar también por qué las urbes de aquella época tenían un carácter tan singular. "Las ciudades tenían antes una personalidad muy acusada, muy fuerte", señala. Hoy, en cambio, considera que la globalización ha hecho que las ciudades tiendan a parecerse más entre sí. De vez en cuando se busca marcar la diferencia mediante algún edificio emblemático, pero la especificidad ya no se manifiesta de la misma manera que cuando cada arquitecto imprimía su propio lenguaje al paisaje urbano.
La mirada de Bravo hacia Galmés forma parte, además, de una manera de investigar que supera los límites estrictamente locales. Su trabajo sobre Melilla le ha llevado a estudiar otros territorios con fortificaciones, ensanches y arquitecturas similares. "No hay historia si no hay comparación", sostiene.
Esa necesidad de comparar le ha llevado a interesarse por Ceuta y por diferentes ciudades del norte de África, así como por las relaciones existentes entre ellas. Su campo de investigación se ha centrado en buena medida en el patrimonio español en el norte de África, un ámbito en el que, a su juicio, resulta especialmente evidente cómo la impronta española e hispana quedó reflejada en el patrimonio construido.
Comparar permite, además, evitar interpretaciones aisladas. Una ciudad puede parecer excepcional si se estudia únicamente desde dentro, pero cuando se la pone en relación con otros espacios aparecen influencias, conexiones y diferencias que permiten comprender mejor su evolución. En el caso de la arquitectura, esa comparación ayuda a seguir la circulación de estilos, influencias, conocimientos y formas de entender la ciudad.
Las XXIX Jornadas de Historia de Ceuta constituyen precisamente un espacio para ese intercambio. Bravo destaca la larga trayectoria de una cita impulsada por el Instituto de Estudios Ceutíes y en la que participan investigadores interesados en diferentes aspectos de la historia de Ceuta y su entorno. Las jornadas permiten reunir trabajos, compartir investigaciones y discutir sobre cuestiones que difícilmente pueden abordarse desde una única perspectiva.
Para el cronista oficial de Melilla, ese diálogo entre investigadores adquiere especial importancia en el estudio de un territorio que mantiene conexiones históricas con otros puntos del norte de África. La arquitectura, en este sentido, se convierte en una fuente privilegiada para seguir esas relaciones: los edificios conservan las huellas de las escuelas en las que se formaron sus autores, de las corrientes artísticas que conocieron y de las tradiciones que decidieron incorporar a sus proyectos.








