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Lara Megía (actriz): "El actor es un canal para que lo que se quiere contar llegue al público"

Bailarina y actriz formada en la RESAD, Lara Megía ha encontrado en Melilla un nuevo escenario desde el que seguir interpretando y desarrollar su trabajo con la infancia y la neurodiversidad

por Alejandra Gutiérrez
18/08/2026 17:09 CEST
Lara Megía (actriz): "El actor es un canal para que lo que se quiere contar llegue al público"

Lara Megía, actriz, bailarina y especialista en pedagogía del teatro. -Cedida-


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Lara Megía tenía tres años cuando vio por primera vez el festival de baile de su colegio y, al terminar, buscó a su madre para decirle que ella también quería estar allí. Al año siguiente comenzó a bailar y aquella actividad, que había nacido como una ilusión infantil, fue ocupando progresivamente un lugar central en su vida. Primero llegó el flamenco y, más tarde, el contemporáneo, hasta completar una formación que compaginaba con los estudios y que durante años la llevó a pasar buena parte de las tardes en clase y los sábados por la mañana en el estudio. "Para mí era como mi burbuja", recuerda. Aquel espacio en el que se sentía cómoda terminó siendo también una escuela en la que aprendió, mucho antes de plantearse que pudiera dedicarse profesionalmente a las artes escénicas, la importancia de la disciplina, la constancia y el esfuerzo.

La exigencia de la danza le enseñó, además, a organizarse. Había que encontrar tiempo para estudiar, para ensayar, para cumplir con las obligaciones y para mantener una vida fuera de las clases, de modo que desde muy pequeña aprendió a distribuir las horas y a asumir que aquello que quería conseguir requería una dedicación sostenida. En aquel momento no pensaba todavía en el baile como una profesión, pero sí estaba construyendo una relación con el trabajo y con el propio cuerpo que, con el tiempo, acabaría resultándole fundamental.

El teatro apareció cuando tenía 15 años, después de que su madre le propusiera apuntarse a una pequeña escuela municipal que habían abierto cerca de su casa. Lara apenas conocía aquel mundo y, hasta entonces, toda su relación con las artes escénicas había pasado por la danza. Sin embargo, aquellas primeras clases le hicieron descubrir una disciplina que le interesó de inmediato y que terminó desplazando los planes que había imaginado hasta ese momento. Quiso saber si el teatro podía estudiarse de manera profesional, preguntó a sus profesores y comenzó a investigar hasta descubrir la existencia de la Real Escuela Superior de Arte Dramático, la RESAD. Fue entonces cuando aquella afición que había surgido casi de manera inesperada empezó a adquirir la forma de una vocación.

El cambio también se produjo en casa. Hasta entonces, Lara había contado que quería ser profesora de matemáticas, porque le gustaban tanto la asignatura como el trabajo con la infancia. De pronto empezó a hablar de ser actriz y su familia, aunque inicialmente recibió la noticia con la prudencia que suele acompañar a una decisión profesional tan incierta, terminó entendiendo que no se trataba de un capricho pasajero. Desde pequeña había estado bailando, cantando y representando escenas de películas, por lo que, visto con perspectiva, quizá aquella inclinación llevaba mucho tiempo manifestándose sin que ella misma hubiera encontrado todavía la manera de formularla.

Cuando consiguió entrar en la RESAD al segundo intento, eligió interpretación gestual, una rama vinculada al teatro físico en la que el cuerpo adquiere un papel fundamental como herramienta expresiva. La elección tenía una relación evidente con todo lo que había hecho hasta entonces, pero Lara no quiso que el ingreso en la escuela significara abandonar la danza. Durante aquellos años formó parte, además, de un grupo de competición de hip hop en Madrid, con el que dedicaba buena parte de los fines de semana a ensayar y participar en campeonatos. Mientras la semana transcurría entre las clases de interpretación, la preparación académica y el estudio, el baile seguía ocupando un espacio propio.

Fue precisamente en esa convivencia donde comenzó a comprender que las dos disciplinas podían enriquecerse mutuamente. La danza le había proporcionado una conciencia del cuerpo y una disciplina que considera esenciales para cualquier intérprete, mientras que el teatro le permitió descubrir que un movimiento puede tener una dimensión narrativa y emocional que va más allá de la ejecución técnica. Después de tantos años bailando, fue al entrar en contacto con la interpretación cuando sintió que a su manera de bailar todavía le faltaba algo. El teatro le permitió comprender qué había detrás de un gesto, qué emoción podía sostener un movimiento y cómo podía utilizar el cuerpo para contar. "Hasta que no descubrí el teatro, de verdad no siento que mi baile tuviera como todo lo que podría tener", explica.

Esa relación entre movimiento e interpretación se convirtió posteriormente en uno de los ejes de su recorrido profesional. Después de terminar la RESAD en 2021, Lara continuó formándose en pedagogía teatral, especialmente desde la expresión corporal, y empezó a impartir clases de teatro y movimiento en escuelas de Madrid. Su interés se situaba muchas veces en ese momento previo a la palabra, cuando todavía no se ha pronunciado el texto pero el cuerpo ya está ofreciendo información sobre el personaje, sobre la relación con el compañero o sobre aquello que está ocurriendo en escena. Considera que trabajar desde ese lugar permite descubrir conexiones que después enriquecen el texto y hacen que la palabra aparezca sostenida por una experiencia física y emocional más profunda.

Antes de consolidarse profesionalmente tuvo que aprender, sin embargo, una de las reglas menos amables de la profesión: aceptar que el rechazo forma parte del recorrido. El primer gran "no" llegó precisamente cuando se presentó a las pruebas de acceso de la RESAD. No entró la primera vez y recuerda aquel proceso marcado por los nervios y una inseguridad que, pese a todo el trabajo previo, sentía que podía terminar trasladándose a la prueba. Cuando volvió a presentarse al año siguiente, la situación había cambiado. No tenía ninguna garantía de que fueran a admitirla, pero había adquirido una confianza diferente, basada en saber que había trabajado todo lo que podía y que había llegado hasta allí después de haber dado lo mejor de sí misma.

Aquella experiencia terminó modificando su relación con los castings y con la propia incertidumbre de la profesión. Lara aprendió a distinguir entre aquello que depende de ella y aquello que no puede controlar. Puede preparar una prueba, estudiar un personaje, ensayar y presentarse con toda la concentración posible, pero no puede decidir qué perfil busca un proyecto ni quién será finalmente elegido. Entenderlo así le ha permitido asumir los rechazos sin convertirlos necesariamente en una valoración de su capacidad. Puede que no sea el momento, que otra persona encaje mejor o que exista una razón que nunca llegue a conocer; lo importante, para ella, es haber cumplido con su parte del proceso y continuar trabajando.

Durante sus años de formación y en la etapa posterior a la RESAD, la docencia fue adquiriendo un peso considerable dentro de su actividad. Lara comenzó a trabajar en escuelas madrileñas como profesora de teatro y expresión corporal y continuó ampliando su preparación mediante cursos y laboratorios creativos en los que compartía trabajo con actores profesionales. Los proyectos escénicos que fueron apareciendo estaban a menudo relacionados con la danza o con propuestas que mezclaban interpretación y movimiento, aunque durante un tiempo la posibilidad de vivir exclusivamente de la actuación permaneció fuera de su alcance.

La situación cambió con su llegada a Melilla. El traslado estuvo relacionado inicialmente con su vida personal, pero coincidió además con un momento en el que las escuelas madrileñas en las que Lara había desarrollado buena parte de su actividad comenzaron a afrontar las dificultades derivadas del incremento de los alquileres. Algunas tuvieron que cerrar sus espacios físicos y trasladar su actividad al formato en línea, de modo que, cuando surgió la posibilidad de marcharse, Lara decidió probar sin tener la certeza de que aquí pudiera continuar con su profesión. "Fue una especie de salto de fe", describe.

 

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Llegó en octubre con cierto temor, precisamente porque desconocía el movimiento cultural de la ciudad y no sabía si encontraría un espacio en el que desarrollar su profesión. Aun así, comenzó a buscar asociaciones y colectivos con los que pudiera colaborar, en parte porque quería poner en marcha una iniciativa relacionada con el arte y la infancia. Una de esas primeras conversaciones terminó llevándola hasta la actriz Raquel González, con la que coincidió después en un curso sobre teatro del Siglo de Oro. A partir de aquel encuentro comenzó a conocer a otros profesionales de la escena melillense, entre ellos Alejandra Nogales y Miguel Escutia, y lo que al principio fueron simplemente contactos fueron convirtiéndose progresivamente en nuevas oportunidades de trabajo.

La adaptación profesional fue, por tanto, mucho más rápida de lo que había imaginado. La ciudad a la que había llegado principalmente por motivos personales empezó a ofrecerle también un espacio propio dentro del ámbito escénico. Allí encontró proyectos en los que podía ejercer como actriz y, sobre todo, pudo experimentar por primera vez algo que llevaba años buscando: que su trabajo interpretativo fuera también su actividad profesional remunerada. Después de una trayectoria en la que se habían sucedido las clases, la danza, los cursos, la formación y distintos proyectos escénicos, esa posibilidad le permitió mirar hacia atrás y comprender que muchas de aquellas etapas que parecían invisibles habían sido, en realidad, parte de la preparación.

Su forma de entender la interpretación también se ha ido definiendo a partir de esa experiencia. Lara conserva de la escuela de arte dramático una idea que continúa aplicando cuando prepara un personaje: el actor debe funcionar como un canal capaz de transmitir al público aquello que la obra quiere contar. Desde esa perspectiva, interpretar no consiste tanto en demostrar las propias capacidades como en encontrar la forma más eficaz de ponerlas al servicio de una historia que interpele al público. Por eso, cuando comienza a trabajar sobre un personaje, se pregunta cómo debería moverse, qué voz podría tener, qué tono necesita o de qué manera ocuparía el espacio, probando diferentes posibilidades hasta encontrar aquella que mejor responda a las necesidades de la escena.

Esa manera de afrontar el trabajo le permite reducir, aunque no eliminar, la presión que acompaña a la profesión. Lara reconoce que la autoexigencia está siempre presente, pero intenta que no se convierta en una necesidad de demostrar que ella puede hacerlo bien. Prefiere apartarse, en cierto modo, para dejar que el personaje ocupe el centro y que el trabajo responda a lo que la historia necesita. El proceso consiste en probar, equivocarse, modificar y volver a empezar tantas veces como sea necesario hasta comprobar que aquello que se ha construido consigue llegar al público.

También considera importante mantener una cierta distancia entre la actriz y aquello que experimenta el personaje. Durante una función puede atravesar emociones intensas y situaciones que, por su propia naturaleza, pueden resultar difíciles, pero cuando termina la representación necesita regresar a su vida cotidiana. Esa frontera no le impide implicarse emocionalmente; al contrario, le permite explorar estados que quizá no forman parte de su personalidad. Una especie de libertad para transitar distintas vidas de acuerdo a la construcción del personaje que tenga que afrontar. Si a ella le cuesta mucho enfadarse, por ejemplo, puede investigar desde el cuerpo qué significa llegar a un enfado extremo y utilizar esa experiencia para construir una determinada escena, sabiendo en todo momento que está explorando una emoción que pertenece al personaje y no a su propia identidad.

Esa capacidad para experimentar otras formas de estar en el mundo es, precisamente, una de las razones por las que le interesa tanto la interpretación. El teatro le permite acercarse a vidas, conflictos y emociones que probablemente nunca experimentaría fuera del escenario. El cuerpo se convierte en una herramienta para recorrer esas posibilidades y descubrir cómo se comportaría en circunstancias distintas de las propias. Primero aparece la experiencia, después llega la reflexión -el trabajo de mesa como sostiene la actriz- y, finalmente, la posibilidad de convertirlo en una técnica que pueda repetir y ajustar.

Por eso Lara defiende que el teatro puede aportar algo incluso a quienes no tienen ninguna intención de dedicarse profesionalmente a él. Le interesa especialmente la capacidad de recuperar una forma de juego que, con el paso de los años, suele quedar relegada. Cuando somos niños, explica, jugamos, nos atrevemos y probamos sin pensar demasiado en cómo nos están viendo los demás. Las clases de teatro pueden recuperar parte de esa libertad y, al mismo tiempo, ofrecer herramientas para expresarse, relacionarse y comprender mejor las propias emociones.

Esa concepción del arte como herramienta está en el origen de la otra línea que quiere desarrollar en Melilla. Lara lleva años trabajando con niños: ha sido monitora de campamento y ha colaborado con asociaciones vinculadas al autismo y con menores en riesgo de exclusión social. En esos espacios pudo comprobar de cerca que el teatro y la danza no solo servían para desarrollar una actividad artística, sino que también podían facilitar la comunicación y generar espacios en los que los niños se sintieran más seguros para expresarse. Aquellas experiencias la llevaron a estudiar de una manera más específica cómo utilizar las artes escénicas con niños y adolescentes que presentan diferentes necesidades, entre ellas autismo, TDAH o dificultades de aprendizaje.

Su propuesta parte de una idea y un trabajo previo, aunque sus aplicaciones sean amplias: trabajar desde el cuerpo para apoyar a los niños a conocerse mejor, ganar confianza y encontrar formas más eficaces de comunicar lo que sienten. Lara considera especialmente importante que ese aprendizaje comience en edades tempranas, porque disponer de recursos para reconocer las emociones, expresarlas y relacionarse con los demás puede contribuir a que, cuando crezcan, afronten determinadas situaciones con mayor seguridad y calma. El objetivo no es convertir las clases en una terapia, sino utilizar las herramientas propias de las artes escénicas para favorecer procesos de comunicación, expresión y conocimiento personal.

Melilla ha terminado dando un contexto concreto a esa inquietud. Lara encontró en la ciudad una población infantil especialmente numerosa y, además, una realidad familiar que le ha permitido poner en práctica parte de los conocimientos que llevaba años adquiriendo. A partir de esas experiencias comenzó a dar forma a una iniciativa centrada en la relación entre neurodiversidad y arte, con una vertiente presencial y otra digital, que pretende crecer progresivamente a medida que pueda conocer mejor las necesidades de los niños y de sus familias.

La primera parte se desarrollará en El Invernadero, la escuela de Alejandra Nogales, donde Lara impartirá las clases relacionadas con el cuerpo, la expresión corporal y el movimiento dentro de una programación que también incluye interpretación y canto. Habrá grupos para niños, adolescentes y adultos y, además, se abrirá un espacio específico para niños con autismo. La intención es ofrecerles una primera aproximación al teatro adaptada a sus necesidades, teniendo en cuenta que algunos pequeños pueden necesitar un periodo de familiarización antes de incorporarse a un grupo más amplio y requerir una atención mucho más individualizada.

La segunda línea comenzará en septiembre a través de internet. Lara había empezado a divulgar en redes sociales sobre neurodiversidad y sobre las posibilidades del arte como herramienta de acompañamiento y, al comprobar que la propuesta despertaba interés entre familias, docentes y profesionales, decidió convertir ese espacio de divulgación en una comunidad. La idea es ofrecer contenidos, organizar encuentros en directo y poner a disposición de las familias recursos que puedan utilizar con sus hijos, de manera que el proyecto no sea un curso cerrado que termina cuando se alcanza el último tema, sino un espacio que pueda crecer y transformarse a partir de las necesidades que vayan apareciendo.

Precisamente por eso, Lara no quiere anticipar demasiado el recorrido de la iniciativa. Aunque tiene muchas ideas, entiende que algunas decisiones solo podrán tomarse cuando empiece a trabajar directamente con los niños y pueda observar qué herramientas resultan realmente útiles. La experiencia, para ella, tiene un valor que no puede sustituirse únicamente con estudio. Será a partir de la práctica, de la escucha y de la relación con las familias cuando pueda determinar qué necesita consolidar, qué debe modificar y hacia dónde puede crecer el proyecto. Más adelante le gustaría establecer vínculos con centros educativos y otros profesionales.

En esa parte del trabajo hay también una preocupación por los adultos que acompañan a los niños. Lara habla de padres que quieren ayudar a sus hijos pero no siempre disponen de las herramientas necesarias, de familias que afrontan largas esperas para acceder a determinados profesionales y de la frustración que puede aparecer cuando no saben cómo responder ante determinadas situaciones. Por eso considera que proporcionar recursos a las familias forma parte de la misma tarea. No se trata únicamente de enseñar a los niños a gestionar sus emociones, sino de ofrecer también a quienes están a su alrededor otras formas de comprenderlos y acompañarlos.

A sus 28 años, Lara mantiene abiertas dos facetas que durante mucho tiempo parecían transcurrir por caminos distintos. Quiere seguir actuando porque la interpretación continúa siendo una parte esencial de su vida, pero también quiere trasladar a otros lo que ha aprendido a través del cuerpo, la danza y el teatro. La primera disciplina le proporcionó la constancia y el conocimiento físico; la segunda le enseñó a convertir ese cuerpo en lenguaje; la pedagogía le ha permitido transformar ese aprendizaje en una herramienta que puede compartir.

La escena sigue siendo, por tanto, una parte esencial de su vida, pero ya no es el único lugar desde el que entiende su profesión. Lara ha ido llevando consigo aquello que aprendió en cada etapa y ahora intenta hacer que todas esas piezas convivan: el rigor de la bailarina, la mirada de la actriz, el conocimiento del cuerpo y la experiencia de quien enseña. El escenario al que quiso subir con tres años sigue estando ahí, aunque ahora, además de subir a él, quiere que otras personas encuentren en el cuerpo y en el juego una manera de expresarse, de comprenderse y de relacionarse con los demás.

Tags: artes escénicasLara MegíaTeatro melillense

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