Marina Requena no llegó al teatro siguiendo un plan. Llegó casi por accidente, como quien se tira a una piscina sin comprobar antes la profundidad y descubre, una vez dentro, que sabe nadar. Su relación con las artes escénicas comenzó de una manera tan rápida como inesperada, a través de la música y de una de esas redes de vínculos personales que sostienen buena parte de la escena cultural melillense. Ya había cantado con el músico Chamo Díaz en una orquesta durante la feria y, cuando a la compañía Bombalurina le hizo falta una actriz, pensaron en ella. Requena nunca había hecho teatro. Esperaba, incluso, que antes de incorporarse tuviera que superar alguna prueba. Pero no hubo casting ni periodo de adaptación: la llamaron y le dijeron que estaba dentro, recuerda. Y así, de forma totalmente inesperada, comenzó una trayectoria que, desde entonces, no se ha detenido.
Requena recuerda aún esa primera experiencia. Fue Un gran día, de Bombalurina, un montaje de teatro musical en el que, lejos de recibir un pequeño papel para familiarizarse con el escenario, tuvo que asumir un personaje con bastante peso dentro del elenco. Para alguien que no había pisado antes un escenario teatral, la experiencia fue intensa. "Lo pasé bastante mal", reconoce ahora con una mezcla de distancia y humor. La dificultad de aquel primer montaje se apoyaba, además, con la imagen que ella misma había construido de Bombalurina años antes. Tenía 17 años cuando vio a la compañía representar Cabaret y quedó alucinada ante la dimensión del espectáculo. Por eso, cuando recibió la llamada para incorporarse a un proyecto de aquellas características, la sorpresa fue todavía mayor. Había descubierto desde el patio de butacas la capacidad de aquella compañía para levantar grandes producciones y, de repente, estaba dentro de una de ellas.
Pero el escenario ya había aparecido en su vida mucho antes de que finalmente se atreviera a subir a él. Alrededor de los 13 años conoció a Aránzazu Mansilla, Chetty, que a corta edad ya tenía su propia compañía desde la etapa del instituto. Fue ella quien le propuso participar en una obra. Requena no se atrevió entonces. Tenía vergüenza y prefería ayudar desde fuera antes que ponerse delante del público. "Yo te ayudo, pero yo tengo mucha vergüenza y yo no puedo", recuerda haber expresado hace años. Hoy contempla aquel momento con cierta curiosidad retrospectiva: quizá, si entonces hubiera aceptado, su vida habría tomado otro rumbo. No fue así. Tuvieron que pasar varios años, hasta 2018, para que finalmente se decidiera a dar el paso definitivo hacia el teatro. Desde entonces, calcula que ha participado en más de 50 montajes diferentes.
La música fue, de hecho, la otra puerta de entrada. Requena llevaba tiempo cantando, aunque reconoce que nunca ha sentido por la actividad musical una pasión comparable a la que muchas personas esperan cuando descubren que alguien tiene buena voz. Su historia con el canto comenzó de una manera mucho más doméstica y espontánea: el reconocimiento de quienes la rodeaban, los comentarios familiares, los karaokes, los pequeños concursos y, poco a poco, la sensación de que podía probar algo más. "¡Ay, pues qué bien canta!", resume como ese primer impulso que va alimentando la confianza. De ahí pasó a los escenarios y terminó formando parte de una orquesta de salsa y música latina llamada Toque Latino, en la que compartía protagonismo vocal con Riduan Moh y Patricia. En ese camino tuvo un papel importante Chamo Díaz, músico y director musical vinculado durante años a la música melillense, con quien entró en contacto también a través de su hermano, cantante y músico.
La particularidad de Requena es que nunca parece haber construido su trayectoria desde la planificación. Su carrera teatral y musical se ha ido formando a base de oportunidades, llamadas, encuentros, decisiones tomadas casi sobre la marcha y una innata voluntad de afrontar cada desafío. No hay una estrategia profesional detrás de cada paso. Hay, más bien, una disposición constante a aceptar el siguiente reto. Ella misma lo reconoce: "es como tirarme a la piscina en la vida". Y esa forma de enfrentarse a las cosas explica buena parte de su recorrido sobre las tablas.
Ocho años después de aquel salto definitivo al teatro, la actriz contempla su evolución como un aprendizaje permanente. Ha interpretado personajes de comedia y de drama, ha pasado por registros diversos y ha trabajado con compañías y directores diferentes. Pero no habla de haber llegado a un punto de dominio definitivo. Para ella, actuar es una carrera de fondo en la que nunca se termina de aprender. Cada personaje abre una nueva oportunidad y cada montaje plantea un reto distinto. "Siempre hay algo nuevo", sostiene. Por eso no concibe la interpretación como una disciplina que pueda darse por aprendida: siempre queda algo por descubrir.
Su manera de construir los personajes tampoco responde a una metodología académica. Requena no procede de una formación formal en interpretación y le cuesta traducir a palabras aquello que sucede cuando recibe un papel. No habla de técnicas concretas, de simbologías ni de teorías interpretativas. Su aproximación es mucho más intuitiva. El director le entrega una base y ella parte de ahí. Hay directores que marcan con precisión lo que buscan y otros que le conceden mayor libertad a la hora de que la actriz construya su propio personaje. Con Aránzazu Mansilla o Manu Arrarás, explica, ha encontrado ese espacio para crear. Ellos le dan una base y ella construye desde ahí. Lo demás, asegura, simplemente le nace. "Hay cosas que simplemente nacen; fluyen", expresa.
Esa intuición no significa, sin embargo, ausencia de trabajo. Al contrario. Requena reconoce que buena parte de lo que ha aprendido ha llegado con las horas de ensayos: la escucha activa, la capacidad de reaccionar cuando algo falla, la improvisación, el conocimiento de los tiempos, las entradas y las salidas, la interacción con los compañeros. Son herramientas que se adquieren a fuerza de trabajo previo y de funciones sobre el escenario. Con el tiempo, un olvido de texto o un compañero que se queda en blanco dejan de ser necesariamente una catástrofe y se convierten en situaciones que pueden resolverse en el momento, subidos a las tablas. Esa capacidad de respuesta es, para ella, uno de los aprendizajes más importantes que proporciona la experiencia.
Y experiencia no le falta. Requena cuenta situaciones que podrían intimidar. En una ocasión, trabajaba en la obra Bondage, obra de la trilogía de Aránzazu Mansilla interpretada en 2023, cuando sufrió el problema de tener que compaginar un montaje con una maniobra de su trabajo como militar. La fecha del estreno ya estaba fijada y, cuando recibió el guion, tuvo que aprendérselo prácticamente sobre la marcha. Regresó a Melilla después de la maniobra, ensayó durante un día y al siguiente estrenó. La función salió adelante y fue un éxito. No era, además, la primera vez que afrontaba una situación semejante. En otra ocasión tuvo que aprenderse durante una sola noche una actuación navideña de entre 15 y 20 minutos, con texto y canciones incluidos en un audio corrido que no se detenía. Desde las diez de la noche hasta las seis de la mañana memorizó el material; después se fue a trabajar al cuartel y por la tarde salió al escenario.
En esos momentos aparece una de las características que mejor definen su relación con la escena: la capacidad de afrontar el reto sin detenerse demasiado a pensar en él. Puede haber estrés, reconoce, pero también existe una recompensa particular en superar una situación que parecía imposible. "Es muy estresante, pero a la vez es un reto potente", explica. Y después de la función llega el alivio: "Ya está hecho". Y así, Requena puede subirse al siguiente tren que pase frente a ella. La confianza que otros depositan en ella también desempeña un papel fundamental. En la escena melillense, donde las compañías suelen trabajar con grupos relativamente estables, los directores conocen las capacidades de quienes forman parte de su entorno habitual. De ahí que, cuando surge una emergencia, alguien pueda llamar a Requena y pedirle que salga a la palestra. Ella ya sabe que puede ocurrir y, pese al posible vértigo que pueda provocar, ella acepta sin problema.
Esa seguridad no está ligada al género teatral. Requena no tiene una preferencia especial por la comedia frente al drama ni por un tipo concreto de personaje. Lo que determina su comodidad sobre el escenario no es el papel, sino el ambiente de trabajo. "Yo necesito estar tranquila para trabajar bien", explica. Para ella, la confianza entre compañeros, la relación con el director y la sensación de estar cómoda con quienes la rodean son mucho más determinantes que la naturaleza del personaje. Un papel parecido a su personalidad puede ser tan desafiante como otro completamente disparatado o alejado de ella. Cada uno implica un aprendizaje diferente y, por tanto, un reto similar. No es una cuestión de dificultad o facilidad a la hora de enfrentarse a un papel determinado; es el ambiente y el reto de crearlo el que permite que lo haga suyo.
También sorprende la distancia que establece entre Marina y los personajes que interpreta. No siente que se lleve consigo una parte de cada papel cuando termina la función. No busca una conexión personal profunda con los personajes ni intenta encontrar en ellos una explicación psicológica que después incorpore a su vida. Su relación es más sencilla: durante un rato juega a no ser ella. Se sube al escenario, interpreta y, cuando baja, vuelve a ser Marina. El personaje queda allí, en el espacio de la representación. Puede recordar después una escena con gracia, vergüenza o satisfacción, pero no siente que los personajes permanezcan en ella una vez atravesado.
Esa manera directa de entender el teatro es también la razón por la que le cuesta hablar sobre su propia técnica. Requena no se considera una persona especialmente reflexiva a la hora de explicar lo que hace. "Yo soy más de hacer", resume. Si le entregan un guion, lo trabaja. Si recibe un personaje, lo interpreta. No necesita construir alrededor de ello una profundidad teórica. Incluso reconoce que puede memorizar un guion de 50 páginas en dos días, pese a que durante buena parte de su vida nunca tuvo demasiado interés por estudiar. El contraste le hace gracia: la persona que incluso entró en el ejército porque no quería estudiar es capaz ahora de enfrentarse a decenas de páginas de texto y aprendérselas a una velocidad extraordinaria.
Quizá la clave esté precisamente en esa relación con el teatro como espacio de juego. Para Requena, actuar conserva algo esencialmente lúdico. No importa que detrás haya ensayos, disciplina, memorización y una enorme cantidad de trabajo: cuando llega el momento de interpretar, existe esa posibilidad de jugar a ser otra persona. El teatro comenzó siendo un hobby y terminó convirtiéndose en una parte de su vida, aunque nunca haya llegado a planteárselo como una profesión futura. No tiene una lista de personajes soñados ni un montaje que necesite hacer antes de considerar cumplida una meta. Tampoco imagina necesariamente una carrera teatral a largo plazo. Tiene su trabajo, su familia y sus otras actividades. Si alguien la llama para hacer un papel, lo acepta encantada; si algún día dejan de llamarla, tampoco siente que su vida vaya a detenerse.
Esa ausencia de ambición profesional no significa falta de compromiso. Ella es feliz sobre las tablas y reconoce que una de las razones por las que continúa es porque, desde que empezó, ha recibido buenas críticas de espectadores, familiares y amigos. Esas reacciones le han servido como una confirmación de que está haciendo un buen trabajo. Si quien está al otro lado del escenario disfruta con lo que hace, ella encuentra un motivo suficiente para continuar. Su criterio es sencillo y, precisamente por eso, contundente: "Si tú estás contenta como espectadora, seguimos para adelante."
El teatro, en ese sentido, ocupa un lugar muy concreto en su vida. Le aporta felicidad. Es una vía de escape y un espacio propio dentro de una rutina en la que caben muchas responsabilidades. Requena compagina su actividad escénica con su trabajo profesional, su faceta musical, su vida familiar y, más recientemente, también el gimnasio. Cuando otras personas le preguntan cómo consigue llegar a todo, ella responde que simplemente le gusta lo que hace. Si no le gustara, explica, no tendría sentido añadir una actividad más a una agenda ya cargada. Una de las cosas que considera positivas de sí misma es precisamente esa capacidad de llegar a todo sin vivirlo necesariamente desde el estrés.
En esa organización cotidiana desempeña un papel fundamental el apoyo familiar. Requena rechaza incluso la idea de hablar de "ayuda" y prefiere referirse a apoyo. Su marido también tiene sus propias responsabilidades y actividades deportivas, por lo que ambos se organizan para que, cuando uno no está, el otro pueda asumir las tareas familiares. Lo entiende como un trabajo en equipo y como una forma de aprovechar el presente. Los hijos crecerán, harán su propia vida y, llegado ese momento, considera importante no mirar atrás con la sensación de haber renunciado a aquello que hacía feliz a cada uno. La clave, dice, está en adaptarse a las circunstancias y apoyarse mutuamente.
Mientras tanto, la música vuelve a ocupar un espacio en su agenda. El próximo compromiso confirmado es el concierto de feria, aunque Requena prefiere mantener la prudencia sobre los proyectos teatrales que todavía están en conversaciones. Su relación con la música continúa a través de un grupo melillense creado en 2017, inicialmente vinculado al nombre de Noviembre, que ahora adquiere el nombre de No Ever. Requena se incorporó posteriormente como sustituta de Cynthia Aragonés, cantante y actriz melillense que se trasladó a la península. El grupo trabaja con composiciones propias y se mueve en el terreno del rock.
Las composiciones del grupo proceden, entre otros, de Juan, guitarrista, y Miguel Bravo, teclista, y también cuentan con alguna canción de Tete que todavía no ha llegado a interpretar sobre el escenario con ella. Lo que sí tiene claro es que las canciones le han sorprendido. Ella, que asegura disfrutar de prácticamente todos los estilos musicales, esperaba quizá un sonido más contundente, pero se encontró con temas "muy bonitos". Hay algo en esas composiciones propias que valora especialmente: la capacidad de construir canciones originales y llevarlas después al escenario. Este primer domingo de Feria, Requena se subirá al escenario a las 22 horas, junto a su grupo musical, para desprender con su voz otra de sus aptitudes y habilidades artísticas.
Requena sigue, una vez más, haciendo lo que ha hecho desde que decidió atreverse: tirarse a la piscina. No parece necesitar una explicación definitiva sobre por qué interpreta, por qué canta o de dónde sale la capacidad para memorizar un guion en cuestión de días e incluso horas. Tampoco busca convertir esa experiencia en una teoría. Su manera de relacionarse con el escenario es más práctico y, quizá por eso, más difícil de encasillar: recibe un papel, trabaja, ensaya, sube, juega, resuelve lo que ocurra y después vuelve a su vida. Marina Requena no parece haber llegado al teatro persiguiendo un destino. Simplemente abrió una puerta en 2018 y, desde entonces, cada vez que alguien le pide que vuelva a cruzarla, lo hace sin dudarlo.








