El Hospital del Rey ha vuelto a ser hogar del teatro melillense. Un espacio que, durante estas semanas, no solo ha acogido representaciones, sino que ha vuelto a poner en valor todo aquello que sucede alrededor de un escenario: el trabajo de las compañías, la dramaturgia, la dirección, la interpretación, el diseño, el vestuario y todas esas decisiones que terminan construyendo un universo propio para cada historia.
Porque el teatro es una suma de talentos y oficios que solo adquiere sentido cuando se encuentra con el público. Es la mirada de quien adapta un texto, la decisión de quien dirige, el trabajo del intérprete para hacer suyo un personaje, el espacio que se construye, el vestuario que lo define o la luz que lo transforma. Y es, finalmente, el espectador quien completa ese proceso: quien recibe esas historias teatralizadas, las hace suyas durante unos instantes, ríe, sufre, se sorprende o se emociona con ellas. En la intimidad del Hospital del Rey, esa relación entre quienes crean y quienes observan se vuelve especialmente cercana.
Desde el pasado 9 de julio, con la inauguración del ciclo a cargo de Con-Sentido Teatro y su propuesta de "La dama duende", el público ha ido encontrándose cada semana con una manera distinta de entender el teatro. Este año, además, con un hilo conductor común: el Siglo de Oro. Pero precisamente ahí ha residido una de las grandes riquezas del ciclo: ninguna de las propuestas ha sido igual a la otra.
Un mismo periodo histórico y literario ha servido como punto de partida para miradas completamente diferentes. Calderón de la Barca, Lope de Vega, Ana Caro o Juan Pérez de Montalbán han regresado al escenario a través de dramaturgias, direcciones y lenguajes distintos. Cada compañía ha tomado esos textos y los ha llevado a su propio terreno, demostrando que un clásico no es una pieza inmóvil, sino un material capaz de transformarse cuando pasa por las manos de creadores e intérpretes diferentes.
Ha habido propuestas más cercanas al teatro clásico y otras que han jugado con la innovación en el verso; lecturas más contemporáneas, diferentes ritmos y formas de abordar la palabra; soluciones escenográficas diversas, algunas evidentes y otras construidas desde la imaginación del espectador apoyada en pequeños elementos con los que interaccionar; o grandes despliegues con los que crear universos visuales complejos sobre los que se manejaban los intérpretes. Ha habido pasión, drama, comedia y absurdo. Todo ello situando la profesionalidad y la capacidad de la escena melillense para crear, reinterpretar y encontrar su propia voz.
Diez años después de su nacimiento, el ciclo afronta ahora sus últimas semanas. Tras el parón iniciado el pasado 15 de agosto, la programación se reanuda los días 11, 12 y 13 de septiembre con "No hay burlas con el amor", de Calderón de la Barca, una producción de Marina Borreguero. La dramaturgia y la dirección corren a cargo de Manu Arrarás, que también forma parte del elenco junto a Marina Borreguero, Clara Espejo, Maribel Rabaneda, Jorge Abad y Fernando Alemany. El vestuario lleva la firma de Aurelia Campos y el diseño corresponde a EME EFE Estudio.
El cierre llegará una semana después, los días 23, 24 y 25 de septiembre, de la mano de la Asociación IV Recinto, que presentará "Entremeses cómicos del Siglo de Oro español", bajo la dirección de Paco Casaña. La propuesta reunirá "La tierra de Jauja" y "Las aceitunas", de Lope de Rueda, y "La cueva de Salamanca", de Miguel de Cervantes.
Serán las últimas funciones de un ciclo que ha vuelto a demostrar, durante todo el verano, que el teatro melillense no solo tiene talento: tiene historias que contar, creadores capaces de hacerlas propias y un público dispuesto a sentarse frente a ellas para dejarse llevar.








