El 7 de diciembre de 2015, Melilla se despertó con una noticia que dolió mucho más allá de una familia. El día anterior, Fernando Belmonte había fallecido de manera inesperada. Tenía 58 años. No estaba enfermo. Había jugado un partido de tenis, había vuelto a casa, se había duchado y, en medio de la normalidad más absoluta de una jornada cualquiera, la vida se detuvo. Para quienes lo querían, para quienes habían trabajado con él, para quienes habían aprendido de él o simplemente se habían cruzado con su manera de entender la ciudad, aquella muerte tuvo algo de interrupción brusca, de página arrancada antes de tiempo. Once años después, el nombre de Fernando Belmonte sigue apareciendo en Melilla de una manera que no siempre resulta visible a primera vista: en proyectos que continúan, en instituciones que alguna vez ayudó a poner en marcha, en imágenes que no se perdieron, en personas a las que acompañó y en ideas que siguen reclamando desarrollo. Su legado, visto desde hoy, tiene algo de semilla. Una de esas semillas que, cuando finalmente asoman sobre la tierra, hacen olvidar que alguna vez hubo una mano que tuvo que abrir un hueco, depositarla, cubrirla y esperar. Irene Flores, compañera de vida y de profesión de Belmonte, habla de él desde ese lugar en el que el recuerdo personal y la memoria colectiva terminan encontrándose. Lo hace con la serenidad que dejan los años, pero también con una emoción que no ha desaparecido al recorrer con palabras una vida de entrega a la ciudad.
"Fernando era un hombre muy honesto", dice Irene. Y esa es la primera palabra que escoge para acercarse a él. Después aparecen otras: inteligente, generoso, leído, ingenioso, comprometido. Un hombre "muy apegado al conocimiento", especialmente al conocimiento social y al ámbito de las humanidades. También alguien con un sentido del humor particular, fino, irónico, a veces capaz de rozar el sarcasmo, pero siempre desde una inteligencia que hacía de la conversación uno de sus territorios naturales. Irene recuerda aquella ironía no como una pose, sino como una manera de mirar el mundo. Fernando podía acercarse a la actualidad desde el humor, desarmar una situación con una frase o encontrar en una contradicción cotidiana el punto exacto desde el que observarla. Pero, por encima de cualquier rasgo intelectual, Irene insiste en su generosidad. La que tenía con sus compañeros, la que desplegaba en el trabajo y, sobre todo, la que convertía el conocimiento en algo que debía compartirse.
Esa concepción de la vida terminó inseparablemente ligada a su concepción de Melilla. Belmonte no entendía la ciudad como un simple escenario en el que trabajar, sino como una realidad compleja que debía ser conocida, interpretada y, cuando fuera necesario, transformada. Primero desde el periodismo; después, desde distintas responsabilidades vinculadas a la gestión social y cultural. Fue creador y director del archivo audiovisual de Melilla y, durante algo más de tres años, director gerente del Instituto de las Culturas, una etapa que Irene recuerda como especialmente fecunda. En torno a aquella institución se cruzaron algunas de las preocupaciones que habían acompañado a Fernando durante buena parte de su trayectoria: la diversidad cultural, la memoria, la participación social, la igualdad, el conocimiento entre comunidades y la necesidad de que determinadas realidades de la ciudad encontraran espacios propios de reconocimiento.
Cuando Irene habla de aquello, no lo hace en abstracto. Empieza a enumerar personas, asociaciones y proyectos, como quien va recorriendo un mapa de pequeñas huellas. Recuerda el apoyo a la Escuela Flamenca, a la que Fernando ayudó a dar forma desde su responsabilidad técnica para que pudiera constituirse y continuar después su propio camino. Habla de la Asociación NANA y del trabajo desarrollado junto a quienes entonces impulsaban el Instituto de las Culturas. Recuerda también la relación con Mem Guímel, con la que se pusieron en marcha iniciativas y actividades vinculadas a la diversidad cultural, entre ellas el calendario intercultural. Y aparecen también los barrios, las asociaciones vecinales, las zonas periféricas de la ciudad, espacios que, en su opinión, necesitaban una atención que fuese más allá de las dinámicas asociativas que ya existían.
En esa mirada estaba una de las características más importantes de Fernando: su capacidad para encontrar valor donde otros podían no estar mirando. El Instituto de las Culturas, tal como él lo concebía, debía ampliar el foco sobre Melilla. Había manifestaciones culturales que ya disponían de sus propios cauces de reconocimiento y apoyo, mientras que otras permanecían en una posición más frágil. Fernando trató de abrir ese panorama. De ahí su implicación en la celebración del Yenayer, el Año Nuevo amazigh, o su relación con proyectos sociales y culturales desarrollados en distintos puntos de la ciudad. Para Irene, aquello no era una suma de actividades aisladas. Había detrás una idea de Melilla y una forma concreta de trabajar por ella.
Cuenta, por ejemplo, un proyecto realizado a través de la fotografía junto a CarinArte, en el que se utilizaron cámaras desechables con niños de Monte María Cristina. Cuando el proyecto terminó, recuerda Irene, los niños querían más. "No se podían creer que eso se acabase". En esa pequeña escena encuentra quizá una explicación más precisa de lo que significaba el trabajo de Fernando que en cualquier currículo. La cultura no como una actividad que se programa y termina, sino como una posibilidad que abre otras posibilidades. Una cámara en manos de un niño podía ser una forma de mirar el lugar donde vivía, de descubrirlo de otra manera y, sobre todo, de descubrirse a sí mismo dentro de él.
Algo parecido ocurrió con los proyectos de la Asociación NANA, que trabaja con las niñas de la Divina Infantita. Irene recuerda las palabras de Natalia Díaz, directora a la asociación, durante el acto celebrado en memoria de Fernando esta mañana. Según le transmitió, el proyecto existía en buena medida gracias al apoyo que él le había prestado desde el principio. Pero lo que más la conmovió fue recordar cómo Fernando había sido capaz de explicar, desde el primer momento, la profundidad de aquella iniciativa. "Lo hizo con una profundidad que ni yo misma era capaz de expresarlo", cuenta Irene sobre la conversación con Natalia. En esa frase aparece de nuevo el Fernando que ella conoció: el hombre que buscaba comprender aquello que tenía delante, encontrarle un sentido y devolverlo después en forma de palabras, de estructura o de impulso.
Irene utiliza una palabra especialmente reveladora para describirlo: "poliédrico". Fernando había estudiado periodismo en Madrid, pero su formación no terminó ahí. Cursó Ciencias Políticas, estudió Antropología y realizó uno de los primeros másteres oficiales vinculados al nuevo marco universitario del Plan Bolonia sobre la Unión Europea. Le interesaba especialmente lo que la pertenencia europea podía significar para Melilla, para su presente y para su futuro. No era una acumulación de títulos. Era, en su caso, una necesidad de entender. La ciudad que había narrado como periodista quería ahora comprenderla desde otros ángulos: desde la política, la antropología, la historia, la cultura y las relaciones sociales.
Esa inquietud intelectual explica también algunos de sus trabajos más importantes. Irene recuerda su investigación sobre el impacto que tuvo en Melilla la primera Ley de Extranjería de la etapa democrática, la de 1985, y cómo aquel proceso se relacionó con la realidad de una población hispanoamazigh que se consideraba melillense y española y que terminó accediendo a la nacionalidad. Para Irene, aquel proceso constituye una parte esencial de la particular transición de Melilla hacia una realidad democrática. Fernando quiso estudiarlo y dejar constancia de él cuando todavía estaba sucediendo. No se conformó con ser testigo: trató de comprender los mecanismos sociales, jurídicos y políticos que estaban transformando la ciudad.
También se acercó a la memoria histórica. Lo hizo a través de un libro sobre Lorenzo Lechuga, concejal comunista de la primera corporación democrática de Melilla después de la aprobación de la Constitución de 1978. El libro, La memoria derrotada, recuperaba una experiencia personal y política que, de otro modo, podía quedar relegada a los márgenes de la memoria colectiva. En Fernando, dice Irene, la memoria no era una mirada nostálgica hacia atrás. Era una herramienta para entender el presente.
Y luego estaba la imagen. Quizá una de sus herencias menos visibles y, al mismo tiempo, más valiosas. Cuando Fernando impulsó el archivo audiovisual de Melilla, no se limitó a reunir documentos ya catalogados. Salió a buscar las imágenes que estaban dispersas en casas particulares, en colecciones familiares, en viejas cámaras y en formatos que corrían el riesgo de quedar inutilizados por el paso del tiempo. Propuso a quienes conservaban películas de 8 milímetros y antiguas grabaciones videográficas que las trasladaran a formatos más actuales. A cambio, cuando los propietarios lo autorizaban, aquellas imágenes podían incorporarse al archivo audiovisual de la ciudad.
Así fueron entrando en ese fondo fragmentos de una Melilla que había sido filmada por sus propios habitantes. Fiestas familiares, celebraciones colectivas, costumbres, calles, personas, escenas cotidianas. La ciudad vista no desde una cámara institucional, sino desde los ojos de quienes la vivían. También se incorporaron fondos procedentes del antiguo Nodo, materiales de la Filmoteca de Radio Televisión Española y grabaciones teatrales, entre ellas las vinculadas a Estudios Uno y al melillense Guerrero Zamora. Irene recuerda especialmente la cesión de los fondos del cineasta aficionado Manuel Carmona Mir, que estableció con Fernando una conexión intelectual alrededor de aquella idea de preservar la memoria audiovisual.
El archivo fue creciendo como crecen las cosas que se construyen desde muchos lugares: con cesiones, convenios, colaboraciones y voluntad. En buena medida, explica Irene, se consiguió con un coste económico muy reducido. Lo importante era saber que aquellas imágenes existían, convencer a sus propietarios de que formaban parte de algo mayor y crear un lugar donde pudieran ser conservadas y consultadas. El propósito era ponerlas a disposición de investigadores y de cualquier persona interesada en conocer la historia de Melilla. Para Irene, hoy ese archivo constituye un tesoro. En una sociedad cada vez más construida sobre la imagen, conservar las imágenes de quienes vivieron la ciudad durante décadas es también conservar una parte de lo que la ciudad fue.
Después de su muerte, aquel archivo atravesó distintas vicisitudes. Cambiaron los criterios y cambiaron los gobiernos. Pero Irene mantiene la esperanza de que vuelva a activarse y de que aquella labor de recuperación pueda continuar. Lo dice con una convicción que atraviesa buena parte de la conversación: hay cosas que Fernando dejó hechas y que todavía están esperando que alguien vuelva a recogerlas.
Porque el conocimiento, para él, nunca fue un lugar de llegada. Era un camino. Irene recuerda que en los últimos años estaba especialmente interesado en buscar similitudes entre el tamazight y el euskera y que llegó incluso a examinarse de euskera en un nivel básico y aprobarlo. Leía mucho. Escribía mucho. Se encontraba, dice ella, camino de convertirse en una especie de erudito. En aquella etapa final sus escritos eran más reflexivos y personales. Ya no era el periodista que publicaba diariamente, aunque ocasionalmente seguía escribiendo sobre asuntos de actualidad. Y cuando lo hacía, aparecía aquel estilo que tantos lectores reconocían.
En "El Edomagario", la sección que publicaba semanalmente en Melilla Hoy, Fernando podía convertir la actualidad de la ciudad en una crónica en la que convivían la ironía, el humor y el análisis. Irene habla de aquellos textos con una mezcla de admiración y responsabilidad. Le gustaría recuperar esa parte de la historia de Melilla a través de sus escritos. No solamente por lo que cuentan, sino por cómo están escritos. Porque Fernando tenía un registro periodístico propio, divertido, ameno e ingenioso, capaz de hablar de la ciudad sin renunciar a la mirada crítica.
Su relación con el periodismo venía de mucho antes. Era, dice Irene, "un periodista de raza". Él mismo bromeaba con que desde pequeño había leído muchísimo el Marca. Los periódicos formaban parte de su vida desde muy joven. Con menos de 17 años llegó a Madrid para estudiar, en pleno tardofranquismo, y se encontró con una universidad atravesada por la efervescencia política de los últimos años de la dictadura y los primeros momentos de la Transición. Militó en el Partido del Trabajo y vivió las manifestaciones, las carreras y la persecución policial de aquellos años. Después llegó el desencanto. No terminó finalmente la carrera y tuvo que incorporarse al servicio militar en Santa Cruz de Tenerife.
Incluso allí encontró una forma de hacer periodismo. Entró en un espacio de comunicación destinado a los soldados de reemplazo y participó en la llamada "Hora del Soldado" en la radio. También se ocupó de una revista, "Hespérides", que le permitió recorrer las islas Canarias y hacer reportajes. Más tarde trabajaría durante un tiempo en El Día, en Tenerife, donde tuvo relación profesional con Elfidio Alonso Quintero, periodista y redactor jefe del periódico. Irene recuerda incluso haber regresado con él a La Laguna años después y haberse encontrado allí con personas que formaban parte de aquella etapa. Son recuerdos aparentemente pequeños, pero sirven para reconstruir la vida de un hombre que parecía encontrar un hilo periodístico allí donde estuviera.
Con los años, aquella vocación se convirtió en una forma de entender la vida. Irene habla de Fernando como de un "pulso a la vida". Era, para ella, un contertulio extraordinario, alguien con quien conversar sobre la actualidad, sobre el mundo y sobre lo que estaba ocurriendo alrededor. "Me iluminaba muchísimo", confiesa. En esa frase quizá aparece la dimensión más íntima del hombre que describe. No solamente el profesional, el gestor cultural, el periodista o el intelectual, sino el compañero con el que compartir una conversación podía convertirse en una manera de mirar de nuevo las cosas.
"Fue mi amigo, mi maestro, mi compañero, mi amante, mi pareja", dice Irene cuando recuerda lo que Fernando significó en su vida. La enumeración tiene algo de inventario imposible. Ninguna palabra alcanza por sí sola. Fue varias cosas a la vez y, precisamente por eso, su ausencia tampoco puede reducirse a una sola pérdida. "La pérdida de Fernando ha sido inmensa para mí", reconoce. También para su familia y, en su opinión, para la ciudad.
La muerte, además, llegó demasiado pronto y de una manera especialmente traumática. No había una enfermedad que anunciara la despedida. No hubo tiempo para preparar el vacío. Había habido un partido de tenis, una ducha, una jornada aparentemente normal. Y de pronto, nada. Irene vuelve sobre esa escena con la crudeza que tiene aquello que todavía cuesta explicar: "de pronto dejó de existir". Once años después, el tiempo ha permitido hablar de Fernando sin que cada frase tenga que enfrentarse directamente a la herida, pero no ha borrado el dolor.
Quizá por eso la memoria de Belmonte se encuentra hoy repartida entre lo íntimo y lo colectivo. Está en Irene, en su familia, en sus amigos, en los compañeros de profesión. Pero también en las personas que recibieron su apoyo y en las iniciativas que sobrevivieron a su ausencia. Está en la Escuela Flamenca, en las asociaciones, en los proyectos culturales, en el archivo audiovisual, en los estudios sobre la extranjería, en la memoria de quienes participaron en aquellas actividades y en las páginas que escribió. Son semillas diferentes, plantadas en terrenos diferentes, pero todas forman parte de una misma manera de entender la ciudad.
Una de las semillas que Irene considera especialmente importante es el Pacto por la Interculturalidad de Melilla, del que Fernando fue autor técnico. Para ella, aquel documento no debía quedarse en una declaración de intenciones. Su valor estaba precisamente en tratar de trasladar los principios de la interculturalidad al terreno de las políticas públicas, de la cohesión social, de la igualdad de género y del conocimiento entre las distintas comunidades y realidades culturales que forman parte de Melilla. Irene lo considera un instrumento que puede seguir siendo útil y recuerda que fue aprobado con una amplia mayoría de la Asamblea en aquel momento.
Habla de ese pacto mientras mira también hacia el presente. Melilla continúa enfrentándose a preguntas sobre su futuro, sobre su identidad, sobre su convivencia y sobre la manera en que distintas realidades pueden seguir compartiendo una misma ciudad. Para Irene, la respuesta no está en profundizar las divisiones, sino en recuperar aquello que permite reconocerse en el otro. "Afianzándonos en las cosas que nos unen", resume, más allá de las luchas partidistas y electorales que, a su juicio, han terminado agotando a buena parte de la sociedad.
Ahí vuelve a aparecer el Fernando que ella describe. Un hombre con una ideología progresista, sí, pero también alguien capaz de tender puentes y de buscar soluciones prácticas. Esa capacidad fue especialmente visible durante su etapa al frente de Televisión Melilla. Le correspondió trabajar en un momento de consolidación del medio, impulsar su imagen corporativa y participar en la puesta en marcha de una primera unidad móvil que permitió comenzar a realizar retransmisiones en directo. En la programación tuvieron espacio acontecimientos tradicionales como la Semana Santa, pero también la lengua y la cultura amazigh, con informativos y programas en tamazight y espacios destinados al debate político.
Para Irene, aquella manera de hacer televisión también era una forma de hacer ciudad. Dar espacio significaba reconocer. Permitir que distintas voces estuvieran presentes en un mismo medio era, en sí mismo, una forma de convivencia. Fernando trasladó allí la misma concepción de Melilla que había llevado al periodismo y que después desarrollaría desde el Instituto de las Culturas: una ciudad plural que no podía comprenderse desde una sola mirada.
Esa forma de entender la comunicación estaba profundamente ligada a su idea del periodismo. Irene busca en el ordenador una frase que recuerda de José Ignacio Rivero, quien fuera director del Diario de la Marina y decano de la prensa de Cuba: "En lo externo es una profesión y en lo interno un sacerdocio". Después añade, recordando el tono de la cita, la referencia a la ruina económica que podía acompañarla. La frase sirve para explicar lo que resumía Fernando con humor. Para él, el periodismo era compromiso. Un compromiso que podía tener costes.
Irene recuerda que Fernando defendió sus principios incluso cuando hacerlo podía cerrar puertas profesionales. Pone como ejemplo el debate alrededor de la Ley de Extranjería y las oportunidades que, según cuenta, pudo perder por la manera en que ejerció su profesión. En los cargos de responsabilidad que ocupó intentó mantener también esa independencia. Como director de Televisión Melilla, procuró fomentar el debate político y dar voz a diferentes posiciones. No era, explica Irene, un hombre hecho para los protocolos ni para convertirse en una pieza más de una estructura partidista. Prefería el terreno profesional, la discusión de ideas y la capacidad de trabajar desde sus convicciones.
Irene habla de aquella generación de periodistas con una mezcla de nostalgia y distancia. Eran jóvenes, dice, entusiasmados con la profesión y con Melilla. Trabajaban a destajo. Tenían fotógrafos, salían a cubrir acontecimientos, escribían, corrían de un lado para otro. Había ilusión y también utopía. Eran, en sus palabras, "hijos de Melilla", personas con una memoria profundamente vinculada a la ciudad y con la sensación de que podían contribuir a transformarla. Ella misma reconoce que hoy mira aquella época de otra manera. Ha pasado el tiempo, han cambiado las circunstancias y también ha cambiado ella. Se apartó de la profesión y decidió dedicar más tiempo a sí misma.
Pero no olvida aquella etapa. Tampoco olvida el precio. El periodismo podía llegar a parecer una vida "en la trinchera", no solamente por el volumen de trabajo, sino por la exposición pública, por la obligación constante de enfrentarse a unos y a otros en una ciudad que durante décadas atravesó momentos de fuerte convulsión. Irene cree que aquella generación de periodistas, entre ellos Fernando, María Ángeles Jiménez y ella misma, desempeñó un papel en los cambios que experimentó Melilla. No atribuye esa transformación a una sola persona. Habla de una generación. De profesionales que, desde lugares distintos, intentaron contar y comprender una ciudad que también estaba intentando comprenderse a sí misma.
Ahora, once años después de la muerte de Fernando, Irene vuelve sobre todo aquello desde un lugar diferente. Ya no está hablando solamente del hombre que amó ni del periodista con el que compartió profesión. Está hablando de una parte de la historia reciente de Melilla. De alguien que participó en distintos momentos de esa historia y que dejó documentos, imágenes, textos, proyectos y, sobre todo, relaciones humanas. De un hombre que parecía incapaz de quedarse quieto intelectualmente, que estudiaba cuando otros podían considerar que ya había terminado su formación, que buscaba conexiones entre lenguas y culturas, que leía, escribía, enseñaba, discutía, preguntaba y volvía a empezar.
Fernando Belmonte murió a los 58 años, pero su biografía no terminó aquel día. Continúa de una manera menos visible, fragmentada y a veces silenciosa. Está en aquello que alguien recuerda porque él lo ayudó a poner en marcha. En un documento que puede volver a abrirse. En una grabación que sobrevivió porque alguien decidió conservarla. En una asociación que pudo encontrar apoyo cuando todavía era pequeña. En un proyecto que comenzó como una experiencia y acabó convirtiéndose en algo permanente. En un niño que quiso seguir haciendo fotografías cuando la actividad ya había terminado. En una persona que todavía recuerda una conversación.
Las semillas no suelen contar quién las plantó. Cuando el árbol crece, cuando aparecen las hojas y llegan los frutos, la tierra ya ha ocultado el gesto inicial. Quizá por eso la memoria es necesaria: para volver al momento en que alguien decidió abrir un hueco y sembrar. Irene Flores lleva once años haciendo, de una forma u otra, ese ejercicio de memoria. No para convertir a Fernando en una figura intocable, sino para devolverlo a la ciudad en la que creyó, trabajó y discutió. Para recordar sus contradicciones, su inteligencia, su humor, su generosidad y también sus convicciones. Para recuperar aquello que quedó a medio hacer y para señalar lo que todavía puede crecer.
"Han quedado semillas muy bonitas de su trabajo", dice Irene. Algunas, añade, necesitan seguir desarrollándose. En esa frase queda contenido el sentido último de su recuerdo. Fernando Belmonte no está solamente en el pasado. Está también en lo que todavía puede hacerse con aquello que dejó. En la posibilidad de que una ciudad conserve sus imágenes, conozca su historia, reconozca su diversidad, dialogue consigo misma y encuentre caminos de entendimiento.
Y quizá esa sea la forma más profunda de permanecer. No que un nombre se repita, sino que una idea continúe trabajando cuando quien la imaginó ya no está. Que una conversación siga abriendo preguntas. Que un archivo permita volver a mirar. Que una institución deje una manera distinta de entender la cultura. Que una persona que recibió ayuda sea capaz, años después, de recordar quién estuvo allí. Que una ciudad descubra, al mirar hacia atrás, que algunas de las cosas que hoy parecen naturales tuvieron alguna vez detrás a alguien que las pensó por primera vez.
Fernando Belmonte fue muchas cosas. Periodista, gestor cultural, estudiante permanente, profesor, escritor, investigador, hombre de conversación. Para Irene fue además amigo, maestro, compañero, amante y pareja. Para Melilla, su figura se encuentra dispersa entre distintos capítulos de las últimas décadas. Once años después de su muerte, quizá sea precisamente esa dispersión la que mejor explique su legado. No dejó una única obra que pueda contenerlo todo. Dejó muchas puertas abiertas. Y detrás de algunas de ellas todavía crecen, lentamente, aquellas semillas que un día plantó.








