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Nació entre bombas en Melilla y celebra 90 años rodeada de cuatro generaciones

Amelia Tortosa perdió a su madre unos días después de llegar al mundo, sacó seis hijos adelante, se convirtió en maestra, fue candidata al Congreso, recibió la Medalla de Oro al Mérito en el Trabajo y aún sigue nadando y bailando cada día

por Carmen González
28/07/2026 12:58 CEST
Nació entre bombas en Melilla y celebra 90 años rodeada de cuatro generaciones

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Hay personas que acumulan años. Y hay otras que llenan esos años de historias. Amelia Tortosa pertenece a este segundo grupo. A sus 90 años recién cumplidos, mira atrás con una memoria llena de recuerdos. Algunos muy duros. Otros felices. Pero todos han ido construyendo una vida marcada por el esfuerzo, la familia, la vocación por la enseñanza y el compromiso con la sociedad.

Nació en Melilla el 24 de julio de 1936, en la calle Actor Tallaví. Apenas dos días después de su nacimiento comenzó el bombardeo del acorazado Jaime I sobre la ciudad. Aquel contexto de guerra marcó también su historia familiar. El médico que atendía el parto de su madre estaba pendiente de las noticias que llegaban por la radio y, según recuerda Amelia de lo que le contaron, dejó un resto de placenta tras el alumbramiento. Sin apenas medios sanitarios ni antibióticos, su madre falleció pocos días después.

Aquella pérdida marcó su vida desde el primer momento. Creció junto a su padre y su abuela, rodeada además de una familia muy numerosa. "Éramos diez hermanos", recuerda. Pese a las dificultades, guarda un buen recuerdo de su infancia y de los años en el colegio del Buen Consejo, donde cursó sus estudios hasta el preuniversitario.

Su padre, José Tortosa Ayala, era un comerciante muy conocido en Melilla. Estaba al frente de la histórica Casa Tortosa, situada en la Avenida Juan Carlos I. Amelia creció entre el ambiente familiar y el negocio, aunque su camino terminaría siendo muy diferente.

En 1956 se casó en la iglesia del Pueblo con Eladio Vázquez Bello, futbolista del Melilla. Lo recuerda como un hombre muy atractivo y con mucho sentido del humor. "Le decían que 'no es lo mismo Eladio Vázquez Bello que Eladio, ¡qué bello vas!'", recuerda entre risas.

Tras la boda se trasladó a vivir con él a Las Nieves, un pequeño municipio de Pontevedra. El cambio fue enorme.

Acostumbrada a la vida social de Melilla, donde frecuentaba el Casino, el Club Marítimo o la Hípica, el ambiente del pueblo gallego le resultó difícil. Allí, cuenta, las mujeres ni siquiera entraban en los bares. Ella rompió esa costumbre y no pasó precisamente desapercibida. "En esa época en Melilla estábamos un poquito más avanzados".

También vivió situaciones que hoy parecen difíciles de creer. Muchos vecinos pensaban que, por venir de Melilla, llegaría desde África siendo una mujer negra. Bajaban desde las aldeas para conocerla y se sorprendían al verla. "Decían: '¡Oh, o fillo de Ramón casou cunha negra!'. Pero, cuando me veían, exclamaban: '¡Oh, máis branquiña ca nós!' Lo recuerda entre risas, como una anécdota que refleja el desconocimiento de aquella época.

Con el tiempo regresó a Melilla junto a su marido. Formaron una familia numerosa con seis hijos, tres niños y tres niñas. Hoy esa familia ha crecido hasta contar con trece nietos y doce bisnietos, uno de ellos a punto de nacer.

Pero sacar adelante a ocho personas con un solo sueldo no era sencillo. Amelia recuerda perfectamente el momento en el que decidió cambiar el rumbo de su vida.

Mientras fregaba el suelo de rodillas —porque todavía no existía la fregona— comprendió que tenía que buscar una salida profesional. Su padre le ofreció trabajar en la tienda familiar, pero rechazó la propuesta porque suponía demasiadas horas fuera de casa.

Optó por estudiar Magisterio. Lo hizo mientras cuidaba de sus seis hijos y logró terminar la carrera en apenas tres años. Poco después aprobó las oposiciones a la primera.

Aquello fue el comienzo de una larga trayectoria educativa que marcaría su vida. Más tarde amplió su formación en Madrid con estudios de Pedagogía Terapéutica y también se especializó como formadora de formadores, impartiendo cursos dirigidos a otros docentes.

Si hay algo que transmite cuando habla de aquellos años es pasión por la enseñanza. Y, según cuenta, encontró muy pronto su sitio.

Recuerda especialmente a los alumnos con más dificultades. Explica que el director solía enviarle aquellos niños con los que nadie sabía trabajar porque confiaba en que ella lograría sacar lo mejor de ellos.

Uno de los casos que más le marcó fue el de un niño con parálisis cerebral que llegó a un colegio de sordos. Le dijeron que lo dejara jugando sobre una alfombra. Amelia se negó. Decidió trabajar con él desde el primer día porque, asegura, había llegado allí para enseñar.

Con esfuerzo consiguió que aprendiera y también recomendó que fuera operado de los pies porque consideraba que aquel problema no estaba relacionado con su enfermedad. La intervención fue un éxito y, años después, aquel alumno llegó a trabajar como jardinero. Amelia todavía conserva una carta de agradecimiento de su madre.

Esa es, probablemente, una de las mayores recompensas de toda una vida dedicada a la educación.

Su compromiso también dio el salto a la política. Entrar en política siendo mujer en los años noventa no era sencillo. La representación femenina seguía siendo limitada y abrirse paso en un mundo dominado por hombres exigía carácter.

Se afilió al PSOE y recuerda especialmente un enfrentamiento durante una intervención pública con un senador del PP. Cuenta que, tras responder a unas declaraciones sobre los socialistas, el político se levantó muy enfadado y tuvieron que sujetarlo porque, según relata, estuvo a punto de agredirla. "Yo le dije que los socialistas no habíamos robado nada y que él estaba de baja por enfermedad sin estar enfermo. Se levantó y por poco me pega. Lo tuvieron que agarrar", recuerda.

También estuvo presente en el movimiento del 15M, donde era conocida como "la abuela del 15M". Más adelante fue candidata al Congreso de los Diputados.

No consiguió el escaño por muy pocos votos, pero asegura que defendían entonces las mismas preocupaciones que siguen vigentes hoy: la vivienda, la sanidad, la educación y el bienestar de los ciudadanos.

Su dedicación profesional también recibió reconocimiento institucional con la Medalla de Oro al Mérito en el Trabajo.

Después de nueve décadas, Amelia sigue llevando una vida activa. Continúa nadando casi a diario. En la piscina asegura recorrer 850 metros de espaldas y, cuando va al mar, pierde la cuenta de los metros porque no deja de moverse.

También mantiene otra de sus grandes pasiones: bailar. Así celebró precisamente su 90 cumpleaños, rodeada de hijos, nietos y bisnietos. Cenó con toda la familia, sopló las velas pasada la medianoche y terminó bailando hasta las dos de la madrugada.

Cuando se le pregunta qué significa llegar a los 90 años, no duda ni un segundo. Responde con una sola palabra: "Alegría". Porque, dice, se siente "muy querida". Y después de escuchar toda su historia, cuesta encontrar una mejor forma de resumir una vida tan intensa.

Tags: Noticias de Melilla

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