Las estadísticas pueden ser muy útiles. También muy engañosas. En Melilla acaban de conocerse datos que, a primera vista, invitan al optimismo: los pacientes diabéticos han disminuido un 39%. Una cifra extraordinaria que cualquier responsable sanitario celebraría. Cualquiera que no supiera que la frontera lleva años cerrada.
Resulta que esa reducción del 39% no se debe a una mejora en la salud pública melillense. Se debe, sencillamente, a que los pacientes marroquíes que antes cruzaban para recibir tratamiento ya no pueden hacerlo. Es como si un hospital presumiera de tener menos urgencias después de cerrar las puertas. Técnicamente cierto, clínicamente irrelevante.
Mercedes Cohen, de ADIMEL, lo explica sin rodeos: "No es que tengamos menos diabéticos en Melilla, es que ya no vienen los que venían desde el otro lado". Una obviedad que, por serlo, resulta reveladora. Porque si hay que explicar lo obvio es que alguien prefiere no verlo.
Las cifras son, como siempre, tercas. En 2019, los servicios de emergencia atendieron 89 intervenciones en zona fronteriza. En 2025, dos. Los diabéticos en situación crítica que antes llegaban desde Nador ya no aparecen en nuestros registros. No porque se hayan curado. Porque no pueden llegar.
España ha invertido 11 millones de euros en modernizar unilateralmente la frontera de Melilla. Una "frontera inteligente", la llaman. Muy inteligente debe de ser para conseguir que los diabéticos marroquíes desaparezcan de nuestras consultas sin desaparecer de la vida real.
Mientras tanto, ADIMEL funciona con 90.164 euros anuales y llega al 0,14% de la población diabética melillense. Eficiencia presupuestaria, que le llaman. Cada euro invertido en la asociación devuelve teóricamente 14. Pero claro, es más fácil presumir de fronteras inteligentes que de asociaciones eficaces.
El INGESA ha tenido que adaptar sus protocolos hospitalarios a esta nueva realidad. Con menos urgencias diabéticas procedentes de Marruecos, el hospital puede dedicar más recursos a seguimiento programado de pacientes locales. Una reorganización que suena sensata hasta que recuerdas que los casos graves no han desaparecido: simplemente han quedado del otro lado de la valla.
Es la magia de las fronteras aplicada a la sanidad. Reduces la presión asistencial cerrando el acceso, no mejorando la salud. Y después presumes de los resultados. Como si un médico se jactara de curar menos enfermos echándolos de la consulta.
La gestión institucional, por cierto, funciona. La coordinación entre actores locales es efectiva. Pero la transparencia brilla por su ausencia. No hay memorias anuales, no hay evaluaciones externas independientes. Solo cifras que, bien leídas, cuentan una historia diferente a la que algunos prefieren contar.
Melilla tiene el 20% de su población con diabetes. Una prevalencia que la sitúa en niveles críticos mundiales. Esa es la realidad. Lo demás son espejismos estadísticos para quienes prefieren los números a las personas.









Muy acertado, para quién quiera entenderlo. Lo mismo pasa con otras estadísticas de otros elementos.