Se celebra este domingo la 112 Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado. El mensaje del Papa León XIV nos invita este año a fijar nuestra mirada en el corazón mismo del Evangelio a través del lema: «Incluso uno solo de estos pequeños».
Con estas palabras de Jesús, la Iglesia pone en el centro de nuestra oración y compromiso el rostro más vulnerable de la movilidad humana: los niños, niñas y adolescentes migrantes, de manera muy especial aquellos menores no acompañados que se ven obligados a dejar su hogar a causa de la pobreza o la violencia.
En el evangelio de hoy Jesús se dirige a las autoridades religiosas y políticas (sacerdotes y ancianos), y les cuenta la parábola de un hombre que tiene dos hijos y les dice a cada uno que vaya a trabajar a la viña. El primero le contesta: “No quiero”. Pero después se arrepintió y fue. El segundo le contesta: “Voy, señor”. Pero no fue. ¿Quién de los dos cumplió la voluntad de su padre?
Esta es la pregunta que nos lanza hoy Jesús. Lo importante es hacer lo que el padre desea. La fuerza de la sencillez de la parábola nos cuestiona a todos nuestro modo de vida. Lo importante no rádica en las apariencias, envueltas en palabaras que incluso pueden ser bonitas o piadosas, acompañadas a menudo de una actitud de seguirdad y de superioridad frente a los demás. No importa el estatus social o el cumplimiento de determinadas prácticas, que pueden ser buenas pero que por sí sola pueden no conducen a vivir conforme al corazón del Padre que tiene entrañas compasivas.
El profeta Ezequiel nos orienta en el camino que nos lleva a realizar la voluntad de Dios. Nos invita a recapacitar sobre nuestro estilo de vida y nos llama a la conversión para practicar el derecho y la justicia.
Estamos a tiempo para sintonizar nuestro corazón con el corazón del Padre. A pesar de nuestros “Noes” o de nuestros “Sies”, podemos ir “hoy” a trabajar a la viña, a la humanidad sufriente que espera justicia y derecho para poder vivir con la dignidad que toda persona merece.
El mensaje del Papa nos recuerda que «El que acoge a un niño como este en mi nombre me acoge a mí» (Mt 18,5). La hospitalidad efectiva hacia uno solo de estos niños que migran se convierte en camino de encuentro con Jesús. La conversión nos invita a pasar de una lógica de control y estadísticas a una lógica centrada en el valor infinito y la dignidad de cada persona, donde Jesús se hace presente.
“Ante cada menor emigrante, estamos llamados a realizar un acto de humanidad y de fe: en el niño, de hecho, podemos acoger y encontrar al Señor”.
Aún es tiempo para la conversión y la transformación. Podemos acudir a Jesús que es “la fuente del amor humillado”. El nos muestra y alimenta el camino que nos permite salir de nuestras seguridades, nuestros intereses para buscar el interés de los demás. Es el camino de la entrega que nos hace disponibles y obedientes, abiertos a la escucha de lo que Dios quiere. Un camino de conversión que nos da la vida, una vida llena de gratuidad, de hondura y de sentido, que nos hace vivir con los mismos sentimientos que Jesucristo.
Las personas que viven practicando la justicia y el derecho y acogen en su dignidad a los niños y niñas migrantes llevan delantera en el Reino, porque el Dios de Jesús tiene predilección por los pobres y los pequeños y aquellos que lo acogen. Vivir así nos permite entrar en la dinámica del Reino de Dios.








